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sábado, 15 de noviembre de 2014

AVELINO FIERRO

Una habitación en Europa
Eolas ediciones. 2014

Avelino Fierro. © Fotografía: José Ramón Vega.
Fotografía: Jose Ramón Vega
A  MAR

Este hombre ha escrito un libro lleno de gestos y poesía. Ha tocado muy suavemente la yema con los dedos y dado noticia al atardecer, por la noche, al amanecer, desde la ventana de su trabajo, junto al viento, entre la niebla, en el otoño de los estorninos cuando ya las hojas de los árboles han caído. Da fe. Se convierte así en juez (como en su día fuera Pla) aunque juzga con una naturaleza muy distinta a la de los jueces y fiscales, que por profesión conoce, la que se sirve desde el lado discreto de las sombras,  observador de poetas grandes, medianos y acompañantes, de escritores, fotógrafos, leyendas, libros, amigos, desde miles de lecturas bien digeridas (lo que le ha provocado síndrome de Crohn), de las que llegado el momento tomar una cita apropiada para refrescar la lengua o el paladar.
EL TITULO
Ha llenado este diario que transcurre en las ruinas de años de crisis, 2010 - 2012, con retratos de la naturaleza humana y sus vanidades y todo lo bautiza como “Una habitación en Europa”.
LA CITA
“Ave, acaba de mandar un correo Cecilia. Dice que no localiza a Konrad y que lo de conseguir alojamiento para Javi en Múnich va a ser complicado.”

Nos hace partícipes de esa conversación familiar, “conseguir alojamiento para Javi en Múnich va a ser complicado”. Resuelve así el autor dos conexiones importantes para con el lector:  por un lado resulta amigable que un tipo al que no conocemos del que no hemos leído nada, se nos meta en tres líneas en nuestra vida, dejándonos con la duda de si el pobre chaval habrá encontrado ya ese alojamiento en Múnich y por otro lado de una sentada se quita el peso de con qué cita abrir el libro, algo que no deja de ser un dilema y a la vez una conversación entre  literatos, resumir con una frase toda una vida de lector.
De esa forma y como que no quiere la cosa, nos va abriendo sus puertas y las puertas de su biblioteca en donde nos gusta husmear, Yorcenar, Durrell, Harold Bloom, Samuel Johnson, Camba, Nietzsche, autores re-citados por infinidad de escritores y empezar así el homenaje de sus lecturas que le va a llevar desde la primera hasta la última gota.
NOS GUSTA HUSMEAR
 y ese es el secreto de los dietarios, que de alguna manera paramos nuestra vida. Durante esa hora diaria de gimnasia lectora, alguien nos cuenta su opinión sobre la naturaleza de las cosas. Por eso leemos las columnas de los periódicos para saber lo que piensa Félix de Azúa, Manuel Vicent, Sánchez Ferlosio, cualquier cosa que despeje nuestros temores, miedos, ilusiones, deseos, enfermedades, dolores, placeres. Avelino Fierro se mete en ese terreno, se desnuda para enseñarnos su piel y no desaprovecha la ocasión para admirar la belleza de las enfermeras que le atienden en su deambular hospitalario, porque otra cosa no, pero este escritor es un amante de la belleza, de la juventud, de las mujeres a las que se rinde desde su laboratorio, la rubia con la que coincide caminando, la chica mod del avión que lee a Sontag, chicas adolescentes para las que es invisible y un sinfín de madres jóvenes con las que se encuentra a la salida de los colegios.
LA FOTO
de Fierro es la de un tipo vulgar, anodino, con una barba perezosa, uno de tantos. Sin embargo debajo de esa piel hay un terciopelo suave que te gana, que te invita a leer, que te anima, que conoce y disfruta,  un viajero tranquilo aunque ¿falsamente modesto?. Si: “mis viajes son tan modestísimos, tan gallináceos, que ruboriza un poco contar las escapadas por las cercanías del corral” . Esas cercanías del corral La mata de la Bérbula, Espinareda de Vega, Santa Marta de Tormes, están llenos de literatura, escritores, fotógrafos, lo que no le impide haber viajado a Bogotá, Madrid, Barcelona, Valencia, Verona, París de donde siempre trae ese poso que alimenta otras imaginaciones provincianas.
 Y pasan los días y se van colando los amigos, Antonio Manilla, Cecila Orueta, Julio Llamazares, Getino, Navia, Gus Berrueta,  conocidos como el pintor José de León, Ildefonso Rodríguez, Andrés Trapiello y otros a los que nombra con iniciales o a los que no nombra “poeta local sin cobertura”, pero describe.
LOS LUGARES,
el bar de Chisco, El Cuervo, el bar de ambiente de Yolanda,  Black Dog, Mongogo, los puentes, las avenidas, el frío y las gabardinas de León.
En todo caso en este libro, hay muchas frases, tantas como bares, muchas citas para no querer empezar con ninguna, y si algo resume una parte del todo, es la de Félix de Azúa: “hemos pintado grandes telas abstractas, hemos escuchado música hemos leído poemas, hemos viajado a la Jerusalén celeste, hemos visto el color de la orina de los condenados a muerte…”
Algo así, mucho más y mucho más que se ha olvidado Avelino en las chaquetas, los paseos y los bares, en las tertulias de la montaña, en esas en las que se habla de maquis, de pueblos abandonados y que tendrá que escribir en una segunda parte. Ese es el tiempo, “el régimen había echado sobre el español medio un caparazón de ignorancia, de plomo y de incienso”, un tiempo que parece que vuelve a ser aquel. Este libro que tan acertadamente edita Héctor Eolas ha sido un descanso, un descubrimiento y un placer, de entre todos los libros que tengo sobre la mesa. Espero poder conocer a su autor, cuando en los próximos meses me acerque a León a presentaros mis viejos poemas en un libro con prólogo del errático Luis Artigue. Hasta entonces, un abrazo para todos esos poetas azacanados de León, no todos van a ser compadres, cabrones, cabuleros, capes, casquilleros, cepilletas, chusmetas, cizañeros, cometas o cuerudos, ¿no?.