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viernes, 30 de septiembre de 2011

BADAJOZ- ELVAS



Badajoz mira a Portugal y de reojo a Madrid, esa carretera y ese tren por el que entra y se va la gente, un M. que queda muy lejos de estos pastos, o quizá ya no tanto.
-Madrid se lleva a los hijos
-Unas veces regresan y otras vuelven.

Y otras veces nadie vuelve a tener noticias, como si entraran en un desierto que borrara todas las huellas.
 Badajoz no teme el sur porque cada día que se levanta respira aire africano y no teme la frontera, porque es una ciudad que tan pronto está a un lado como al otro, sin que nadie pueda diferenciar cuando ocurre una cosa y la otra.
-Hace años aquí –dice el taxista, señalando la Avenida de Santa Marina- había ciento cincuenta autobuses.

Era la época de la peseta y el escudo, cuando cientos de portugueses se acercaban a Badajoz a comprar, (igual que los catalanes con Andorra), cuando cientos de extremeños cruzaban la frontera hacia Vila Viçosa, Elvas, a comer mariscadas con la familia, un Portugal siempre más barato para los españoles y una España más surtida que esos pueblos del Alentejo.
-Ahora es igual de caro –dice resignado el taxista- y además los portugueses ganan menos que antes.

Quizá sea eso, o sea que es fin de semana de Agosto, o sea lo que sea, el caso es que en Agosto, Badajoz cierra; un domingo a las cuatro de la tarde no hay nadie absolutamente nadie por la calle, salvo 36º de calor seco y algún turista que busca un lugar donde tomar un café con hielo, porque también el Museo de Arte Contemporáneo, también está cerrado y cerrado estará el lunes y cerrada nos encontramos la Catedral.
Badajoz como Soria, no tiene río, aunque el Guadiana lame sus heridas, el río deja a un lado la ciudad y en esa zona los tres puentes que lo unen con Portugal, así como los hoteles que están siempre al otro lado, igual que las chavolas del río y los pescadores, siempre al otro lado de Badajoz.

Plaza Alta
Badajoz, son sus callejas del Casco, sus plazas y ese calor colonial que lo convierte en una ciudad más de Méjico, Puerto Rico, Colombia o La Habana vieja, algo que notas nada más dejar la habitación del hotel, algo que notas cuando caminas por las calles empedradas, estrechas de casas bajas y encaladas, de casas recién pintadas y mujeres de Botero, que pasean por la calle o reposan en las terrazas de los cafés, ya sea en la Plaza Alta, en la plaza de la Soledad, de España, o en cualquiera de las otras plazas escondidas y bien pintadas, porque Badajoz muchas de las calles parecen recien salidas de una guerra o de un incendio, pero otras parecen recién pintadas, como posando para que las fotografíen, igual que las calles acabadas de terminar de lavar y de barrer. El caso es que por el calor o por el color de las cosas, el acento o el cansancio, en Badajoz se está más cerca de Iberoamérica que en ninguna otra parte y también más cerca de la Administración Extremeña, allá por donde íbamos, salía a nuestro encuentro la Diputación, alguna Concejalía de Recursos Humanos, alguna parte de la Junta de Extremadura, de algún tipo de institución o Club Taurino, iglesias sean catedrales o no y en las paredes de las casas abandonadas,  otro tipo de pintada, esta vez contra el estado, el poder o el sufrimiento de los toros. El domingo buscamos para comer y lo que me recomendó Zapico estaba cerrado, igual que la cercana Albacería San Juan, menos en la Plaza Alta, donde si tomamos cerveza a los pies de la alcazaba, así que después de ir de aquí para allá, entramos en la taberna El Bigotes y picoteamos unas tapas y respiramos antes de seguir. Y seguimos de un lado a otro, hasta que el calor nos mandaba para el hotel y unas veces volvíamos por puentes inhóspitos y otras veces por el de piedra que parecía más amable, ahora hay que cruzar esos puentes para saber la anchura del cauce del río y aquí hay que tener pecho de legionario para cruzarlos. Así que desde entonces fuimos en coche que en verano se puede aparcar en cualquier parte y descubrimos la cachuela y ahora soy devoto de este lodo, unto o crema que sale directamente del hígado del cerdo y de su manteca. Eso, una cerveza fría y una terraza caliente y puedes pasar así las dos primeras horas de la mañana; a partir de ahí olvídate y deja que te lo hagan todo, estamos en Badajoz.



