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viernes, 10 de octubre de 2014

CREO EN LA NOCHE



Barcelona. Librería  +Bernat. Jueves, 9 de octubre de 2014.
Enrique Clarós
Editorial Playa de Ákaba



El la línea azul viaja una chica que ocupa parte del asiento contiguo. Se hace fotos con el móvil. Al lado se sienta un airon man. El tipo viene chapeado de cicatrices en las rodillas, quemaduras en los tobillos, rozaduras viejas en los dedos, los juanetes. Se sienta sobre el vestido de la chica y en el acto una lucha de manos y vestidos se desata y aparta a la chica de su móvil. No se miran. El con la barba larga y recortada, una densa barba pelirrubia y el peinado de Sergio Ramos, perfecto para una noche de un jueves, airon man. Me cambio de sitio sin salir del vagón. Desde la nueva perspectiva tengo la imagen del teléfono de la chica. Ha fotografiado sus labios, unos labios bien hidratados, de unos veintipocos años. Juega con ellos en la pantalla, los envía a alguna dirección, vuelve a jugar con ellos. No lo soporto.

-¿Cuándo fue la última vez que estuviste con una gran mujer, necio?

El trasbordo a la línea azul es largo, fatigoso el pasadizo por la humedad, la ropa se pega, la humedad se mastica, igual que en Vietnam, Camboya, el pasadizo. La línea azul está tranquila, un par de jóvenes se besan, ella viste un ajustado pantalón blanco. Son jóvenes y olvidan. Nada más.

No sé dónde queda +Bernat, quería salir a la Avenida de Sarriá y aparezco en Josep Tarradellas. He dado unas cuantas vueltas, si, estoy sudando, si, las calles están mal iluminadas. Cansado y pegajoso llego, por fin llego y allí está recibiéndome Oscar Solana, detrás espera Enrique Clarós. Sonríe.

Hoy es el día que E.C., tanto ha deseado desde antes del verano, incluso antes, del verano del año pasado. El día que tanto ha temido durante las últimas semanas y por eso le acompañan todos sus amigos poetas, los miembros más destacados del Laberinto de Ariadna y entre ellos Felipe Sérvulo, sus dos hijos ,Alma y Enric, bellos, su mujer, extrañada, su cámara de fotos, su trípode y junto a él en la mesa +Bernat,  Rosmarí Torrens y Alfonso Levi. Pero el micrófono lo tomó Lady Mcbeth desde su silla de ruedas. Con él y su voz sobria, abrió el laberinto para que los poetas buscaran la luz y la oscuridad. Los ratones salieron disparados hacia el cebo, únicamente guiados por su olfato.




Comenzó esa Gran Mujer que es Rosmarí, desgranó versos sonámbulos y los comentó, avanzó hacia la oscuridad y a medida que avanzaba la Librera retrocedía hacia las sombras y Enrique sufría estrés de laboratorio. En estas presentaciones uno termina penetrando en la mente del asesino, mientras sonríe a la pequeña cría de lo que va a ser, de lo que será. Rosmarí, cambió los pañales al bebé, le untó las ingles, lo vistió de nuevo y el niño, después de unos pucheritos, volvió a sonreír, Enrique también. Pero todo el público esperaba a Alfonso y Alfonso comenzó por el principio y en el principio las citas: T.S. Eliot y Joan Vinyoli y de este último, cuya poesía yo también leo, cita: “A medida que envejecemos vuelven las cosas primeras”. En este punto se podía haber terminado la presentación, porque este pensamiento es el principio y el final de todas las cosas, pero el público, cuando lo forman cuadrillas de poetas, es un público, firme, tenso y cilíndrico, es decir resistente a la tensión y a la torsión. La presentación continuó una hora más y pude disfrutar de nuevo de ese aire con el que envuelve las palabras, los gestos A. Levi,  y se detuvo en la frase con la que Enrique nos presenta a su familia allí presentes “A Candela, Alma y Enric” –dijo Levi- sin los cuales –dijo Levi muy despacio- ni este libro ni yo –dijo Levi deteniéndose y escuchando el silencio de los labios de todos los presentes- seríamos– y escribe seríamos y no cualquier otra forma verbal –dijo Levi y volvió a repetir tomándole el pulso al cadáver de Vinyoli- “se-ríi﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽yoli al cadjo lencio de los labios de todos los presentes- sercon la que Enrique nos presenta a su familia all amigos,íííí-a-moss”. En ese momento la nave navegó,  los ratones se detuvieron en el laberinto y empezaron a escuchar la obertura de Tannhäuser de Wagner. Y leyó:
“Conservo los recuerdos/que has perdido/para siempre,/fragmentos de olvidos/que retengo/sin que lo sepas./”
Y acertó Alfonso Levy: “la memoria es tal vez más importante que la vida, la memoria como algo presente, ilumina lo que vivimos hace veinte años”. Siguió leyendo las líneas que Rilke había escrito para Enrique Clarós con el que fue empatando una y otra vez “el lado que no nos está iluminado”. Y en eso consiste este libro de Clarós desde su portada inquietante, en la que el peregrino con el cuerpo dentro de la noche, saca la cabeza a la zona de luz. Luz y oscuridad, memoria y en el medio, todos los que buscamos algún camino, Borges, Bowles, Blake Butler, Muir, Cecil Day Lewis, Leopoldo Panero, Pessoa, Valente, Wittgenstein, Max Blecher, Canetti, J.A. Goytisolo, Bolaño.
En su turno, confesó E. C., que de niño mientras los demás jugaban al futbol, el jugaba a fabricar nitroglicerina y pólvora.
-Yo le pasaba a máquina lo que mi padre escribía.
Cuando miras a Clarós, ves que todavía mantiene esa mirada de niño y eso es lo que desde el primer día más me ha desconcertado, su curiosidad,  esa continua expresión de curiosidad que sigue manteniendo, no en la foto de la solapa, solamente cuando sonríe en la distancia corta.
El resto fue un festín de palabras, principios, repetición de todas las formas de la memoria y mientras esto sucedía Rosmaría y Alfonso se iban oscureciendo, quizá transparentando, como hacen los buenos amigos y la luz solo iluminaba la esfera y el eco de lo que término siendo una sola voz, la del poeta Enrique Clarós.
-El cava espera –dijo la librera desde sus aposentos-
-No, voy a leer dos poemas más –se quejó el poeta- solo he leído ocho y son sesenta y nueve.
-Bueno, anda, sigue.
No hubo preguntas pero el cava se preparaba junto a la barra de la entrada y allí me di cuenta de que Rosmarí Torrens es una gran mujer a quién tengo que leer, igual que a Alfonso Levi.  



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