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domingo, 30 de diciembre de 2012

EL MOLINO Y LA CRUZ


Lech  Majewski
Cines Verdi. Barcelona
(El camino del calvario.1564. Brueghel el viejo)

 

Es un cuadro aparentemente caótico que transporta a los paisajes holandeses, una crucifixión, alejada del plano principal en el que se ve la soledad de la virgen, consolada por el apóstol San Juan. Toda la escena es una perspectiva tumultuosa, en la que se mezclan mercenarios al servicio de soldados españoles, invasores católicos, y un hombre con una cruz a cuestas hacia su destino fatal. A su alrededor hierve todo ese movimiento de curiosos, feriantes que aprovechan el tumulto, niños que juegan y en lo más alto el molino con aspas en movimiento, un día ventoso, un escenario que no tranquiliza a nadie, esos escenarios que le gustaban al Viejo y que reproduce en todos sus cuadros, tanto de paz como de guerra.
Es ahora, cuando el cuadro toma vida en forma de película rodada por Lech  Majewski, un tipo que te regala imágenes de una belleza poco común, en la que respiras el aire, oyes a los grajos del cuadro revoloteando por encima de tu cabeza, picotándotela, notas el frío y la soledad y te mete en ese molino que apenas se apoya en una pared de piedra que es como una grieta en el paisaje, que cruje. La pasión y el calvario de Jesucristo en el centro de Europa.
Aquella época fue un mal momento, guerras, muertes, delaciones, la cultura de la muy católica España enfrentándose a la cultura de las sombras, a los no creyentes, una sangría de dinero y hombres, que no sirvió para nada.
 Aquel pintor que ya sabía que su vida se agotaba, lo vio así, en la película es testigo directo, pinta los hechos tal y como un fotógrafo de guerra asiste a una ejecución. Y en paralelo te enseña los paisajes hasta llegar al pan, las costumbres, el cine al servicio de este juego de retransmitir y darle vida a una escena, a esos campesinos del siglo XVI que escuchan al árbol antes de talarlo, que venden ese pan del molino, el molino, los molineros, los paisajes brumosos, los juegos de los niños, todo lo pinta en sus cuadros, que son siempre una tentación para los cineastas y los novelistas,  llenos de vida, de acción, de miradas.
La acción de la película, con esa medida falta de palabras, es de una violencia tormentosa, el tratamiento que se da a los personajes es de absoluto abandono, dolor, indiferencia por los demás y vacío, esos personajes, bailan, lloran, sonríen, pero no hablan, no se transmite emoción alguna y esa dureza junto con la de algunas imágenes, te pone al borde de un infarto cerebral. Es otro cine. Estos días se puede ver en la sala 4 de los Verdi, pero solo en horario de las cuatro de la tarde, ya que comparte sala con otra película. La sensación al salir a la calle, es la de que no has superado todos los obstáculos.

jueves, 13 de diciembre de 2012

HOLY MOTORS


 
Empieza y termina. Vuelve a empezar y vuelve a terminar, y nunca sabes si va a volver a empezar, pero de nuevo comienza, se quita la piel, la nariz, los postizos, uñas y pelucas y ya no sabes si su cara es su cara o solo una máscara más. Entra y sale del absurdo, sin límites y te deja el cuerpo lleno de sensaciones que terminan siendo cicatrices cuyos reflejos no quieres en tu espejo. Si alguien no conoce el aspecto de  la infelicidad, esta película es un resumen, vete a verla. Éramos seis y  la sesión, la de las cuatro de la tarde.

Por la mañana visito el Cementerio de Poblenou (1775). Algunas criptas me resultan familiares. En alguna parte de mi memoria se aloja alguna imagen que no recuerdo pero que me termina mareando. Me cruzo con dos hermanas, una de ellas me saluda. En ese cementerio hay operarios que ponen a punto algunos mausoleos, también hay alcantarillas y supongo que pasadizos y conexiones hacia calles, réplicas de otros mundos paralelos, duendes que devoran flores. Antes de comer en el mercado de Santa Caterina, visito el museo Frederic Marés, me cruzo con dos visitantes, apenas nos miramos. Paseo entre la colección de vírgenes con niños que proceden de León, Navarra, Palencia, Zamora, vírgenes madres que sostienen a su hijo, con extraños parecidos, son todas del siglo XIII, cada cara marca un carácter, cada gesto un estado mental, ordenadas, carcomidas, conservan restos de policromía, conservan toda la energía de aquella época, siglo XIII, es de locos y de locos es la colección de cristos crucificados, uno detrás de otro, también del siglo XIII, casi todos miran con cierto placer, creo que el románico es el arte más paranoico de la civilización europea. Cada una de las caras de esas vírgenes con niño (son como un libro de familia) existió en algún pueblo, cada uno de las caras de esos cristos también, si te fijas en ellas te lo cuentan, lo están deseando, desean hablarte.

La infelicidad de padres con hijos, la infelicidad de mujeres solas, de perros reales que duermen en la misma cama que los personajes a los que acompañan, de la luna reflejada en el parabrisas de una limusina blanca, una trampa, el camerino de una estrella sin público, pero con un productor (Michel Piccoli).
-Pareces cansado

Todos los personajes fuman, todos los escenarios son inhóspitos, degradados, extremos, explosivos, todos son suicidas que van preparando su camino, un camino que se recorre hasta el agotamiento y surge una y otra vez la música de  Dmitri Shostakovisch (Funeral March) , esa despedida de Kylie Minogue, con el Pont Neuf de fondo, (ese puente en el que hace muchos años yo escribí el nombre de una chica), después de haberle escuchado cantar Who we where de Neil Hannon, haciendo girar a la película en el desconcierto, con un final de secuencia brutal.
 
Todo es brutal y detalladamente escrito en ese guión que aparece en cada una de las nueve crisis o capítulos. Denis Lavant, el protagonista, no te da ni el más mínimo respiro, ni te lo da Carax, uno de los directores de cine más bastardo e hijo de puta. Conoce cada uno de los planos y sabe lo pernicioso de la reacción: construye sin maldad, como sin argumento, apenas existen diálogos y los que hay se agotan desde el principio faltos de ironía, cicnismo, de un laconismo y una falta de emoción, de energía, de vida, que produce un inmenso desasosiego contado en planos cortos, no es el cine de David Lynch, es Carax levantándose de la cama en la que duerme su perro, abriendo la puerta hacia una sala de proyección y enseñándote un camino por el que nadie ha pisado antes, ni siquiera él, que también es espectador.

Termino el día vagabundeando por el gigantesco, desolador y polvoriento aparcamiento del centro comercial Icaria en la Vila Olímpica, en el que la máquina no acepta tarjetas para validar el ticket del parking y en el que he abandonado dos horas antes el coche, entre huecos sin numerar, que se han ido llenado de sombras. Es parte del guión.


jueves, 6 de diciembre de 2012

SAFARIS INOLVIDABLES

Fernando Clemot
Menoscuarto Editores
Presentación en Librería Alibri
Barcelona 4 de diciembre de 2012

Presentación a cargo de Fernando Valls, director de la colección reloj de arena


Hay ciudades como Gerona con dos nombres, el catalán y el castellano y hay ciudades como Palencia con un solo nombre pero que hay que repetirlo dos veces, porque el equilibrio del oído te dicta Valencia; el equilibrio del oído y que Palencia es una de esas ciudades invisibles,  (hay unas cuantas más) que nadie conoce y en la que nadie nunca ha estado, de hecho nadie conoce a nadie de Palencia y sin embargo la editorial “menoscuarto” vive allí, en la plaza Cardenal Almaraz y es la que publica este libro de Fernando Clemot.

Safaris inolvidables se presentó ayer (4 de dic.), martes frío y ventoso de diciembre, en la librería Alibrí de Balmes, (antes librería Herder). La mano que mecía esa cuna era la de Fernando Valls y disculpó que el editor no se sentara al micrófono porque estaba en Palencia y repitió lo de Palencia para que quedara claro. A mi me gustó y me gusta lo siguiente:
“en lo editorial, no todas se reparten Madrid y Barcelona, también las ciudades invisibles crean historia, editores, autores, colecciones y vidilla; a mi me alegra que la gente se decida por estos trabajos tan poco rentables (escribir y publicar) y viva en otras ciudades, en otros ámbitos y hable con otras voces.”
Y en esas voces se encuentra la de Clemot, que seguro que es casualidad, pero su otra editorial, Barataria, se domicilia en La Puebla de Cazalla. Los ámbitos de este tipo son el relato, la novela y los amigos y allí en Alibrí/Herder se reunieron unos cuantos, Vico, Bea, Bellver, Cutillas, Gol, Ubaldo, Espinoglio, fans, lectoras, poetas, novias, no todos los que aparecen en Facebook y otras marcas sociales, pero tampoco hace falta. De hecho el propio Fernando agradeció, especialmente, la presencia de Jordi Gol
-Para mi, es como un talismán, me trae suerte.

