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viernes, 26 de julio de 2013

PREFIERO ARDER

Toni Campos

Toni Campos
Presentación en Barcelona. Café Salambó 25/07/2013
Ediciones SBe&BOOKS
Primera edición: julio de 2013.
Diseño de cubierta: Miquel Cruañas

Dedicado a Bibiana


No voy a ir. No conozco de nada a este tipo. Hace calor. Tengo sueño. Hace mucho calor.

No escucho música, no hay ningún ruido en casa, salvo el que viene de la casa de los negros, allí el llanto de un niño que anda entre los dos y los tres años, llora, siempre llora, es su forma de buscar su camino. Estoy tumbado en la cama con todo el aire acondicionado y con todo, el calor se mete por las rendijas y por cada grieta. Me levanto de la cama, me miro al espejo y veo a un tipo que no toma drogas, ni bebe, ni fuma, ni nada, no me afeito y así me meto en la ducha, para salir como un coche viejo de un lavadero de chatarra, fresco, algo más fresco.
El barrio de gracia son dos cuerpos, uno pertenece a la línea roja y el otro a la verde, me como todo el recorrido entre estos dos puntos de anclaje y en el final, salgo a la calle por Fontana. Aquí se concentra el bochorno, palmo a palmo. La gente debilitada por esta ley de fuego lento, se ha posado en escaleras, quicios, sillas, terrazas, balcones, paredes, con la espalda sudada, tanto como la mirada.
-Sergi, ¿dónde andas?
Llego en diez minutos, dice Sergi, pero es mentira tarda exactamente tres cervezas que me sirve una camarera filipina a primera orden, junto a la barra; no hay nada en el Salambó mejor que esta camarera filipina. Dos minutos después del primer trago aparece Toni, de la familia Campos, rodeado de la familia Campos, de las mujeres de la familia, el resto al parecer bebían a mi lado. No cuesta saber quién es quién de todos estos, tienen el mismo corte de cara, de pelo, el mismo tiro de pierna, la misma espalda y una voz suave como la noche. Después veo llegar a Jorge y a Eloy, uno es Carrión y el otro Fernández Porta, dos sabios que no se estorban, suben los peldaños de la escalera sin apenas rozarlos, no se como se hace esto pero ellos si, tampoco conozco ni una sola teoría literaria, ni física, ni matemática, estoy aquí  (igual que en el mundo) porque hay cerveza y no sudo; la depresión del principio ha vuelto a su caja, muy bien doblada como el mantel de la última cena que yo he visto entre las reliquias de la catedral de Coria, pues ahí está mi depresión, la supero fácilmente y a la vez con un esfuerzo ingente, pero esto es otro cantar. Subo a la sala de billares del Salambó. Ahí, en ese pasillo lateral con barra y mesas tropicales de la Indonesia colonial de Ikea, es donde se celebran buena parte de los eventos literarios de este barrio, junto con Pequod no hay otro lugar mejor ni más pequeño, ni con más solera, bien lo sabe Pedro Zarraluki, bien.  Los billares para este evento se han reconvertido en grandes mesas, forradas de papel. Y es cuando llega Sergi, la espera me ha costado tres cervezas y en ese momento como subidos a una ola, llegan todos de golpe y todos por las escaleras del Salambó. Nos saludamos, todo el mundo sonríe, hay niños pequeños, carritos, familias, es way.
-Una cerveza –digo a la camarera rubia de esta zona vip- ¿Carlos una cerveza?

Toni Campos estudió derecho en Barcelona, donde se licenció y se aburrió hasta licenciarse en Humanidades y estudiar su Master en la Pompeu. Del Derecho consiguió cierto método, pero de lo otro, de lo que no sirve absolutamente para nada, sacó muñeca y pulso para escribir. Esa historia se resume en dos palabras, prefiero arder.
-Es una historia de amistad y redención a través de la música –escribe en la solapa del libro-
Aquí ya hay tres palabras más amistad, redención, música.

