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domingo, 13 de diciembre de 2015

MARINA PEREZAGUA. YORO.


Los libros del lince.
Presentación en Barcelona. Jueves 10 de diciembre 2015.




Lo primero es una lágrima que baja hasta la comisura de la boca. Intuyes que es una lágrima dentro del silencio, intuyes que detrás de esa mirada hay miedo. Esa es la portada, un detalle de Martin Cornfoot. Los parámetros de lectura que tienes a continuación son lágrimas, silencio y miedo.
Marina Perezagua establece con los demás una relación corporal a través de su sonrisa, después por medio de sus ojos a los que se asoma algo de locura y una inteligencia tajante y por último las maneras metropolitanas (el estilo, la clase y, a cada cosa su gesto). A parte de esto, es capaz de detener su embarazo y reiniciarlo en términos literarios; en términos físicos puede estar sumergida y sin respirar el tiempo que quiera, como un cadáver.
Estos parámetros la acompañaron durante la presentación en Barcelona, dentro de la gira en la que la ha sumergido Enrique Murillo, esa espiral que hemos esperado tanto tiempo. Su bautizo.
Yoro es una lucha por la negación de la enfermedad, una lucha entre lo que te debilita y la fortaleza que te acompaña para superarlo todo. Yoro, llega después de Leche y Criaturas abisales. En esos dos libros de relatos, la tortuga puso sus huevos y volvió al mar, segura de que el calor de la arena haría el resto.
Marina entrenó duro en la piscina y en mar abierto y hace unos meses, cerca del verano de dos mil quince, con la novela terminada, cruzó nadando las dos orillas del estrecho de Gibraltar y sus abismos, lo contó en Facebook y en El Mundo. Durante ese año de piscina y entrenamiento nos fue informando de todo, de cada detalle, con fotos, y a medida que llegaba el momento, sus seguidores nos fuimos asomando al acantilado, cada vez más juntos, respirábamos cada vez más cerca unos de otros, tanto que la pantalla del ordenador se tomaba de vaho. El viento, las corrientes, las picaduras de medusa, el frío, las orcas, el miedo. Y lo cruzó.
No dejó de corregir y terminar la novela durante ese tiempo, de madrugar, de recorrer la ciudad en metro. Necesitaba una novela, todo el mundo la necesitaba, no otro libro de relatos. Pero el pulso de escribir relatos no se pierde tan fácil, metidos en novela, una narración larga no se cose, se teje. Según los primeros críticos y sus lupas se notan ciertas costuras. Estoy seguro que Murillo lo vio y trató de corregir con cirugía plástica, es editor y esos momentos le hacen grande.

–­Para eso sirven las orejas –explicó el cirujano– para guardar detrás de su sombra todo lo que se estira y no se rompe.

El público, en su mayoría femenino, permanecía bajo un latido frío, unido por la curiosidad, algo escéptico por tantos fracasos y así todo con ganas de literatura y a pesar de que todo el mundo se traía el libro comprado y leído de casa, nadie preguntó nada. Gracias a eso Murillo y Valls pasearon y preguntaron por el jardín y los demás nos limitamos a seguirles, era la seducción después de la merienda, una seducción ligera, tranquila, natural.  
En esas Fernando Valls dijo dos cosas importantes; una, que Yoro era una novela trabajada hasta el final, acabada;  dos, que cada novela tiene un ritmo de lectura. Valls debe estar aburrido de encontrarse novelas a medio cocer que se entregan así a la fábrica, así se venden y así desaparecen engullidas por la máquina de picar carne. Para los lectores que tiran la toalla en la página ciento cincuenta, uno debe reconocer el momento de un libro, su hora del día, la calma y la luz necesaria, respirar con ella sin ahogarse. Ese es el ritmo de Yoro, ese es el de Marina Perezagua. Ese, y venir de una casa en la que tu madre te cuenta cuentos, romances, esa forma antigua de narrar la vida o una parte de la vida, esa forma de entrenar la imaginación. Willy Uribe andaba por allí, otro autor que viene de esa oscuridad en la que las historias que oyes terminan por ser ciertas, en las que se crean personajes que duran cientos de años, en las que el escritor cumple como un artesano, deja que pase el tiempo necesario para que todo seque y cicatrice. Entre ese mundo inventado en narraciones de invierno y la anatomía literaria de Beatriz Pol Preciado, se cuela la singular sinceridad de los cuerpos maltratados en Yoro, casi escombros, sus sentimientos, su manera de comunicarse por medio de cirugías, órganos sexuales animales, los órganos sexuales de las cosas, el deseo occidental de posesión, de anular la identidad, de crear y buscar placer, el deseo oriental de aprender a respirar. El lector se ve invadido por un dolor que no termina de doler del todo porque crece despacio y hace de Yoro un libro muy contaminado con toda clase de residuos, despojos humanos,  que sin darte cuenta masticas y consumes, creando nuevos residuos, un invierno de hijos y de viejos.  
Yoro quedó flotando en las entrañas de las mujeres que allí había. Fue adoptada por todas esas madres y todas salieron de La Calders, por una puerta más estrecha de la que habían entrado. Belén Feduchi se sentó allí.




sábado, 12 de diciembre de 2015

MANUEL ASTUR: Seré un anciano hermoso

Presentación en Barcelona.
Silex ediciones. 
Librería Calders
11 de Diciembre de 2015. Viernes noche.