En mi paisaje interior (yo también tengo paisajes interiores como Santa Teresa) no queda ni una sola palabra de lo que dijo Valls (y no por Valls, ni por ningún otro), solamente recuerdo salpicaduras de medio vaso de agua derramado torpemente las hojas sueltas y las cosas que se ponen en las mesas; de hecho esos momentos de presentación, ensalzamiento, honoris causa, los utilizo para volar entre los asistentes, curiosear, mirar en sus oídos, el pliegue del cuello, las uñas bien cortadas, los zapatos, me asomo a sus miradas,  dentro de los ojos y me relajo como un bebe en brazos de su madre, como si acabara de descubrirme las manos.
Fernando Clemot habló de los relatos, de los suyos, de sus estructuras, dijo que los relatos se debían leer por el orden del libro, que entre unos y otros se salpicaban y el lector encontraría en unos, cosas de otros, y que el lector observará una acusada sensibilidad en la segunda mitad, quizá porque mientras lo escribía murió su madre y fueron momentos difíciles que no le gustaría volver a repetir, así todo
-Disfruté mucho escribiéndolo.
Eso ya se lo he oído decir a Fernando, en la presentación del Libro de las maravillas, en comparación con lo que sufrió escribiendo el Golfo de los poetas. Ese sufrimiento lo transmitió al lector, porque yo no pude terminar de leer el Golfo lo que me echó para atrás a la hora de leer su segunda novela. Pero ha pasado el tiempo y ayer según volvía para casa fui leyendo en el metro los primeros relatos de este libro y me gustaron. En la presentación Fernando deshojó el titulado La agonía de las flores y lo leyó en alto, con esa voz y esa entonación del que lee mucho.
-Lo que se escribe hay que leerlo en voz alta, como hacían antes. De esa manera sabes donde falla lo que estas escribiendo, encuentras el ritmo de la narración.
Y así lo hizo, leyó para todos, y todos nos dejamos llevar por ese relato breve y todos aplaudimos a este tipo que, con el paso del tiempo va afinando su escritura, que no es un suicida y por lo tanto dispone de una larga vida para escribir mucho, que imparte talleres de narrativa en la Autónoma de Barcelona, en el Laboratorio de escritura, en cada presentación de cada uno de sus libros y en la de los de sus amigos.
Y mientras ellas se arracimaban encima de Fernando para buscar su complicidad, la firma del libro y un beso, yo seguí sentado, esperando que la Librería se fuera apagando y mientras espero saludo a Luis Vea a Francesco, a Ubaldo que hacía tiempo que no coincidíamos, quizá desde que la malograda editorial Eutelequia dejase de publicar autores, para empezar a devorar a sus propios hijos.
Mi opinión es que Fernando se va a convertir en un clásico, solo necesita quitarse (cuando escribe) algo de esa tristeza y de ese sufrimiento en el que tanto se apoya y que salpica casi todo lo que escribe. Pero a mi es a la última persona de esta ciudad, a la que debe escuchar. Mucha suerte con estos relatos y mientras regreso de este viaje leo.
“No hay peor momento que el anochecer para acabar un viaje”
Ya en casa me vuelco en Google Earth, sigo las directrices de ese viaje de relatos  que nos regala Clemot, como método complementario de Safaris inolvidables y empiezo a volar en un sueño cargado de múltiples relatos.

viernes, 30 de noviembre de 2012

WILMAR CABRERA


Los fantasmas de Sarriá visten de chándal
Editorial Milenio. Narrativa
Biblioteca Clará. Barcelona.





Mientras parte del mundillo literario fermenta en críticas cínicas, espasmos, cambio de pañales, ironías, maldades vanidosas, bandidaje, este tipo va por su sombra escribiendo de fútbol. Yo no se nada de este deporte  pero ayer en la Biblioteca Clará de Sarriá, noté la pasión que siente la gente aficionada, pasión y sentimiento. Pero tanto las pasiones como los sentimientos cuando se organizan en Clubs, Bancos, Cajas de Ahorro, Peñas, Loterías, Corredurías de Comercio y otros chiringuitos manipulados por directivos codiciosos, terminan convertidos en ceniza y nostalgia.

Wilmar Cabrera nació en Palmira (Valle del Cauca) Colombia, pero allí no se toma buen café. Hay algún que otro escritor colombiano conocido como García Marquez, Alvaro Mutis, Héctor Abad Faciolince, Laura Restrepo, Vásquez, y parece que Wilmar se ha unido a ese grupo que busca fuera de las fronteras ese buen y tonificante café colombiano, que tenemos por aquí. Este tipo se ha movido de un lado a otro y me gusta que entre todos estos sitios haya recalado en Kingston, Jamaica
-Si, si, cultura rastafari, si, buen café amigo, jee, jee.

Pero el deporte que realmente le gusta a Wilmar, lo que de verdad le pone es andar en bici, pedalear, subir y bajar de la montaña, con un paisaje cenital de Barcelona al fondo, visto desde Vallvidrera. Pero no ha escrito de ciclismo, ha urdido una historia tomando como escusa
-El mejor partido de la historia del futbol.

Ese partido se jugó en Barcelona en el año 1982, aquel año del mundial de futbol, cuya mascota, hermano, era una naranja a la que llamaban, “naranjito”.  Pero en el 82 España era un país moderno, europeo, pop, había salido de la noche de los muertos vivientes y en Cataluña todo el mundo contento con la autonomía, cantaban a todo pulmón Raimon, Serrat, Paco Ibáñez, Mª del Mar Bonet, Llach y los modernos de glamour en aquel Studio 54 del Paralelo, con Depeche, Pet Shop Boys, The Cure, Bowie, todos con hombreras y rimel y estas cosas de la moda, cosas como las costuras impermeables del balón Tango España 82 de Adidas con el que se jugó aquel mundial.

Los aficionados al futbol, los de verdad, conocen los detalles, guardan álbumes de cromos de los jugadores, recortes de revistas, todo lo que se escribió en prensa, bien encuadernado, como demostró en la Biblioteca Clará, Dani Kirchner que con nueve años estuvo en aquel partido con su padre y guarda en su casa este tipo de colecciones, cosa curiosa siendo del Barça y esta es la afición, cons sus bares, sus amigos, sus tardes de cigarrillos y cervezas y bocadillos y discusiones; y ahora Wilmar un colombiano en Barcelona, pone a andar este libro al que titula Los fantasmas de Sarriá visten de chándal, una novela que comienza con un balazo en la pierna de un tipo que mientras muere en la acera, recita la selección italiana de fútbol del Mundial de España, la que eliminó a Brasil de cuartos de final:
Zoff…Scirea, Cabrini, Oriali, Collovati…
- Aquella derrota supuso para Brasil, lo mismo que el hundimiento de las Torres Gemelas para Estados Unidos. Desde entonces el futbol brasileño dejó de ser lo que era.

-Gentile, Tardelli, Antognoni, Conti… Rossi y Graziani.

Y como dice la contraportada del libro, Wilmar Cabrera ha tejido un entresijo literario que en muchas partes es una crónica deportiva, de esas crónicas que no escribe Ray Lóriga, porque el fútbol le gusta demasiado y en esa fabulación, también aparece como personaje el jardinero que cuidó el césped del estadio de Sarriá durante cuarenta años, aquel estadio mítico que era la casa de los aficionados del Español, que alojó el mejor partido de fútbol del mundo y que causó tanto dolor en esa afición al ser derribado. Hoy allí hay pisos y los fantasmas de Sarriá siguen llorando en silencio cuando recorren General Mitre, Doctor Flemning y la Avenida de Sarriá.
-¡Aficionados a mi!  
exclamaría hoy cualquier dirigente de cualquiera de estos Bancos y Chiringuitos intervenidos por mala gestión.
Desde Jamaica alguien solo dice
-Jee, jeee, jee.



sábado, 17 de noviembre de 2012

PLAYA DE ÁKABA




Es la última editorial y llega de la mano de Lorenzo Silva y Noemí Trujillo. Hoy a las doce del medio día ha nacido en Barcelona en la Casa del Libro; firmó como testigo-poeta Carlos Zanón y bendijo el también poeta Santiago Tena. Todos los demás hicimos coros, saludamos y acompañamos al recién nacido.
Lorenzo Silva justificó el nombre de la editorial, como la playa en la que descansar después de cruzar el desierto de Nefud (en referencia a T. E. Lawrence en el levantamiento árabe contra los turcos 1917-1918). Muchos escritores de talento, ven como sus libros no encuentran editor o se editan de una forma muy precaria, que esa producción queda fuera de mercado, por eso esta editorial busca en ese hueco un espacio para crecer, editar de forma respetuosa con el libro y el autor y para llegar ahí, cuatro pilares que son una colección de poesía, obras clásicas, narrativa e infantil y esa edición partiría, tal y como explicó el autor y se puede leer en la web de la editorial como “ un modelo intermedio: literatura de calidad, impresión bajo demanda, distribución en librerías, presentaciones y venta de Ebooks.
No me cabe ninguna duda de que va a ser así. Estos tipos se levantan a las cinco de la mañana y disfrutan todo el día de su trabajo, escribir, leer, viajar, compartir con la familia y los amigos, ampliar círculos, asistir a todos los compromisos, con esa seriedad, honestidad y fiabilidad de los motores alemanes junto con la dulzura y la inmensa sensibilidad de Noemí Trujillo, que no es una persona sino un duende. Esto último no, pero lo primero lo pude comprobar, cuando asistió a las charlas de la Pompeu organizadas por Jordi Carrión, el día siguiente de ganar el Planeta y vérsele después en el Getafe Negro y otros compromisos, sin fisuras y con esa entrega que pone Silva a cada paso, cuando quizá lo más cómodo hubiera sido no ir, por puro agotamiento.