Elvas
Y cuando te canses te coges el coche cruzas una frontera invisible y te vas a Elvas, te das un paseo, y si te entra hambre pides un bacalao con garbanzos en cualquier restaurante. Esta pequeña ciudad amurallada, tiene unas vistas maravillosas sobre Badajoz y un acueducto de treinta metros y cuatrocientos años de antigüedad, así como un castillo, iglesias y conventos, baluartes, plazas, bares y lugares en los que uno también se deja llevar, como si en estas tierras el tiempo fuera algo más despacio y sencillo, tanto como un buen café a sesenta céntimos.
-Obligado.
                                         Torre de la Catedral de San Juan Bautista (Badajoz)Licencia Creative Commons
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viernes, 23 de septiembre de 2011

CACERES


Sangre y pereza. Desayunamos con la noticia de un tiroteo entre gitanos, “más de cien balas” dice el diario, pero no en Cáceres si no en Mérida en pleno día y a pleno sol. Ese día también me doy el primer baño en una piscina, en lo que va de año y es poco después de las diez de la mañana, ese día despierto tarde y con la boca pastosa, quizá es el jamón que cenamos en el Restaurante de la Estrella, junto al Arco de la Estrella y la torre de los Púlpitos. Cáceres como Salamanca o Madrid, entra en los viajeros por su plaza Mayor, todo gira en torno a ella que es como la orilla de un río, ese río que a Cáceres le falta y que a las demás les baña los costados y allí como en una aparición esa plaza Mayor ladeada, deja escapar una lámina de agua que va corriendo por toda la plaza hasta perderse bajo los pies de los turistas en las sillas de las terrazas.

Es en esa terraza junto a la Puerta de la Estrella, donde probamos el primer jamón de la dehesa y es donde empezamos a notar el bálsamo que corre por los lados de la lengua y la garganta, que junto con la cerveza fresca es una cura de salud para cualquier enfermedad y eso es una de esas cosas que hay en Cáceres y que se repetirá más tarde en Badajoz y para el resto de los sentidos, oir el tañido de campanas al anochecer, ver el vuelo de las cigüeñas hacia el nido, el reflejo de la luz en las piedras de las iglesias y palacios que bordean la plaza Mayor y a los que se accede por cada una de las puertas y así cada anochecer, a donde también llegaba la liviandad del aire de donde sea que viene.
Cáceres y su plaza, sus escaleras y esa lámina de agua con la que juegan los niños, es un lugar para confesarse y así lo entienden los pocos que se reunen, no en las terrazas, pero si en las escaleras y los bancos que quedan, grupos de chicas adolescentes que simplemente hablan de sus cosas, gente solitaria que lee, que mira y se despide con una sonrisa y un adiós, que mira los juegos de los niños, porque es una de esas plazas en la que los padres dejan jugar a los niños y los niños juegan, si no es entre ellos, con los borbotones de agua de esa fuente de colores a ras de calle.

Desde las calles en cuesta, Cáceres se comunica con sus campos desde el ocre y los verdes sucios de las encinas y a poco que te salgas del casco antiguo y de la ciudad nueva, los rebaños de vacas y ovejas te llevan a otra época por no decir otro siglo, a los pastos de otra literatura, otros nombres incluidos los de todos esos conquistadores de America, que aquí siguen manteniendo palacios, casas y plazas y también apellidos tan rimbombantes como Ovando, Golfín, Carvajal, Durán-Rocha, los Becerra, los Figueroa, los Ribera, Ulloa-Roda, Condes de Adanero y así, se repite de lugar en lugar, de plaza en plaza, de pueblo en pueblo; y  como otros días de este viaje, también me quedo embelesado cuando subo a la torre-campanario de la Concatedral de Santa María (siglos XIII, XV y XVI) y sobrevuelo esos y otros paisajes y dibujo otra vez otro nuevo mapa mental de la ciudad, el barrio de San Antonio, las casas blancas de la judería, el barrio de San Juan, las iglesias, los patios y jardines, todas las religiones que en su día se dieron cita aquí y con ellas, los oficios, las músicas, los figones, los aljibes para el agua que construyeron los árabes y que todavía se podrían usar. Cáceres monumental y defensiva, con torres desmochadas, ese buen jamón que ya no se olvida, como tampoco podemos olvidar las rebanadas untadas con torta del Casar, ni las  noches cálidas y secas de esta tierra lateral, donde vive la editorial de Julián Rodríguez, que no se puede llamar de otra forma, nada más que “Periférica”.
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sábado, 17 de septiembre de 2011

