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domingo, 25 de diciembre de 2011

LLORAR

 

Lloran por el Querido Líder o el Gran Dirigente o las dos cosas, que ha llegado a puerto. Su cuerpo relleno de serrín reposa en paz para que sus ciudadanas le lloren y le lloran las plañideras vestidas de luto, le llora la tropa de su ejército, le lloran los gallos y las gallinas del corral, antes de que los campesinos les quiten los huevos del mismo culo para comérselos. Todos le lloran con arrebato, ante los fotógrafos, ante las Leycas de televisión, ante cualquiera que les grave, lloran y se tiran de los pelos, pero ni rastro de lágrimas, porque después de tantos años experimentando, el corazón de los coreanos es más pequeño que uno de mis testículos, lo suficiente para seguir bombeando, sangre.

Todos estos lloros, representan a Kim, el tercero de los hijos que ahora quedan huérfanos, representan a un ejército (de verdad o de mentira), de un millón de hombres, entre los que se encuentran los soldados de madera que miran al otro lado de las líneas fronterizas incrédulos, desmoralizados por el rock & roll, que por medio de potentes altavoces, les brindan cada día y en directo sus vecinos del país del sur.
 


Korrea,  y sus dos mitades. Los de arriba comen hierba y compiten por los mejores pastos con los caballos del Gran Líder, mientras que la totalidad de su economía se destina al bienestar de la familia de este, fabricar bombas nucleares, misiles de prueba que se lanzan al mar y mantener el ejército (de verdad o de madera), que custodia ciudades en las que nadie sabe lo que hay, pero sobre todo creen que hay sospechosos. Los de abajo escuchan a los Stone o Aerosmith en los altavoces de la frontera con sus arrogantes gafas de sol. En sus ciudades hay tiendas de Zara, ven la tele, cantan en karaokes, toman té, comen, van y vienen con sus afanes, como en todas partes y sus plañideras no lloran, pero temen.
El hijo (por el que también lloran)  Kim Jong Un, del que no se sabe nada, casi no existe, sin fecha de nacimiento, sin gestos, sin palabras que suenen a palabras, dentro de un uniforme barato (de lo chino), rasurado por el cogote, también llora.
El cuerpo lleno de serrín, limpio de vísceras, de lefa, de pasión, radiado por la enfermedad, y la cabeza rellena de bolas de papel de periódico apretujado; nariz, oídos, ojos y garganta sellados con cera y conservado a una buena temperatura ambiente, con suficiente humedad, al estilo de Hồ Chí Minh
Y en eso se basa el llanto, crear temor y líderes, miedo, hambre, plañideras, proyectos militares, disciplina a base de correa, cerrar fronteras y silencio, ese gran silencio de los asesinos, que terminan rellenos de serrín y exhibidos en su propio museo chino, al que ahora (o ya desde hace tiempo) también se ha aficionado la vanidad de algunos mafiosos, pero solo los más narcisistas, para que se les pueda llorar más dilatadamente en el tiempo, llorar y llorar.

sábado, 17 de diciembre de 2011

MANCHESTER BAR


Alpha Decay promociona estos días “Contra la posmodernidad” de Ernesto Castro. Presentaron el libro en la Cripta de la Central del Raval en Barcelona. Junto al autor dos escuderos de la misma cuadra, Eloy Fernández Porta y Antonio J. (los de la foto, foto).
Me hubiera gustado estar por allí, pero aquella tarde recogía cartones y los amontonaba en un portal para pasar la noche, junto con mi perra, una botella de vino don Simón y en mi äppäpärat,  un libro de poemas de una chica de veinte años que se abría las venas del brazo derecho, mientras su madre (recitaba nanas y) le cosía las del brazo izquierdo.
(En una dimensión paralela)

En ese momento J. Calvo, pedía una cerveza en el Manchester y alguien le hacía una foto con un äppärät , que en medio segundo aparecía comentada en facebook con sesenta “me gusta” debajo. Aquella noche en el Manchester se juntarían escritores modernos, postmodernos, punkarras, pops, alter egos, egos vagos, y todos sus escoltas, aduladores, caja-risas, debidamente hormonados, enfilados, bien leídos o perturbados.  