 Y saldrá adelante esta editorial porque ese camino de Ákaba ya lo recorrió Lawrence de Arabia en una situación más arriesgada y más penosa, pero con la misma convicción, con la misma entrega, rodeado de amigos con quienes soñar juntos en algo tan básico y simple como es conocer el terreno. Silva y Trujillo saben que clase de arena pisan en este desierto, lo saben porque lo publican “Aprende todo lo que puedas sobre tus jerifes y tus beduinos. Llega a conocer sus familias, clanes y tribus, amigos y enemigos, pozos, colinas y caminos….Llega a hablar su dialecto del árabe, no el tuyo.“  Los dos son escritores, saben de lo que escriben y del trabajo que cuesta, del miedo y la soledad, la angustia y lo duro que es seguir escribiendo cuando nadie te publica, la insistencia de continuar ese camino, intuyendo que en el final llegarás a ver el mar, pero rodeado de ese desierto en el que sin duda muchos desfallecen, porque el trabajo es largo, muy largo. Lo saben y te tienden esa mano.

Hoy sábado abrieron esa puerta de cristal y uno de los que estaban allí para contarlo era Carlos Zanón, un novelista que escribe poesía y un poeta que se ha metido en el territorio de las novelas. Ahora reúne en este libro “Yo vivía aquí” un antología poética, que suena a desahucio o a paisaje quemado, que va de los años 1989 a 2012. Y en esa casa o en ese paisaje viven seis libros “El sabor de tu boca borracha”, “En el parque de los osos”, “Ilusiones y sueños de 1000 maletas”, “Algunas maneras de olvidar a Gengis Khan” “Tictac Tictac” y “Rock’n’roll”. Zanón tiene un perfil muy contundente, casi tanto como D. Carlparsoro, y sin embargo cuando se pone a recitar se emociona y te levanta los pelos y la piel y se emociona más cuando habla de Isabel Núñez y eso hizo que todos los que estábamos en la casa del libro, estalláramos en un silencio explosivo. La complicidad de un poeta va siempre de la mano de sus versos y estos son algunos de ellos: “La soledad no es añorar/ a quien amas y no está./La soledad es no añorar/ a quien no amas y está”, el poema se titula El caníbal y es del cuarto libro. Vas a disfrutar.

Ya te dije antes que Noemí Trujillo, es un duende y se lo dije así a Lorenzo mientras me firmaba su libro. Y además se le toma la voz cuando recita porque se emociona, sufre, es cómplice con caricias y sonrisas y sabe que se ha metido en un buen lío con esta editorial, pero ahí está,  recita y se le toma la voz, por eso prefiere que para leer sus poemas suba al atril de la Casa, el poeta Santiago Tena y este los recita a tono y fuego, pero a la misma languidez de un paisaje con lago a las seis y media de la mañana. 
Fue algo así; en una hora conocíamos las intenciones y los afectos, pero duró más porque se organizaron tres colas para firmar, un tic tac de saludos y deseos y fotos y esos círculos de cosas que suceden cuando la gente se junta alrededor de un recién nacido al que todo el mundo quiere ver y sacar un parecido.
Fue algo así y Lorenzo Silva terminó la presentación con este poema de Noemí: “A veces me nacen ortigas porque me abandono”. Nadie, en aquel momento, estaba dispuesto a que eso ocurriera.
Mi hijo de dos meses también estuvo allí y por su naturaleza lloró.

Solo fue un post. Noemí Trujillo
Yo vivía aquí. Carlos Zanón
Camino de Ákaba. Thomas Edward Lawrence.

http://playadeakaba.com

 
Decían que se llamaba amor,
lo que hizo que Sylvia metiera la cabeza
en el horno,
Frida se pintara con clavos en la cara y el cuerpo
y Anne se cansara de ser mujer;
esto que día a día te vuelve débil
y puede matarte mientras duerme contigo.

jueves, 8 de noviembre de 2012

CARLOS GÁMEZ




Presentación de Artefactos. Barcelona, 7 de noviembre de 2012
Casa del Libro
Las Ramblas


Hay pocas cosas que no se pueden disimular, el fuego, el dinero, el amor y la física cuántica. De todo eso lo que más me intriga y de lo que no puedo vacilaros por ser un paisaje desconocido, es la física cuántica.
El tipo que ha escrito Artefactos tenía claras todas las teorías a los veintitrés años. A esa edad yo andaba corriendo detrás de las chicas, a veces colándome en residencias de monjas, cerrando bares y recitando poesía vanguardista (o eso creía yo). Pero eso eran otros tiempos, en los que a la gente se la conocía en los bares, no en facebook, las chicas entonces se tiraba a la calle y todo lo demás era cuestión de estilo y cintura.
El tipo que escribe esta novela, no solo conoce las leyes, estudia la literatura a través de la ciencia y prueba de ello es la relación de los cuatro capítulos Yonqui, Triángulo amoroso, Fin del triángulo e Historias de viajeros, de su novela, unidos por hilos de un tejido que te va cosiendo la cara, la boca, la lengua, los ojos; así de esa manera.

El día 7 de noviembre asistí a uno de los momentos literarios de este otoño de Barcelona, el momento se compone de dos partes; la primera fue en la Casa del Libro de Rambla Cataluña “no puede ser que todos estos vengan a ver a Carlos”, pensé mientras la cola se señoras recorría la librería y la encargada calculaba feliz el promedio de libros firmados; sentado a la mesa de firma sonreía Sergio Dalma. Pregunté por Artefactos y salí de allí en busca de las Ramblas, las de siempre, frente a la Boquería. (pero antes me metí a ojear la exposición de la Galería Senda, Robert Mapplethorpe, a la que tendré que volver). Veinte minutos después llegué a la segunda planta de la segunda Casa del Libro. Allí estaban todos y allí estaba para mi sorpresa Agustín Fernández Mallo y Juan Francisco Ferré (premio Herralde), además de poetas, amigos, niños, bebés, freaques de la ciencia ficción y un guardia de seguridad, que con Cantavella y Fernández Porta, arropaban al escritor, descubriendo un mundo de turnos y civilizaciones, un mundo de paisajes en el que te dejan totalmente desamparado pero eso si, con tu ipad, el jaguar de papá, la lámpara de Ikea, (yo tengo dos) y eso a mi, me llega a través de frases cortas que parece que terminen pero que continúan, punto a punto.

-La novela se lee de forma ágil –le comenté-
Y es verdad, también lo dijo Eloy y me alegró coincidir con un tipo que desarrolla una tesis doctoral (por cada presentación) que siempre sorprende al autor y sus acompañantes. Eloy Fernández Porta cada vez que apoya un proyecto editorial en oro, plata o verso, desarrolla una tesis doctoral que a todo el mundo le pilla con tortícolis y te deja pensando, mientras desaparece despacio y frágil. De hecho en esta presentación, tanto a Cantavella, como a Carlos, como al niño pequeño con mochila, que buscó a su padre hasta encontrarlo, (como se encuentra un juguete entre un montón de juguetes) y por supuesto a mi, nos rompió el alma en cachos muy pequeños como de migas de mazapán y nos dejó a todos un poco parados, mientras cedió el turno al autor que ya tenía ganas de agradecer y más que repetir ahora lo que dijo en ese instante, prefiero reproducir lo que escribió unas horas después en su muro de facebook:
Que presentes un libro y alguien como el reciente Premio Herralde, Juan Francisco Ferré, esté entre el público, cuando deberías ser tú quién hubiera debido asistir a su presentación. Que tus dos presentadores. Eloy Fernández Porta y Robert Juan-Cantavella, se deshagan en elogios cuando tú aprendiste a escribir leyéndolos a ellos. Que alguien tan laureado como Agustín Fernández Mallo decida asistir  a dos presentaciones de tu libro (por no hablar de todos los amigos que asistieron) ¿No es eso suficiente razón para asumir que no existe una relación de causa y efecto en el universo? ¿No es bastante como para entender que las cosas suceden justo al revés de como deberían suceder? Nos domina la lógica de la mecánica cuántica. Quien no lo quiera ver está ciego.”

La cosa es así y después la cosa se flambeó con algo que a mi me hace sospechar. Carlos contó que había estado en una cárcel de Nicaragua. Eso según parece ocurrió cuando terminó de estudiar Física, una carrera que está produciendo buenos escritores y estaba tan tocado que decidió echarse a la carretera tal y como los beatniks de Kerouac y mira, terminó en Nicaragua y volvió y poco a poco o a plazos largos se fue reencontrando de nuevo con las matemáticas, la física y avanzó hacia la literatura, como una forma de equilibrio entre ciencia y poesía y ese es el mundo al que ha llegado Carlos Gámez, que se presentó así, agradecido y se hizo con el IX premio Café Món del que en otras ediciones tenéis al propio Fernández Mallo, José Vidal Valicourt o a Macky Chuca.
A mi me hace sospechar que un tipo que pudiendo vivir en Barcelona, con todos los estímulos, relaciones, gente, bares, decida vivir en Sant Jordi Desvalls, que es como irse a Alaska,  y prefiera una vida (monástica, ascética?) con el desarrollo personal en la literatura mientras el hijo crece a su lado, es una de las actitudes más poéticas que conozco fuera de la pantalla de un cine, es decir en tiempo real.
En el final del acto no hubo preguntas, nadie se giró para mirar al compañero, como por esa tortícolis y empezaron las firmas, los saludos, el “tomamos un vino ahora” y ese tipo de celebraciones.
Respecto a lo literario de Artefactos, como ya sabéis algunos,   yo no soy el crítico más competente, ni el cínico más tóxico, pero a medida que avanzaba por los relatos de la novela, tan pronto me perdía como de repente volvía a recobrar la conciencia, tan pronto me ponía a recorrer  lugares en los que no quería estar, como me daba la sensación de que a este libro le falta un teclado y un ratón con el que poder abrir más pantallas. No supe opinar sobre el libro cuando Javier López Menacho me preguntó y no se ahora deciros nada más, lo tenéis ahí por quince euros. La editorial se llama Sloper y a este tipo hay que tenerle vigilado porque escribe y reescribe y no se conforma, que es algo que ya solo hacen algunos escritores.