Si, pero por los cojones ¿no Toni?. Cuando le dijo a su padre que quería ser escritor, su padre le dijo que por los cojones, que estudiara derecho y este le contestó “prefiero arder”. Después se lo pasó bien, pero mientras pasa eso, juegas al futbol, te pinchas a la novia de un amigo, o a la novata de la fiesta, pasa la vida y hay un momento en el que tomas aire en la esquina del cuadrilátero, ese momento es un momento poético muy parecido a la transición hacia la muerte, en el que se te aparece la familia repartiendo carne a la brasa, a tu padre contándote un chiste, tu hermano y su envidia, tu amigo Javi el que te salva,  la novata de la fiesta que es más perra que un San Bernardo, a su hermana que no deja de reírse, mientras la historia de escribir te comprime de tal manera el pecho que crees morir y le oyes al médico de esa soledad, “debería pensar en dejar de fumar”, cuando en realidad el diagnóstico era que debería ponerse a escribir. Durante los siguientes años Toni se puso a escribir, pero cada vez que lo intentaba se le endurecían las muñecas, los dedos, el cuello, eran los años noventa y los años noventa fueron la resaca de los ochenta que dejó un rastro demasiado dulce en la música, algo que aprovecharon los nuevos oídos, para acercarse a grupos grunge, con Nirvana al frente y el jaco. Barcelona de un día para otro, se volvió Seattle y todo el mundo se dejó greñas rubias, barba, y se hizo con la camisa que usaba el padre el fin de semana en el huerto, franela. Solitarios y taciturnos buscando encauzar la inteligencia emocional, redimir los traumas familiares con la amistad de los colegas a través de la música. Y ese cambio siempre es una ruina, una ruina que recordarás siempre, porque eras joven, que es nostálgica, que no deja de ser el mejor momento de tu vida, que deja un reguero de cadáveres que se van olvidando, de amigos, de músicas y con el Master debajo del jersey un día empiezas a escribir de lo que sabes y te va saliendo una historia que es esta, que se apoya en un amplificador, una guitarra y una batería, en unos amigos, en una ciudad, en los restos de la familia que siempre dan para algo,  igual que los Levi’s 501 y las Rayban.
A Barcelona le hacía falta este libro que se presentó ayer,  a Barcelona siempre le va haciendo falta libros que la señalen y la coloquen, se lo pedimos a Marsé y nos escribió Ultimas tardes con Teresa, se lo pedimos a Mendoza y nos regaló La ciudad de los prodigios, a Casavella y nos regaló El triunfo y después pagó con su vida, y ahora la presión le pidió a Toni Campos una novela para Barcelona y este nos ha escrito “Prefiero arder”, que presentaron sus amigos entre ellos Eloy Fernández Porta y rodeándole para que no se refugiara en la esquina más oscura, la familia, y algunos de esa jauría de coyotes sin los que esta novela, ni probablemente su autor, existirían. Después alguien llenó las mesas de billar con platos de tortilla, embutido, queso y nueces, con croquetas recién fritas, pan con tomate y vino a discreción y mi estómago se lleno de amor y de palabras y allí nos encogimos junto a los tacos del billar, mientras el evento literario se iba vaciando a medida que Toni Campos firmaba libros, con esa sonrisa que es marca de la casa y esa calma pacífica del grunge, del Indie pop y de calor africano. Todo duró lo que tenía que durar y yo me devolví al paisaje y a mis pesadillas y caminé despacio las calles, antes de que llegaran las doce. En ese espacio encontré esta canción con la que empieza la novela:  “Gotta find a way, to find a way, when I’m there / Gotta find a way, a better way, I’d better wai”.

Un abrazo a todos los que nos encontramos.

 


lunes, 15 de julio de 2013

LA PERFECCIÓN DEL TIRO





Mathias Enard
verticales de bolsillo 

El criminal ha encontrado su lugar en la guerra, es un tirador de élite que no falla, se ha ganado el respecto de sus vecinos y el escenario son las calles, el frente, ellos, tomar un pueblo, una colina, matar y volver a casa a dar de comer a la madre loca, a dormir en sábanas limpias, a seguir de cerca a los que sienten miedo.
La guerra planteada así es el mayor de los absurdos, se lucha contra los otros tiradores, contra los obuses, los morteros, contra un enemigo al que se saca de las ambulancias para rematarles en el suelo, en un garaje. En esta novela se da rienda suelta a toda la barbarie para volver a casa, a dar de comer a la madre loca, a dormir entre sábanas limpias.
-¿Qué tal el trabajo?
El criminal amparado por su trabajo dispara a trescientos metros, es certero, frío, calculador. La novela comienza así:
Lo más importante es el aliento. La respiración calma y lenta, la paciencia del aliento;”
Nada es tan sublime como un buen disparo, un viejo, un taxista, un grupo de chicas saliendo del colegio, la cara, el pecho, un costado. El personaje principal habla de oficio difícil, va a la guerra como quién va a su trabajo, viene de la guerra y necesita a alguien que cuide de su madre loca, alguien que cocine, que arregle la casa, todo con un único fin dedicarse con mayor precisión, el rigor necesario, el tiempo que haga falta, tardar lo que sea necesario sin que los vecinos tengan que encargarse de nada. Fuera del campo de batalla la víctima se llama Myrna, vive con su tía en la ciudad, es joven y guapa, su padre murió reventado por un obús, demasiado joven, demasiado guapa, demasiado temerosa para vivir en la misma casa atendiendo a la madre enferma y aún así en el barrio murmuran, pero el tirador acalla cualquier comentario tan solo enseñando el fusil, una bala, una pistola, cualquier palabra de más puede significar la muerte, un tiro perfecto en la nuca, en un ojo, Myrna también lo sabe, también teme, sabe que el tipo es peligroso, conoce su maldad,  su mirada y su deseo desde la puerta de la habitación en la que ella duerme, a oscuras, y eso nos gusta, el ambiente de guerra nos agrada, vivimos tan cómodos en nuestras azoteas que nos cuesta poco convertirnos en francotiradores junto con el protagonista, en mirar por su visor, en elegir nuestra víctima, a todos nos gusta que la bestialidad de algunas escenas enormes protagonizadas por su amigo Zak al único al que teme y aprecia, se justifique por motivos de guerra, todos deseamos esa perfección, deseamos que la chica vuelva con él a su casa, a cuidad de su madre loca, que sean felices, sabiendo que ese tipo solo es feliz afinando su cuadro poético, con todos los latidos, con la dificultad de cada tiro, solo así en la tranquilidad de un tejado, en la soledad de esa respiración, del pulso, de la elección de la presa, sólo ahí es feliz, igual que Mathias Enard, igual que yo. Y en esa tragedia conocemos el final.