CORIA




La catedral de Coria es pequeña, como un museo y pesa. La entrada la cobra Oscar, que te comenta y te atiende, deseoso de contar algo. Y es, el que nos cita a un escritor que escribió un libro que se llama Las rosas de piedra y al que le sorprendió la cantidad de reliquias de su museo. Al igual que Julio Llamazares a mi también me llama la atención todas aquellas reliquias, esa vieja demostración de que lo religioso existe y existen todos esos santos mártires, que aún hoy dejan sus reliquias, sus brazos incorruptos y su carga, a cuestas de todas las espaldas.

-¿Todas estas reliquias son verdaderas? -le pregunto a la salida-
El hombre se encoje de hombros como no queriendo engañar y sin faltar a la verdad.
-Después de tanto tiempo, cualquiera sabe –contesta-
Lo que si se sabe es que la más importante de todas ellas, es el mantel de la última cena, los investigadores que continúan hoy en día investigando, lo sitúan en una antigüedad de dos mil años y su origen en Palestina.
Los museos religiosos, tienen ese amontonamiento que no tienen los demás, debajo de cada cáliz, de cada relicario, de cada cruz, siempre un letrerito con su origen y su siglo. Todo en si es un patrimonio extraordinario, códices, misales, algo a lo que cualquiera, previo pago de un par de euros, tiene acceso, con una vigilancia de andar por casa.
Subimos a la torre de la Catedral, por unas escaleras de caracol, que son como un muelle, abrimos puertas.
-Y después las cerráis, para que no entren las palomas –dice Oscar- hoy se nos metió una, y a ver como la sacamos.
La torre, nos advierte, no es para que suba todo el mundo, porque las palomas la tienen abrasada, pero una vez que llegas arriba, las vistas no tienen precio, bueno de hecho lo tienen, un euro, solo que es un precio que olvidas cuando ves Coria y todas las tierras que la envuelven, seguramente y parte de ellas, pertenecientes a la ganadería de Vitorino Martín, los famosos Vitorinos bravos y nobles, según dicen los expertos y como por Salamanca y cada pueblo con río de la ruta de la Plata, su puente piedra cruzando hacia la vega y los campos extremeños, de trigo, encinas y toros.
-Te recomiendo la Campana y si está cerrado el Bobo –dice Oscar-
Después de deambular por el recinto amurallado y por fuera de él, de ver la Cárcel eclesiástica y la Cárcel Real, de ver el Castillo del Duque de Alba, entrar y salir por las puertas de esa ciudad amurallada, entramos en el Bobo.
-¿Vais a comer? –pregunta una chica y después el dueño-
Es la intención porque son cerca de las tres de la tarde. Después de que salen dos, entramos nosotros. El comedor está lleno, es pequeño y recargado de aperos de labranza y cachivaches, fotos y entre ellas una foto del Bobo de Coria, que es el que da el nombre al bar, un retrato de Velazquez, al que pintó en dos ocasiones y cuyo nombre es Juan Calabaza de padre desconocido y de madre María, y según dice la leyenda, cuya discreción y alegría, fue suficiente para que le tomara en protección el Duque de Alba y este le regalara al Rey, con el que vivió en la corte hasta su muerte. La historia no cuenta, como otras muchas veces por qué, la buena gente de Coria, los que son de padre y madre conocidos, le pusieron ese apodo.
Allí en el Bobo nos reponemos, comemos   gazpacho al estilo andaluz y extremeño, secreto,  vino de la casa y un jarro de agua fría;  de postre melón, todo por diez euros cada uno.  Y de allí, alrededor de las cinco de la tarde entre el calor de las dehesas, salimos para Cáceres.
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viernes, 9 de septiembre de 2011