 

domingo, 4 de noviembre de 2012

CONVERSACIONES (4)




Miércoles 31 de octubre de 2012. Universidad Pompeu i Fabra. Ciclo Intersecions. Postfotografía i Postcinema con Joan Fontcuberta e Isaki Lacuesta.

Es el último día del ciclo y el último día del mes. Es otoño y hace unos días que han muerto los últimos mosquitos con la bajada de las temperaturas, ya atrasaron otra vez la hora, la noche llega antes y nadie sabía que en ese último día también iba a morir Agustín García Calvo.
Es el día en el que la CGT declara por su cuenta su huelga general y hay huelga de transportes en Barcelona. El resto caminamos despacio, respiramos despacio, hablamos en voz baja. Un helicóptero de la policía vigila la cuadrícula de la ciudad, barre los espacios sónicos, practica una cirugía quirúrgica que va cortando los sectores más afectados. Ahora está justo encima del cuadrante de la Pompeu, es un lugar que necesita cierta protección, allí se reúne el cineasta Isaki Lacuesta y el fotógrafo Joan Fontcuberta, dos tipos peligrosos. Los barridos con infrarrojos los sitúan en una palestra, notan sobre el encerado la proyección de fotos, videos, detectan en el ambiente del aula cierta expectación ante el final del cine, de la fotografía. Un barrido del detector térmico les informa que el aula 20.029 está llena. Los sistemas móviles del Campus sufren interferencias, puede que sea un protocolo de seguridad del helicóptero o quizá que ha llegado Sergisonic, cargado de electricidad.

Es peligroso decir hoy que se consume más de lo que se produce, porque el resto se deshecha. Ya nadie guarda los álbumes de fotos familiares, aquella diversión de las tardes de plomo, hoy las cámaras digitales, con su inmensa memoria de fotografías, no dejan un solo rincón sin imágenes, todos convertidos en fotógrafos, fotoperiodistas, todos cineastas, todos avanzamos ante un paisaje o los salones de un museo, con la cámara siempre delante de la cara, sabiendo que todo ese material se olvidará con el siguiente paso, museo, paisaje.
-Ya está.
Y pasamos a la siguiente sala. Esa es la velocidad de los tiempos. No hacen falta revelados, ajustes, técnica, placas, papel, el tiempo corre y tenemos prisa.  
Desde aquel momento artístico de las cuevas rupestres, con la representación de animales, hasta hoy en el que nos fotografiamos desnudos, vestidos, amontonados, solitarios, retratándonos en todas las fases de la vida y ponernos de inmediato en circulación; todas esas fotos enviadas a múltiples direcciones para un uso global.
-Gestionamos nuestra imagen.
Y esa imagen pasa a ser una identidad o una máscara, frente a los demás. Todo ese archivo universal, termina en manos de fotógrafos que le dan valor y lo convierten en arte, artistas como Fontcuberta, cineastas como Lacuesta, indagan en esa poética de la acumulación, apropiacionistas de otros trabajos anónimos, cuyas películas forman parte del cine de los museos, las nuevas salas de proyección con un uso comercial decorativo, hoteles, convenciones, fiestas. Potsfotografía en la era después de Kodak.






viernes, 26 de octubre de 2012

ALBERTO GARCIA-ALIX en la TATTOO EXPO 2012










Nota sobre esta crónica:
Este es un artículo que Sigueleyendo no ha podido publicar...Se tarda menos en contestar un correo, que en echar un hielo al whisky.




Recinto ferial, La Farga. 7.10.2012


Se celebra como cada año en L’Hospitalet. Es la feria anual de tattoo, tatuajes mejicanos, japoneses, africanos, indonesios, con toda la parafernalia del evento, chupas, camisetas, botas converse, Harley, coches tuneados, un ring para luchadores de artes marciales, una pista de break dance y aparcadas en la calle también bicicletas con flores como las de la foto y desde luego docenas de cabinas de tatuajes con los mejores del oficio y clientes que saben del placer y el dolor mientras entra la tinta en la piel, el ruido de los taladros en el oído, la resistencia, jóvenes padres de familia con sus cachorros en brazos cargados de tattoos.

-No veas lo que aguantan las tías –dice Alberto- se pueden tirar ocho horas tatuándose la espalda..
El que lo dice no es otro que Alberto García-Alix, un tipo que ha vuelto de la muerte y de China, dos lugares de donde hay que volver con los brazos llenos de premios. Me lo encuentro allí, al sol, con esa mirada y esa chupa de cuero y esos tatuajes que se le asoman por todas las costuras, desde el cogote hasta la mueca de los labios, en cada pliegue.
-¡Qué bien te encuentro, tío! –le digo-
No me canso de saludar a este tipo, es auténtico y cabal y una leyenda en el mundo de la fotografía, del retrato en tensión, donde cada vez afina más con esas putas Hasselblad que solo el diablo sabe manejar.
-Yo me voy mañana –dice apurando su cigarrillo-
Noto esa gana y gusto en cada calada, como lo nota un exfumador o un exconvicto.
-¿Con la moto?
-Si, claro, la tengo ahí –indica para una calleja-
Con la Harley, las cámaras, la cazadora de cuero, el teléfono móvil y toda esa mirada que no falla, que espera a que pase, porque algo tiene que pasar, siempre hay algo que tiene que pasar, en el formato que sea, poesía, graffitis, tatuados o tatuadores, tías, niños, bicis de flores, una gorda o un oso polar y allí está, apoyado en una columna cuadrada.
-Si a mi me va bien, pero gracias a lo que vendo fuera –con esa voz carajosa-.
Aquí el mercado está cerrado y todo lo que se tenía que vender ya se vendió hace años.
Desde la calle se oye el zumbido de los ciento cincuenta taladros de piel, no sale ni un solo suspiro, ya lo dice el maestro, las tías aguantan. El mapa de dolor de la piel se enciende por los codos, por los sobacos, por la espalda, no es lo mismo que el hombro, cada parte es una dimensión, para cada parte se necesita una resistencia, un carácter. En el recinto cada puerta tiene un Centurión y cada soldado luce sus tatuajes, sus galones, camufla sus armas y se alarga la perilla lo que haga falta, en vez de anillos tatuajes en los dedos macizos, manos de hierro de conducir motos, nadie está muy seguro allí dentro, ni fuera pero porque nadie está hoy muy seguro de nada ni de dios, ni de la patria, ni del rey, pero en ese estado de cosas de quien si te puedes fiar es de los tipos valientes que han elegido la vida como viaje y siguen ahí, de los que todavía son auténticos, de todos esos herederos del diablo que han conseguido ahora ser ángeles y han domado el cuerpo a base de descargarse y de descargas, a base de ver morir y enterrar a los amigos.
García-Alix tiene allí a sus clientes, todos esos tipos tatuados y tiene ahí a la venta su caja de diaporamas, tres cedés titulados “De carne y hueso” una reveladora imagen de aquellos años ochenta llena de caras conocidas, talento, escaleras, callejones, perros y gatos, músicos, sombras, motoristas, ángeles del infierno, centuriones, porno star, enanos, prostitutas, colegas, novias, perros de lujo y perros de mierda, todo era la edad de oro desde Emma Suárez a Camarón y sobre todo los anónimos, legendarios anónimos, todos muertos; “Lo más cerca que estuve del paraíso” y “una perpetua fuga” completan la caja negra,  todo bien adobado con música de Daniel Melingo, en total una hora de idas y venidas y vaivenes. Y sales de allí con ganas de subirte a tu moto y quemar calles y dejar que el aire se encargue de lo demás hasta que los brazos y tu propia cara se llenen de grasa, la grasa del frío y de tu propio calor interior.
El perro no chupa, el gato se estira”

Y las máquinas de tatuar no descansan y cuando se bajan moribundos de las camillas llevan los tatuajes envueltos en plástico y les ves así, recorriendo los pasillos como zombies a punto de desmayo, a punto de arrojarse contra cualquier Centurión para que les remate a navaja. Pero eso no pasa, las cicatrices de tinta se van drenando hacia la carne y supuran agua, la piel se hincha y esperan a que en la calle sea noche cerrada, cualquier cosa antes de que te de el sol en las heridas abiertas.

-Una espalda es mucho territorio, amigo.
-Yo lo quiero así.