 

martes, 2 de julio de 2013

ANA PORTNOY

Ana Portnoy

Hoy es martes, 2 de julio de 2013. Esta tarde quedo en Mitte, un bar del ensanche de Barcelona, que es el salón grande de una casa grande, donde los inquilinos han dejado sus libros, el ordenador, la luz de la mesilla, un blog con notas. Mientras espero, la señora de la casa me sirve un café, me entretengo viendo colgar las fotos de una exposición que se está montando en ese mismo instante, es sobre bicicletas y Barcelona, por suerte ninguna de aquellas bicis es Mary Klinsky, que ya es algo. El Mitte es un salón lleno de sofás y lámparas, mosquiteras, espacio para leer y para divagar y allí quedo con Ana Portnoy. Cuando llega viene con una amiga a la que acaba de fotografiar, pero esa amiga se despide allí mismo y nos quedamos los dos, dos amigos de toda la vida, que acaban de encontrarse. Ana es argentina, de un pueblo del suroeste que salió de allí para salvar la vida vía Brasil y Méjico y terminó en Barcelona y es aquí donde ha vivido siempre, desde donde fotografía su universo de personas, casi siempre de personas que dejan huella.
-Me interesan las personas
Yo le digo que me interesan los paisajes, los viajes, contarlo, pero que no me gusta hablar, que no soy buen conversador, que prefiero quedarme en la sombra y mirar, volver a casa con esa caja llena de heridas.
-Yo puedo vivir sin hacer fotos, pero me moriría si no puedo relacionarme con personas
Por suerte, ella es buena conversadora “ponte aquí”, me dice, “ponte aquí” y vamos recorriendo todas las luces y sombras del Mitte, le digo que tengo una cabeza difícil y me sonríe. Después salimos a la calle y le digo que allí en frente hay una tienda de Harley Davidson, nos acercamos pero las Harley me rehúyen como un perro humillado, las intento montar una y otra vez, pero rehúyen, ¡putas motos salvajes! Y tampoco les gustan las fotos, ninguna sale bien, son motos duras y brillantes, por supuesto no se lo digo.
-Tenemos que volver al bar –dice Ana- salen demasiados brillos.
Volvemos al bar y volvemos a buscar la luz ideal para mi cabeza, esa luz que no deja brillos en la frente, ni rastro de brillos. Me enseña las fotos, esta si, esta no y borramos, me pongo las gafas, me las quito, poso, sonrío y al final aparece mi cabeza flotando entre tonos grises y negros.
-Mi padre era ruso, mi madre italiana
-Yo soy de León, -le digo- vine aquí con veintiséis años.
Le cuento mi historia, ella me cuenta la suya. Hemos venido a que me haga un retrato y el retrato ha quedado atrapado en la memoria pixelada de la Canon. Hemos venido a hablar, hace tanto que no nos vemos que Ana y yo tenemos mucho que contarnos y poco tiempo.
-Vivo sola en un piso muy grande
-Estoy retratando a mujeres vascas
-Mira mi página, anaportnoy.com, tengo fotos de todos los escritores.
Y es verdad ahí están todos, todos tienen algo de Ana, ya sea en la calle de la Sal, en el Mitte, sea donde sea, ella ha buscado con paciencia la mirada y mi complicidad, me he relajado y la foto que busca ha salido sola como un gato pequeño de entre las hierbas, allí estoy yo, maullando, igual que el resto de escritores de Barcelona. Pero se que todavía le faltan más por fotografiar, faltan muchos. Espero que un día reúna a mil más, a dos mil y que nos cuelguen a todos de una gran exposición, porque Ana Portnoy es una fotógrafa de estilo, suave, que está ahí, se acerca y te acaricia para que no te asustes, para que te relajes y sueñes un poco más, el salón es grande, el sofá cómodo y fuera, en el establo las Harley del infierno esperan que caiga la luz y se apaguen los brillos.
Me acompaña a la boca del metro y me siento como un adolescente y la veo a ella como una chica despeinada que vuelve a su calle, con sus vecinos, con sus sombras y me quedo con ganas de mirar como se va, pero las escaleras me tragan mientras mi caja de memoria empieza a decirme todas las cosas que me he callado, las que he pensado y las que no. Y me dicen que ya va siendo hora de tener un detalle con Ana, que alguien se acuerde también de ella, de preguntarle como le va y de hacer un café de vez en cuando, de vez en cuando tener un detalle, el mío es este.