SALAMANCA




Todo se construye con piedra arenisca de Villamayor, piedra dorada para la catedral, para la universidad, para las casas y palacios, para la Gran Vía y tiñe a la ciudad con una pátina verdadera, incluso para las casas recién construidas. Pero una ciudad de piedra y jesuitas, de palacios y sabios, también es una ciudad con treinta mil estudiantes en una población de ciento sesenta mil personas, quizá la primera industria de la provincia, en la que los inversores son todos jóvenes, listos, generosos, en plena formación y con toda la energía; y con esa energía, todos pasan por la Plaza Mayor, diseñada por Alberto Churriguera, la plaza más bonita de España, porque además de la piedra dorada, parece un patio donde quedan y se reúnen los vecinos, los amigos y el viejo armario de las casas grandes de las abuelas, con las puertas teñidas del mismo color dorado que la piedra y allí como en otras partes, se guardan viejas historias de castilla, de la ciudad de los lazarillos que por allí pasaron, los amores de Calixto y Melibea, los auxilios de la Celestina, brujas, tunos, amantes y asesinos, obispos, poetas y juglares,  los vemos a todos, una parte de cada uno, mezclados y remezclados entre turistas y estudiantes, visitantes y salmantinos y vemos también la famosa rana sobre la calavera, repetida en las camisetas de todos los comercios, conversamos con Unamuno, tomamos café con Torrente Ballester y vemos pasear a Antonio Colinas, entrando y saliendo del Corrillo, del Novelty, vemos la pose de Rafael Heredia reflejada en algunos espejos y siempre todo mezclado con  la gente de la frontera, porque Salamanca, es una ciudad de frontera y Charra, como ciudad Juárez, de hombres oscuros y curtidos, temerosos de la Ley de los hombres, las multas de tráfico y de la Ley de Dios, que es algo mucho más personal y de libre interpretación.
-Mira, la casa de las conchas –dice S- hazme una foto.
Y hago una foto y mil fotos y en todas sale esa concha que un anormal rompió y que ahí sigue rota, para vergüenza de todos.
-Buscaría el tesoro –dicen-


El tesoro es una onza de oro que según cuentan se esconde dentro de una de las trescientas conchas de la casa.
La importancia de Salamanca, la que tuvo en época y la que actualmente disfruta, además de por la Universidad,  es por sus dos catedrales; la gótica, que es la que se ve y la vieja, que es en la que se apoya y a la que en parte devora. La catedral nueva tiene una planta espectacular de cien metros de largo y cualquiera diría que tiene otros cien de alto, la Vieja es más como la de Coria, pequeñita, románica por fuera y en parte gótica por dentro, llena de órganos, uno de ellos colocado sobre una tribuna mudéjar, de los más antiguos de Europa y tumbas, unas de obispos y otras de grandes personajes religiosos y sus familiares, don Gutierre de Monroy, doña Constanza y don Diego de Anaya. Las capillas tienen un dispositivo sonoro, pero lo descubres escondido en el dintel de la puerta, con una plaquita de la entidad que lo montó y con mucho teatro y profusión de sonidos de la época, te cuentan aquella historia de capillas y usos que unas veces escuchas y en otras se te va el santo al cielo; y así vas pasando de una a otra la de Talavera, de Santa Bárbara, de Santa Catalina. En la catedral nueva, además de todos los impresionantes tesoros arquitectónicos y museísticos del gótico, clasicismo renacentista y barroco, se expone el antebrazo izquierdo e incorrupto de Julián Rodríguez, Salesiano martirizado el 9 de diciembre de 1936 y beatificado por Juan Pablo II, sin duda alguna una muestra más de esta fe caníbal y encurtidos de la tierra. Dejaremos Salamanca, como otras veces, con cierta pena, pero no sin antes haber paseado por el Tormes y cenar una sartén con cinco huevos y jamón. Mañana, saldremos para Cáceres pasando antes por Coria.