En este lugar tan perro no puedes tener la piel fina y es mejor no rozarte con nadie, es mejor no mirar a los ojos, es mejor no empujar ni que te empujen, es mejor quedarte estático frente al ring, ese ring que la organización coloca en un lateral de la feria, junto a un mercedes tuneado, donde dos potros se cocean después de un ritual muy medido, a tres asaltos. Es así como uno se despeja para volver a ingresar de nuevo en las cabinas abiertas a los ojos del público, de un público que muchas veces quiere sangre y fotografía sin piedad los modelos de dragón, para que el colega del barrio los dibuje sobre el hombro, sin anestesia y sin copyright.

Por el camino de ida y el de vuelta me cruzo con dos chicas vestidas como muñecas pin-up, apenas pestañean y parecen decididas a evaporarse en cualquier momento.
Dejo todos los rastros y cuando salgo del recito llevo en una bolsa, una camiseta XL con las mangas dobladas con una bonita serigrafía y esa caja negra de Alberto García-Alix, en ella ha escrito a bolígrafo: “Para Elías un abrazo de Loco a Loco” y sigo caminando rodeado de caníbales tatuados, todos ellos menores de veinte años. Sigue habiendo mercado aunque la Barcelona de ahora olvida que esa caja negra, como la de los aviones, encierra la sabiduría del blanco y negro, las voces, los ecos, sonidos que te rompen, imágenes que algunos de nosotros tenemos tatuadas en el iris, de donde no se vuelve, de donde nunca se vuelve porque siempre la fuga es perpetua y la ciudad de plomo.

A la salida también me cruzo con un grupo de mujeres que salen cargadas con bolsas de la compra (entre azules y blancas). En el mismo recinto, casi pared con pared hay un Caprabo. El tono de tinta que usan para sus bolsas es muy parecido a la que acabo de ver en la piel de muchos tatuajes, algo que a Juan Soto no le pasa desapercibido. 


Siempre hay algo que tiene que pasar y pasa. Recién escrito esto, Alberto García-Alix,  ha sido galardonado con la insignia de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia. Pero Francia es otro planeta. Supongo que lo sabía y no lo dijo.  Todo un placer.


Echa un vistazo a esto:
http://www.cabezadechorlito.net/

martes, 23 de octubre de 2012

JAVIER TOMEO



Librería Laie. Presentación de Cuentos completos.
Barcelona, 23 de octubre de 2012


Javier Tomeo camina con dificultad, pero sigue siendo ese maño grandón que escribe de manera inconfundible, cuyas novelas se representan en el teatro, que tan bien se conoce en Francia y Alemania y que curiosamente no tiene ningún premio (ni comercial, ni nacional) y ninguno de esos llamativos, Nadal, Cervantes, Planeta, nada.
 Acompañándolo en el acto de presentación, se sentaron a la mesa Juan Casamayor el editor de Páginas de espuma y del volumen, Daniel Gascón que ha trabajado la edición de forma impecable, y dirigía la charla a modo de anfitrión.
Conocí a Javier en Cadaqués, en un curso de creación literaria, un verano de hace muchos años, en el que también impartía clases Laura Freixas y de aquella época me quedó muy buen recuerdo y de aquella época conservo El cazador de leones, por él dedicado y dibujado. Poco después en el año 1993, tuve la suerte de presenciar en el Teatro Goya de Barcelona, la representación por Josep María Pou, de ese monólogo con el que Tomeo se asomó a los teatros de todo el mundo. Y ahora de nuevo me lo encuentro aquí, con esos fallos mecánicos que le dan los años tanto a las personas como a los aviones, con ese escepticismo y ese humor negro de siempre y desencantadamente feliz. De alguna forma tanto Páginas de espuma como Alpha Decay han traído a la vida a un viejo escritor, le han devuelto a sus mejores años, porque un novelista así no puede ser olvidado, entre otras cosas por mantenerse en la tozudez y caminar sobre la misma línea, sin salirse, sin concesiones, sin apartarse y nos dijo eso que ya sabemos.
-Soy un escritor marginal.

Por eso me alegro de que se le vuelva a ver, a oir y a leer, de que sean otras editoriales las que se encarguen de señalar que Tomeo sigue vivo, que sus monstruos, sus historias, también y que sus incondicionales no le han olvidado, que somos más de los que nadie cree.
Por eso hoy en esta España en la que no pasa nada, el asesinato del Salobral anima los corros de baturros, en el que el gitano de los churros beatifica al criminal, (poema de Valle Inclán) y en los años cincuenta en una España, en la que tampoco dejaban que pasara nada, sucedió aquel Crímen (real) del cine Oriente, en el que Tomeo basa su novela. En esta España en la que los premios Nóbel se agotaron para las próxima cien décadas de la misma manera que se agotó el partido socialista para otras cien, los crímenes son los que verdaderamente conservan la identidad nacional y los crímenes en España se cometen en la España genuina, la que existe de verdad, la de Valencia, Cáceres, las tierras de la Mancha, lugares donde la pasión criminal que no deja de ser espiritual se vuelve carne, cuerpo y a veces novela. Si don Camilo Jose Cela, tuvo claridad y literatura durante los años en los que no necesitaba bastón, y la fue perdiendo a medida que ganaba premios Nobel hasta llegar a la España actual, que de alguna forma le ha enterrado y olvidado (ayudado por su mujer María Kodama), Tomeo resucita a pelo y con él todos los monstruos, esos que tanto nos gustan, los de siempre, esos seres dislocados de las historias mínimas, que sorprenden y nos dan algunos buenos ratos, más joven y afinado que nunca. A veces es así de sencillo.


jueves, 18 de octubre de 2012

CONVERSACIONES (3)




Había cierta expectación por ver a Lorenzo Silva, no obstante todavía tenía caliente los saludos, abrazos, pasa manos, besos y la cena de la noche anterior por haber recibido el premio Planeta, tenía reciente al ministro Wert, els Presidents Mas y Lara y todos los demás, poetas, novelistas, jurados, periodistas, guardaespaldas, camareros, damas de la corte literaria y ahora ahí está, junto con los profesores Eloy Martín y Jordi Carrión, con calma, tranquilo, algo cansado y contento, había quedado a las seis y media de la tarde en el aula de la Pompeu para esta conversación y allí estábamos los demás,  unos para hablar y otros para escuchar y de fondo, los moros esos personajes diferentes y molestos, que aparecen siempre en un tercer plano de la película Casablanca, pero que cada vez buscan más cámara, porque no hay nadie con más futuro, a los que la humillación de occidente les subleve más, orgullosos de su pasado en el pasado, son los árabes y su futuro es ficción según los acontecimientos que se miren y a qué autor se cite.
Siempre va bien tener a un profesor que inicie el calentamiento de cualquier acto y del otro bando a un novelista, (lo sabe bien Jordi que sufre en carne propia como profesor, novelista y ensayista). El profesor Martín, como todos los que han pasado por estos ciclos, se ciñe a la verdad, ni arriesga ni inventa y fundamenta esa verdad con nombres y apellidos, compara, expone y todo eso lo hace desde la cátedra, con cierta resignación, solo que entre esa cierta resignación tanbien cabe un resquicio de ironía con la que combatir, a esta escala, a los poderes políticos y Lorenzo Silva conecta con Martín, por ese resquicio de ironía que todavía flota en el ambiente, en este ambiente enrarecido de la crisis económica y de primaveras árabes, con la esperanza de que cada año esa primavera árabe renazca de las cenizas del invierno. Y Lorenzo Silva a diferencia de los docentes, habla con todas las voces que se le han asomado, no solo a los libros, si no a ese sexto sentido de los novelistas, a su vida, a sus viajes, (hace diez días en Argelia) volviendo real esa verdad científica de los libros de texto y podía citar también a Juan Goytisolo como ejemplo de escritor, pero no lo hago porque su nombre ayer no salió a relucir por la palestra.
Y así nos confesamos todos, sale lo mejor y lo peor de las religiones, de los fanatismos, del poder económico saudí para instalar en todo el mundo musulmán la vertiente Wahhabi del Islam, que es como un Opus Dei; pero llegar ahí es un proceso y para entender ese proceso también hay que entender lo que un creyente siente, el Islam está metido en la piel de la gente, no es algo que se pueda asilar de la persona, es un tronco que parte del mismo tronco  humano que lo sustenta, eso es el Islam de los creyentes, tan metido está en cada capa social y costumbre que es imposible cualquier cambio político, si el cultural sigue en esa raiz. Para eso Silva recomienda leer “La enfermedad del Islam” de Abdelwahab Meddeb, tripolitano y residente en París, un análisis preciso de los movimientos islámicos en el que se manifiesta que si el fanatismo es la enfermedad del catolicismo, en nazismo la enfermedad de Alemania, entonces el fundamentalismo es la enfermedad del Islam. 