A Manuel Astur le gustan los títulos largos, el pelo y las barbas largas, los amigos y los libros largos. La última vez que le vi, fue este año en la Feria del Libro de Madrid, balanceándose en un taburete junto a Sergi Bellver; fue en la caseta de Atalanta, una caseta para acercarse a charlar y tomar algo de aliento entre tanta y tanta feria. Allí también me encontré con José Luis Espina, otro asturiano que fotografía la literatura como García-Alix las motos, pero sin exponer en los museos de arte contemporáneo (ni falta que hace, mucho mejor exponer en un aeropuerto). En aquella ocasión, (en la que se encontraba algo destruido por algún tipo de resaca) comentaba Astur que lo de presentar libros era una vulgaridad. Hoy está de gira con algo que se presenta como un ensayo emocional y que edita Silex, se titula “Seré un anciano hermoso en un gran país”, la portada es su retrato con una manzana panquerina. Hasta ahora el mejor libro de Astur es un misal de regalo con el libro de poemas “Y encima es mi cumpleaños” en el que ya anunciaba lo siguiente: “Maldita generación la mía/ maldito viñedo olvidado”, es decir el libro que ayer se presentó, es decir el primer inicio de este ensayo emocional escrito en Grado, escrito del tirón, escrito en tres meses; y también autor de un libro para olvidar “Quince días para acabar con el mundo”. Todo esto le ha valido un lugar en Wikipedia, en La escuela de letras de Gijón y en Silex ediciones con Marina Sanmartin. 
En Barcelona el encuentro es en la librería Calders, la tarima de moda, un lugar intermedio entre La Central del Raval y No llegiu de Poble Nou, un lugar deseado ya que el ballenero Pequod murió en el mar de Aral. Presenta el acto el murciano Juan Soto que paso a paso se está convirtiendo en el gran cronista de este siglo junto con el gallego Manuel Jabois. Hoy está aquí para ayudar a Astur en su gala catalana, en la presentación en sociedad de un libro que ya se está leyendo en Madrid y se está disfrutando, según las muchas opiniones de las lectoras en las esquelas de opinión de la Red, las lectoras, esas muchachas con la mirada tímida que suspiran lánguidamente, ¡ay!. Juan le dio color a las crónicas del Parlament de Catalunya en las fallidas sesiones por la desconexión del estado español y el nombramiento de un president autonómico, le dio color a la presentación de Fiebre de Matías Candeira y hoy le da color a la desvaída piedra del altar mayor de La Calders, él y sus amigas. El tándem Astur-Soto crea deseo, tanto como la navidad en los niños. Manuel estaba contento.

–Deseo pasarlo bien, joder –dice Juan– y no aburrir.
–Librería se escribe con Ll –dice la librera que languidece bajo un infarto intestinal–
–A mi me suda la polla –dice J –  con elle.
–Ayer estuve en la presentación de Yoro –digo por decir algo y meter baza–

Pero por sus flequillos, parece que les tiene sin cuidado. Hay una lucha de miradas, sonrisas y esas cosas que uno siempre equivoca cuando trata de leerlas. Y en esto veo en mi reloj que Sergi Bellver interviene con buenos deseos y una nota de prensa en su página oficial de Facebook, se encuentra en la Strahov Library donde le han invitado a hablar del proceso de escritura. Sergi toma constantemente notas para un mundo emocional, mientras se prepara para el mundo real y para saltar de Budapest a Barcelona, donde como siempre todo el mundo le espera y nadie le espera. Con Bellver a tiro, Astur a mano y Juan a diestra y siniestra, empiezan a madurar las cerezas aunque sea tiempo de manzanas, de manzanas y resaca, ese estado de ánimo que acompaña a los libros, los poemas, las noches, los viajes en Alsa a Villalpando,  Madrid, en tren a Lisboa, a Sitges, a Grao. Madrid era una fiesta, lo demás no ha cambiado.
Lo bueno de una lectura rápida es que el libro de Astur no suena a cursi, tiene la misma musicalidad que asomaba en su libro de poemas.  
Lo bueno de asistir a una presentación en directo es que tienes a los actores a tu disposición: Juan Soto ama a Manuel Astur y Manuel Astur se deja querer. Le ama porque le observa con los ojos cerrados, como se hace con los acantilados, porque le sirve como inspiración, porque le recuerda.
En la noche están Paco Soto y su uña de guitarrista, Rubén Martín Giráldez y la longitud de la mirada atónita, Cárol GP que intenta recordar algo que ha olvidado, una pequeña sombra transparente, que no sabe donde la perdió; Oscar Solana y la constante del tiempo y su serie de cuerdas en otra teoría física cuántica; la periodista Anna María Iglesia escribiendo a horcajadas sobre su teléfono,  Andrea, la novia de Juan Soto que es dulce y se preocupa porque los padres de Juan, están a punto de llegar, porque Sergi Bellver está a punto de volver. Andrea se preocupa por las cosas más frágiles, tal y  como una mujer dulce se preocupa, tal y como debe ser la mujer de un asesino, de un yonqui, de un dealer, de un músico y de un escritor, porque ella sabe que siempre hay un detalle y un precipicio que te puede tragar. 
Manuel Astur está de gira y detrás del músico, seguimos una legión de fans, rusos colgados,  rusas blancas, un bar, una cerveza, un bocadillo antes de que suene la hora, esa hora que no escuchamos y que a mi conciencia la vuelve loca. 
Sergio del Molino, sabe que dentro del reloj de Astur hay muelles de Unamuno, Chateaubriand o Malaparte. Cuando vuelva a los prados, tendrá de nuevo la necesidad de  un sueño, de  un padre, de los amigos, de una madre. Este libro es una crónica de algo que se ha perdido, del vacío, es una memoria de la distancia, esa memoria que siempre permanece como esos amigos. En el miedo que ahora siente, porque Astur como Juan, como tantos otros, podía haber muerto en aquella guerra.
–¿Pero qué será de ti, hijo mío?

La respuesta está en este libro.