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sábado, 3 de septiembre de 2011

BURGO DE OSMA

                                             Burgo de Osma, torre de la Catedral

Cinco kilómetros antes de llegar, ya se ven los setenta y dos metros de la torre de la Catedral y debajo la villa del Burgo de Osma; la visión es espectacular. Osma casi está ahí desde el principio de los tiempos. Bajo los campos de Soria, del sol y el hielo y sin saber como, allí se  construye una de las diócesis más antiguas de España (año 597) y con ella lo que terminaría siendo la actual catedral gótica del Burgo de Osma, un lugar inhóspito, como otro cualquiera de los que existen en Castilla, uno de esos pueblos que podían haberse quedado abandonados, pero que con el paso de los siglos sigue habitado por esas cinco mil almas, igual que cuando todo se empezó a amurallar.

Ahí viven protegidos de los vientos y de las iras, resguardados por los dioses y las vírgenes de piedra, por esas oraciones de los cantorales y su colección de sesenta volúmenes decorados con miniaturas y letras capitales, por la sordera que rodea todo ese campo que la rodea, un solo campo y una sola catedral, de la que todos viven, calles con casas restauradas, soportales de piedra, ladrillo y madera, quesos de oveja, embutido, caza, empanadillas, plazas y palacios góticos, llenos de nidos de cigüeñas, gente de invierno que pasea al sol y gente de verano con gafas de diseño sentados en las terrazas de los cafés, a la sombra de las plazas.
-El café del machote es muy malo –dice la dependienta a una cliente-
-Es el de la plaza ¿no?.
Nos quedamos con el nombre “el machote”, y nos quedamos con la plaza, solo hay que caminar unos metros más, para encontrarla, cuadrada, rodeada de soportales y cafés, uno de ellos el del Machote, por el que pasamos y miramos. Todos están vacíos y si no vacíos, con media docena de clientes, no más. Nos sentamos a hacer tiempo en uno de ellos.
-Estamos fuera –le digo a la camarera de camino a los servicios- nos podrás un café con hielo y un agua.
-Si, si te esperas –dice ella, con calma, mientras va y viene por una barra muy larga-
Esperamos y vemos que todos los que están, esperan, así que cuando nos parece nos levantamos y nos vamos.
No hay mucho más en Osma, y a lo que se viene es a ver la Catedral que se descubre por su torre barroca del arquitecto José de la Calle.
Se celebra misa a esa hora y como en otros muchos lugares, solo son mujeres con los deberes hechos en la casa del hombre y en la de dios, casi todas viudas, y si tienen hijos, solas, porque Osma, es un lugar de nidos vacíos, ocupados solo durante unas semanas al año pero conservados con esmero, ventilados, encerados los suelos de madera, los armarios ordenados y las camas preparadas y allí, entre el frío de esas paredes se toma la garganta y se esconden tesoros, cantorales miniados en pergamino, el Retablo Mayor de Juan de Juni, el Códice del Beato de Osma con sus 72 miniaturas, la colección de arte sacro, pintura, escultura y orfebrería a la vista de todos y solo guardados por los ojos de dios, un dios que existe más en esta parte de castilla que en cualquier otra parte del mundo, al que solo iguala el Venerable Palafox. De todo hace cuentas un encargado sordo que cobra la entrada al museo y que ya no oye el metal de las campanas, ni el níquel de las monedas.
-¿Quieren el libro? –pregunta prestando atención a cualquier gesto-
El libro no, pero el folleto de la catedral si, porque va con el precio.
-¿No se puede contratar un guía? –pregunto-
-No hay nadie –dice el hombre- espero a un chico, porque yo me tengo que ir.
Y eso es todo, el chico al que espera, ya hace un rato que entró situándose a su espalda –ah ya estas aquí!- oímos decirle, mientras nosotros pasamos a la zona del museo, en donde el frío del invierno no sale durante el verano.
Así gastamos cada una de las once capillas, las sillerías, los órganos, un mundo que como todas las religiones, se mantiene conservado entre el azar y la necesidad. Amén.
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