Lorenzo Silva, no solo es sus personajes Bevilacqua y Chamorro, no es el abogado de empresa que dejó su trabajo para escribir, es un tipo con dieciocho novelas, nueve libros más de viajes, guiones, y otros diez infantiles y juveniles; todo eso con cuarenta y seis años le da un tono de voz y una militancia, el peso específico del viajero que sabe que está de paso y desde luego todo eso antes de llegar al Planeta de hace unas horas y que ahora mismo además de por las felicitaciones de todos, no deja de ser una anécdota; un tipo así con esa mochila no se deslumbra fácilmente. Y parece ser que este tipo confía en que la gente de ese norte de África que cada vez está más cerca de nosotros, cree que todo este mundo árabe que se revuelve y lucha, despegará, poco a poco despegará, si el lastre del Islam, de las dictaduras, de la corrupción, todos esos paisajes, que nosotros en nuestra democracia también conocemos, lucha por quitarse el cuartel de encima, esa misma piel que España se quitó con el franquismo.  Así fueron transcurriendo todas esas conversaciones, nadie se atrevió a vaticinios estériles y quedó claro que Egipto, Túnez o Marruecos vivirán su revolución, una revolución que tendrá uno de sus pies en la evolución cultural y en las mujeres, esa mitad de la población, sin las que ninguna sociedad puede avanzar. Son los tiempos que hay que vivir y en los que todos vamos a estar.




jueves, 4 de octubre de 2012

CONVERSACIONES (2)




Todo empieza bajando la pequeña rampa del aula 20.029, donde continúa el ciclo INTERSECCIONS. Hay un viejo en la segunda fila, calza mocasines sin calcetines. Hoy por esa rampa bajan despacio Fernando Angel Moreno y a su altura, sin casi espacio Jordi Carrión, detrás camina algo cabizbajo Marcelo Cohen. No me doy cuenta hasta ahora de que la entrada fue así. Yo ocupo el primer asiento de la sexta fila derecha. Desde allí tengo una buena visión del encerado y que como nadie se ha molestado en borrar, dice las siguientes palabras escritas a dos columnas: (1ª):  -DICOTOMY   -MATERIALISTIC US   -FLAMENCO guitar. (2ª): -PASSION   -UPPER CLASS SOCIETY  -FREE SOUL. Ellos no lo ven, los demás si. Detrás de mi asiste a la conferencia con suma atención y un extraño brillo en los ojos, Carlos Gámez, al que no conozco pero que ganó un premio y por eso publica la novela Artefactos, que va deshojando en distintos foros. Tomo una nota de Marcelo Cohen: “Somos como boyas que flotan en el mar de la literatura y a la que nos van llegando las ondas de todo lo que se mueve”, pues así llegan las ondas de Carlos Gámez a las boyas; algo más atrás Wilmar Cabrera, que de la misma manera, también tiene  novela Los fantasmas de Sarrià visten de chándal (Editorial Milenio) dándole vueltas al mundo, futbol, turismo y soledad. A su lado Nadia del Pozo que escribe relatos como “En la cueva del otro”; el resto, todos los demás, casi todos los demás son fieles estudiantes que no van a faltar ni una sola de todas las semanas de este mes de octubre, no sé de que pasta les hicieron, pero flotan en ese mar en el que flotamos todos, si sé que casi todas son chicas y que son jóvenes.

Marcelo Cohen dice que la ciencia ficción no tiene reglas formales y que su origen comienza con la novela de Mary Shelley, Frankenstein. Ha llovido bastante desde entonces y desde entonces la ciencia se ha comido parte de todos los hallazgos de esas novelas y películas de ficción, pero ha dejado otras. Por otro lado Fernando que parece un guitarrista de flamenco, dice que la historia es más falsa que la literatura y automáticamente retrocedo en el tiempo (conversación de Wagensberg y Fontana) y veo mover   la cabeza del profesor Josep Fontana (hijo, hijo) y lo dijo simplemente porque la historia se ciñe a hechos que han ocurrido mientras que la literatura de ciencia ficción es eso ficción.
Ficción y tecnología y en ese punto es la tecnología la que le gana la partida a la ciencia y también le gana la partida la publicidad para propiciar consumo y en ese punto enganchan en una novela Crash de Ballard de la que Cohen es traductor, una novela con prólogo a la que le da suma importancia, igual que  le da importancia a un concepto: “Entre la mente contemporánea y el paisaje no hay distancia”.
Fernando A. Moreno dice por su parte que desde los atentados del 11S, no hay motivo para explicar la causa del Apocalipsis, hasta entonces era por una ola gigante, por un terremoto, por fuego, virus etc, ahora todo eso ha sido superado por la realidad, a lo que Cohen contesta con una frase lapidaria: “A mi el Apocalipsis me tiene podrido” y es porque tiene claro que el planeta ni la vida en el, se va a destruir nunca, se va a ir consumiendo lentamente, la clase media (sufriendo todas las crisis) se va a ir conformando con productos cada vez de peor calidad, pero consumiendo, va a vivir en ciudades que se parecen  a la que se ve en Blade runner, no obstante el modelo de ciudad ha explotado, igual que el modelo de estado.
-Nuestra decadencia puede ser infinita –dice Cohen-
Y en la conversación entra Matrix, el Batman de Nolan, los mundos paralelos, Julio Verne, Tarkovski y la película Solaris,  V de vendetta y Alan Moore y así hasta llegar a Gene Wolfe y La quinta cabeza del Cerbero.
-Para mi es el mejor de todos –dijo Cohen-
Mientras tanto, en otro espacio de la misma ciudad, allí al lado, Javier Cercas explicaba su libro Las leyes de la frontera, ambientada en Girona en los difíciles años ochenta, de otro siglo muy parecido a este. En aquella época el héroe de ficción era también V, pero de El Vaquilla.



Un vistazo a esto:




La próxima semana: La genética según el derecho, la medicina y la literatura.


jueves, 27 de septiembre de 2012

CONVERSACIONES (1)


                                  Jorge Wagensberg, Josep Fontana y Jordi Carrión


No he conseguido alcanzar otra mente. No he atravesado nunca otra realidad, tan solo construyo representaciones de esta (en el sentido de la interpretación), con la plena seguridad de que no son únicas pero si genuinas, que trabajan dentro de un tiempo, que tienen ritmo, belleza, musicalidad sin que en esta última característica aparezca el sonido, no escribo música, transcribo sensaciones y cuando empiezo a escribir la probabilidad de que un huevo termine siendo una gallina, es un suceso posible.

El metro, en su inmensa intuición, va dejando pasaje en sucesivas estaciones, hasta que yo también dejo el metro y salgo a calle,  prácticamente a cota 0 a nivel de mar.  Al salir de casa, veo de nuevo en casa de mis vecinos, la rata que aparece al principio de la crónica de Houellebecq, solo que esta vez era la dueña de la casa, intentando con un paño blanco dirigir a la rata fuera del jardín, no me quedé para ver si lo conseguía, la rata era joven pero desde la última vez había adquirido experiencia y parecía espabilada, mientras que mi vecina actuaba con determinación respecto a expulsarla con su paño blanco, del jardín. No saco ninguna conclusión de este suceso.

En la calle llueve cuesta abajo, camino despacio, me voy mojando, no me molesta que las aceras sean anchas y los edificios no tengan aleros. Se donde voy, voy al Cicle Interseccions en la Universidad Pompeu Fabra. Entro en el primer edificio del Campus, pregunto y me mandan al segundo edificio del Campus. Tengo que ir hasta el final, voy hasta el final y regreso porque no encuentro, ni por azar, el número de aula. Vuelvo a empezar, pregunto y me dicen que es al final pero del lado que no he recorrido, lo recorro y llego. El aula se encuentra vacía, sentado en la última fila, junto a la puerta, espera Josep Fontana, podía ser un bedel, un empleado que estuviera vigilando el aula, pero es Historiador, ha recibido tantos galardones, distinciones y premios, que no es posible que me lo encuentre solo y sentado en la penumbra de un aula vacía, como si fuera un bedel jubilado o perdido, pero es así, tanto es así que nos miramos, pero no nos reconocemos, estoy a punto de preguntarle algo, pero no lo hago, el está a punto de decirme algo, pero no lo dice, empates. Después veo que sale y yo salgo detrás, porque no me apetece ir a la cafetería, que está al mismo lado. Le sigo y veo que se sienta a esperar en el primer banco, yo me siento en el tercero, podía haberme sentado en el amplio hueco de cualquiera de las ventanas, pero no lo hago.

Tengo tiempo para observar el lugar, me gusta, me gustan las losas de hormigón del suelo, los corredores con columnas de hierro, la altura del edificio, el perfecto cuadro rectangular del  patio, podía ser el patio de los naranjos de la catedral de Córdoba, crea serenidad, quizá también porque anochece y llueve y huele a marihuana.
 Tengo tiempo y veo llegar desde la otra punta del patio, recorriendo el pasillo de mesas de la cafetería, a Jordi Carrión. Primero ve a Jorge Wagensberg sentado a una mesa y le saluda, pero JC tiene visión hexagonal, como los ojos de los insectos y detecta al instante un leve movimiento del profesor Fontana, que sigue sentado en el banco, yo permanezco absolutamente inmóvil, mientras tras la cumplida cortesía del anfitrión, JC se acerca al viejo profesor de historia
-Hola soy Jorge Carrión –le oigo decir desde mi absoluta inmobilidad-

Le invita a sentarse con Wagensberg y este acepta y deja sentado en el banco al viejo bedel algo derrumbado y seguramente cansado por tantos años de fatiga.
Poco después, todos caminan al aula 20.029 y detrás toda esa gente que parecía esperar cualquier otra cosa, toda esa gente que empezó a salir de sus escondites, donde charlaban en silencio, donde esperaban la señal. Yo me uní a ellos, al entrar escribí mi nombre donde me dijeron y me senté en el primer asiento de la quinta fila.

Lo demás fue una agradable conversación sobre realidades sencillas y complejas, creencias, comprensión, determinismo, evolucionismo, ilustración, bacterias y Shakespeare, la historia lineal frente a la realidad científica no lineal, desde Galileo y Newton hasta la existencia de la maldad, la risa y el humor, el tráfico de los seres humanos o el negocio privado de las prisiones, de la forma de entender el almacenamiento de los museos a las Meninas de Velázquez, la anguila jardinera y la independencia del Koala, todo bajo la vertiente de la evolución y el progreso.

Aquellas dos mentes brillantes, han dedicado toda su vida a adquirir conocimiento. Los dos están convencidos de que todo conocimiento es transmisible. Y ahí siguen, en la brecha, como los héroes antiguos. Yo se lo agradezco.

(En el mismo acto sortearon libros de Jorge Wagensberg y Josep Fontana. A mi me tocó “A más cómo, menos por qué”, de Wagensberg, 747 reflexiones con la intención de comprender lo fundamental, lo natural y lo cultural”. Lo recomiendo. Está editado por Tusquets.)   


jueves, 20 de septiembre de 2012

HOUELLEBECQ (un clochard en Barcelona)




Cuando salí de casa, una rata también salió de las alcantarillas que discurren bajo el ambulatorio y saltó al paso de dos chicas que también saltaron, corrieron y gritaron de asco y rabia, que son emociones muy femeninas ante una rata joven. Todo el conjunto me pareció un pas de deux con rata y así seguí el viaje a BCN y dentro de la ciudad al edificio del Institut Français.
El acto al que asisto, después de coger con éxito el metro y el autobús, es un encuentro con el autor de Las partículas elementales y la más reciente El mapa y el territorio, este tipo se llama de forma impronunciable y se escribe de forma incomprensible Michel Houellebecq, un tipo incómodo.
 Son las siete menos cuarto de la tarde y nada más llegar le veo sentado a la puerta del Institut, contestando preguntas de periodista y gravado por una cámara de TV3. Al paso saco fotos, que son estas que hay por aquí y sufro las primeras sensaciones del autor. Las imágenes no pueden negar su estado físico, su decadencia, su enfermedad interminable, no se si ha perdido la vida, la fe o la esperanza, pero su estado de ánimo conversa con su estado físico, la herrumbre, la fealdad, el sufrimiento, las bases de la poesía que ahora se presenta como único volumen que integra cuatro libros escritos entre los años 1991 y 1999. Y es de ese sufrimiento, de ese dolor continuo, de esos constantes cambios de humor, de donde bebe y gracias a la poesía, se va salvando, a eso y a la vanidad de publicar.
A las siete de la tarde, un encargado del Institut, abre una puerta y rompe la fila, torciéndola hacia la calle para dejar libre de paso el hall ocupado por todos nosotros y por allí es por donde veo entrar a Herralde, con la misma chaqueta y la misma corbata de hace treinta y dos años, con la misma sonrisa,el mismo corte de pelo
-Los años no pasan, amigo -o solo pasan por Houellebecq y a tal velocidad que uno no sabe en que momento de la curva se va a estrellar y cuando-.


 Rehacemos la fila y ahora tengo delante de mi tres chicos seguidores del novelista, ríen felices, apasionados, quieren ser escritores malotes, taciturnos, amargados y a la vez llevarse del brazo a la chica que mejor baila, pensamientos ya de por si infantiles y a la vez decrépitos a punto de pudrición. Por detrás de mi, la fila ha crecido y se pierde de vista, calle abajo.
A punto de pudrición, con cansinas risillas a cualquier comentario, a punto de pudrición y a las siete y veinte, abren la puerta del auditorio y se mueve la fila, despacio y en orden, como cuando se entra en la ópera o en un barco. En todos esos instantes, no he dejado de notar el aliento de los cigarrillos de H, flotando en el ambiente, veinte meses sin fumar te afina el olfato.
La primera impresión al ver el escenario es desolación. El director de esa puesta en escena ha colocado un pantallazo con la portada del libro en foto fija, que no es otra cosa que la cabeza del escritor fumando, debajo de ella solo falta el féretro del autor, pero dado que no hay ataud toda la carga del evento cae sobre el lateral derecho con tres butacas y un atril, formando un desequilibrio que termina torciendo el cuello de todo el auditorio.

 El acto consiste en la lectura de una docena de poemas de la antología que ahora se presenta. Comienza H y a cada poema en francés, le sucede la declamación en castellano por parte del actor Raimon Molins. H saca de ese cuerpo escuchimizado una voz preciosa, con una cadencia y un ritmo envolvente que uno desearía escuchar y escuchar con los ojos cerrados, de hecho veo a gente así, deleitándose, pero los poemas son breves. Raimón Molins lee su parte y resulta correcto, agradable aunque con un exceso de reverencias, ya que H y él se cruzan una y otra vez, se sientan y se levantan una y otra vez, para ocupar sus turnos frente al micro del atril, y cada una de las veces al actor cede al paso una leve reverencia, ya digo, en un exceso de cortesía protocolaria, sin que a H le importe una mierda. Y así se pasan las ocho de la tarde, poema a poema, y la sensación es buena, me gusta esa dureza, carente de razón y cargada de imágenes impactantes, de nuevo uno se da cuenta de que esos hilos son los que sostienen el pellejo de este títere en verso, que exuda resentimiento y culpabilidad a chorros.

A partir de las ocho de la tarde, la tercera butaca ocupada por el impecable Fabrice Bentot,  esquematiza  una conversación, Bentot pregunta y H responde, esa era la teoría, en la práctica cuanto más interés muestra Bentot, más jodidas se vuelven las respuestas de Houellebecq, hasta llegar al absurdo criminal en el que uno pregunta y el otro divaga entre espacios vacíos en el que ni siquiera habitan partículas elementales, silencios, murmuraciones y respuestas más o menos claras sobre poesía, alejandrinos, sonetos, estructuras dobles, razones físicas y razones para componer novela y poesía, la cosa se fue enturbiando y el carácter del escritor, su mirada y hasta el propio pigmento del cuerpo van cambiando, como se mimetizan algunas especies de animales, hasta que H sacó un cigarrillo y lo encendió delante de todos, lo que provocó cierto revuelo y carreras para encontrar un cenicero.
-Pueden saltar las alarmas anti-humo –dijo uno, algo preocupado-
-No se preocupen –contestó H, con cierta sorna- nunca saltan, tengo cierta experiencia.
Después de aquello y de algunas preguntas más, pasó el turno y el micrófono al público, un turno que llegaba al filo de las nueve, hora de cierre y al público, francesamente cortés le dio tiempo a preguntar tres veces, la última de las respuestas del escritor fue para comentar el vigor de Dominique  Strauss Kahn, en sus relaciones con las mujeres, quizá lo que más le ha impresionado en los últimos meses.
-Ahora el señor Houellebecq firmará ejemplares –dijo Bentot-
-¿A si? –murmuró Houellebecq-

Mientras todos salíamos, él se quedó sentado bajo esa luz cenital del auditorio, fumando despacio, a medio morir, vestido como un pordiosero, un clochard, esos tipos que te encuentras abandonados por las ciudades, sin ganas de hablar, astrosos, de mirada perdida, que igual pueden esconder un novelista, un bohemio o un asesino a cuchillo. Es Michel Houellebecq y estuvo en Barcelona.



Buena entrevista en La Vanguardia, por Xavi Ayén

miércoles, 19 de septiembre de 2012

El legado de JACKSON POLLOCK



 

Solo la desolación del hombre crea una sombra con la misma forma. Esa pulsación para perpetuar el miedo del ser humano es la esencia del arte y su transformación en materia solo se logra tras la interpretación del artista, consumar ese estado de ánimo en forma de cuadro, escultura, poema, novela, drama, interpretar el grito, la postración, el deseo, la codicia, la soledad, el dolor, el olvido, la lujuria, la muerte, el cansancio del insomne, es algo que todo el mundo distingue, pero que pocos pueden expresar de forma única e inconfundible y cuando esa manifestación lleva un sello personal, el reconocimiento del artista fluye de forma universal y paradigmática.

Bruegel el Viejo examinó a los suyos y reflejó sus pecados como antes lo hiciera el Bosco hasta dejar extenuados a legiones de esqueletos y desventrados a todos los peces, todas las guerras, todos los paisajes, Velázquez sacó de las entrañas las expresiones más auténticas, Goya pintó la barbarie de su época, Picasso terminó con todos, sus vanguardias, destruyó los museos, las casas de putas, a sus mujeres y a sus hijos, a los amigos, los paisajes, a los caballos, los toros, los símbolos y todos los que vinieron después, solo se dedicaron a llorar, todos esos americanos derrochadores de ingentes cantidades de pintura, tabaco, whisky, caballo,  incapaces de seguir ningún camino, aturdidos por el sonido de sus cadenas, de la música negra, de las calles, del gueto de Nueva York, de Chicago, de Boston,  creían que todo era nuevo, pero ya antes todos los que trabajaron e interpretaron la desolación del hombre, en el período de entre guerras, se habían dedicado a arrasar los paisajes, algunos cabarets, todos los cafés, nerviosos, drogados, pendencieros, suicidas, destriparon todas las cajas de música y sus delicadas bailarinas, preñaron a todas las que se arrimaron para abandonarlas después, enriquecieron los museos y las colecciones de arte de los americanos millonarios, de esos chatarreros con chaleco de la quinta avenida de Nueva York, verdaderos dueños de la gran depresión de los años veinte y continuaron llenando sus tumbas de oro, con las guerras de Europa y a la vez, el apellido judío como el Apocalipsis de las viejas escrituras y esa sensibilidad especial para sacar de las arenas, el correspondiente cuerno de oro, llenó de riquezas todo lo que dio de si la fantasía de esos apellidos, que después fueron insignias y apuestas de las alcaldías Guggenheim más insignes y a una escala nunca antes vista. En esa apuesta con todas las cartas marcadas intervinieron, primeros ministros, periodistas, reyes, ingenieros, nuevos materiales, físicos de naturaleza cuántica, alquimistas, pescadores del Nervión,  marchantes con los almacenes llenos, arquitectos, banqueros y arzobispos, con la complicidad del pueblo que hizo colas bajo la lluvia para asomarse a ese balcón, que solo era una jaula para mirlos muertos.

Y ante tantos muertos, tantos resucitados y para celebrarlo, Bacon retorció la carne y la hizo hombre sin esperar a que resucitaran los cuerpos, que ya habían sufrido bastante para no esperar más dolor con una nueva vida, los pintores histéricos rusos con un dolor a bayoneta calada e hipócrita en cada riñón, las vanguardias alemanas, aturdidas, cobardes, los fumadores de pipa ingleses, saltaron con los pies atados y la cabeza vendada.

En una disciplina paralela y autores del mismo calado y no menos auténticos, superdotados para capturar el dolor,  callados, ausentes, después de haber abandonado su cuerpo, Chillida intentaba esculpir el horizonte hasta conseguirlo, había retorcido todo ese dolor con maestros artesanos del hierro en fundiciones olvidadas por las crisis, había conseguido que el mar respirara en su mano, pudo ver con sus ojos cada vez más tristes, el pelo del viento, se asomó a habitaciones nunca antes abiertas y ese impacto, calló a plomo sobre el último de los hilos que sujetaban su silueta. También abrió caminos, sin cerrar ninguno, no tenía aquel temperamento destructivo de Picasso, ni sus demoledoras caderas, no encerró el sufrimiento, lo dejó libre por esas campas verdes de su maldita tierra.

Y de todo eso, también calladas todas las figuras de Alberto Giacometti. Comentan en silencio el horror, sus caras perplejas, consumidas, que caminan calcinadas, salidas de los relatos y las inabarcables y enfermizas novelas de Samuel Beckett, de sus dramas circulares, de sus hallazgos en esos artesonados del sufrimiento. Lo que esconden las miradas de sus esculturas son materia reservada, pero en sus partículas elementales se escribe el ADN de la guerra y con ella la barbarie, el sufrimiento, el grito, la crueldad, toda esa tierra quemada que constituye un periodo de nuevo entre guerras, el tiempo actual y última frontera, una vez más la línea de salida.

Pero el dolor sigue y más cuanto más bienestar. Hoy en la Barcelona ruidosa de 2012, entre todo el barullo solo oigo chillar a un niño de cuatro años, nadie es capaz de consolarle, nadie en el barrio llama a su puerta, ni pone orden. Ese niño desobediente apaga el ruido de los motores diesel, detiene el viento, vuelve ética la crueldad. Hoy solo oigo chillar a un niño neurótico, sin principio ni final, sin que nadie escuche a su alrededor, sin padres ni abuelos, nadie, solo sus chillidos de cuatro años, incansables, profundos, hirientes, pisa el pan, los cristales, las papillas, los recuerdos, las emisoras, las pantallas digitales y sus emisiones vía satélite. Solo grita y el mundo es sordo a su alrededor, es Jackson Pollock y alguien, cuando sale de la habitación, recoge, guarda y almacena su berrinche, sella y etiqueta todo ese llanto.
 

Para que celebréis el final del verano y la primera lluvia de otoño, en esa Barcelona se celebra por medio de la Fundación Miró, el llanto suicida de Jackson Pollock, otro tipo que ya no podía retorcer carne y se dedicó a retorcer pintura, tumbó todos los caballetes y puso el lienzo de dimensiones industriales en el suelo, creando el action paiting, que se disecciona como influyente comportamiento de los performance actuales. Y esas últimas tendencias, tan neuróticas que se deshacen como un puñado de arena entre los dedos, se revisan como el casco oxidado de una barca a final del verano, intentando sacar nuevas sensaciones y sobre todo que la barca con todas sus circunstancias no se termine de hundir. Ese niño llora y llora y ni siquiera el paso del tiempo y la lluvia lo calla.



 

viernes, 14 de septiembre de 2012

NO LEER


Alejandro Zambra
NO LEER (Alpha Decay 2012)
240 pg. 16€

Librería Laie
13.09.2012. 19.30 horas. Barcelona

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foto: Ernesto Escobar Ulloa

Es la terraza de la Librería Laie, en Barcelona, un espacio verde con un par de sombrillas y treinta sillas de tijera y hierro forjado, es el espacio que elige Ana S. Pareja para “aprovechando que estaba en Barcelona” presentar el libro de Alejandro Zambra NO LEER, a pulmón y sin micrófonos, un espacio para fumadores y bebedores de cerveza y allí estábamos.
-Yo intentaré hablar muy alto –dice Alejandro- muy alto –repite y mira al público-

El caso es que los intentos del escritor por ser oído, no se consiguen y a menudo el mensaje quedaba roto, al cabecear entre los asistentes al acto, y los compañeros de tertulia, la editora Ana y el crítico Ignacio Echevarría, así como el ruido de fondo de los equipos de aire acondicionado de los edificios del ensanche y el run run de Cucurella charlando al fondo con un amigo, así todo nos pudimos enterar de las reflexiones del autor sobre este volumen de crónicas y ensayos, cuando la literatura se vive como una pasión.

Cualquiera que vea a Alejandro Zambra por primera vez, tendrá la impresión de que es un tipo que está muy cansado, inmensamente cansado, que se acerca a las personas y a las sillas despacio, implorando por una necesidad fisiológica, la de encontrar un lugar para reponerse de un inmenso esfuerzo. Esa impresión se refuerza cuando se echa a hablar, habla despacio, como en un espacio confuso lleno de palabras que previamente tiene que ordenar muy metódicamente y ese territorio de palabras es tan grande que el esfuerzo que provoca es suficiente para que uno se de cuenta de por qué el autor a veces se muestra tan abatido, porque además no solo son esas palabras precisas que busca, son los hechos que las envuelven y la forma de desenvolver ese regalo sin estropear el envoltorio, es tan pausado y su tempo tan espacioso como la siesta de un Koala y no era la hora de dormir la siesta, más bien es la hora a la que todos los escritores y no escritores reunidos (Ahinoa Rebolledo, Rodrigo Fresan o Carlota Mosseguí), estudiantes en paro, desperezan sus sentidos, se toman el primer café con leche del día y salen a la calle bendiciendo que por fin empieza a aflojar, de una vez este verano (de los cojones) que lleva apretando desde mayo.

Esa era la situación, como color del decorado el verde de las ventanas que coincidía con el verde de mis pantalones y la camiseta verde, (del ejército israelí) que llevaba encima, la luz era la de la fachada del patio que bajaba en picado sobre el lateral de ventanas en el que me sentaba, dejando a oscuras o casi en penumbra al resto, (incluidos ellos).

El acto resultó sincero y como siempre, yo en particular, echaba en falta a más escritores y críticos, más público, más emoción. Literariamente Alejandro se dejó querer por todos y jugó con algunas ideas que iba cambiando de mano como un malabarista, no se sacó nada de la chistera y no contestó a ninguna de las preguntas de la mesa y contestó a todo, de una forma mas o menos dispersa, como esas nubes de verano que caen donde caen, sin tener en cuenta lo seco del terreno y dijo cosas que ya sabíamos todos, que los catedráticos saben mucho pero ya hace tiempo que no leen nada y nada es nada, y que de lo que se dice que se lee, tan solo la mitad, puso algunos ejemplos y esa afirmación, fue perfectamente dibujada por la editora de Alpha Decay, “solo leen, de forma convulsa, los adolescentes” y hasta el propio Zambra sabe que muchos críticos escriben sobre novelas no leídas y que  nunca van a leer, pero de las que hablan en cualquier foro e incluso dan detalles. De eso trató este encuentro con el autor de No leer, sin culpar a nadie, porque al fin y al cabo cada uno gana el tiempo que quiere, la soledad que implica, la falta de relación, eligiendo los libros que no lee, la cuestión es no engañarse o no engañar a la hora de hacer cuentas en tu biblioteca, cuando llega alguien a casa.  La cuestión es que Ana S. Pareja ya tiene en su almacén un escritor con mucho recorrido, que los años pasan y sigue demostrando que es una de las editoras más listas y de más raza de la ciudad y que despidió el acto diciendo que ahora se irían a tomar cervezas aquí y allá y que si alguien se apuntaba que lo dijera, para conocer el lugar. Sobre Ignacio Echevarría, solo apuntar que estuvo expectante como los demás, algo apagado, pero confortable en esa media luz. A estas alturas de la vida y de la crítica, es uno de los que pueden escribir y opinar de libros no leídos con toda la seriedad del mundo. Ese es el prestigio que dan batallas como la de Babelia, la de no escribir en El País y poder seguir vivo.