“Contra la posmodernidad”, en si mismo guarda los siguientes adjetivos: agotado, petulante, miope, pusilánime, arbitrario, memo, partidista, monocromático, anacrónico, sincrónico, diacrónico, antinatural, amorfo, es decir, cansino, aburrido, anti estético, pacato, humilde propuesta, marrón oscuro, abstracto.
Oscar Sáenz, si asistió al evento, callado, sentado en una esquina, tomando notas y en ese estado puro, pudo después escribir Una humilde propuesta en sigueleyendo, que el joven cínico Juan Soto Ivars, califica en Facebook como: “tan irónico, que es hasta inquietante”.

Más:
Densidad extrema (totalmente necesaria), lubricante, “hubiese pagado lo que me hubiesen pedido por comprender de lo que me estaban hablando”, tono de voz, convicción, nada chabacano, “me aburrí como una ostra”, en primera fila, 1147 amigos, lista de contactos, espectador privilegiado, Manchester.

Cuando J. Calvo, acodado en la barra, le da el último trago a la segunda cerveza, en La Central, Eloy Fernández Porta deglute una palabra bastante hueca, pero muy bien entonada, y la palabra quiebra el micrófono para ir a parar a la nariz de Antonio J, que la devora de un lengüetazo y regurgita una frase sin principio ni fin, sin género alguno, sin motivación, una frase desnudita de veinte minutos, que corre a refugiarse en el sobaco derecho de Luna (poco después vemos como se rasca ese sobaco y se huele el dedo) y a la vez –en paralelo- como a cámara lenta, en blanco & negro J. Calvo, pide una nueva cerveza acodado en la barra del bar, sin un solo gesto en la cara, sin ninguna expresión moderna ni postmoderna, con un solo pensamiento.

-Cobrar entradas en las presentaciones de libros –repite como una obsesión-

Yo en otra dimensión, conectado post-telepáticamente a todos los eventos literarios de la ciudad, hepáticamente al vino don Simón, sigo enmarañado con todos los arañazos que se da la joven poeta y en la ensoñación que me produce este estado tridimensional y termodinámico, me veo enculandola, mientras su madre me recita versos sobre la muerte en un poema muy largo.

En el sueño aparece Antonio J. que ve y entiende la situación y a su vez lee, de forma improvisada, un discurso de entrada en la Modern Akademica de Viena, con los ojos cada vez más estrávicos y desde detrás de  una cortina de terciopelo verde, sonríen de forma distinta Eloy Fernández y Ernesto Castro, digo así “de forma distinta”, porque de la sonrisa de Eloy  no se puede sacar nada bueno (útil o sano), y de la de Castro (sádika-precoital-maliciosa), solo se puede esperar una condena de estilo jesuita  (“-arderás a rabiar, fill de puta”).

Por supuesto, comento la foto y afirmo: los tres llevan puesta la misma nariz. ¿Constituye eso un rasgo de postmodernidad?. ¿Es una nariz intercambiable?.

El sueño dura unos veinte minutos, la joven poeta de veinte años, sangra por todas las costuras y me deja bastante pringoso, creo que es por lo que la perra me lame continuamente. Después digo (al estilo Camilo de Ory )
-Que pase tu madre y ahora lees tu.

Suerte Oscar Sáenz, que nació en Barcelona en 1984, un año muy de Orwell. Entre otras cosas Master Pompeu en Edición. Quizá algún sábado de estos, un lunes literario en la casa del libro, un Jueves en Mutt, en Pequod,  El nostre Racó, en cualquier bar literario, empiecen a cobrar un par de euros, para que uno de estos modernos o contra post-modernos, me pueda babear contra el oído izquierdo, sentencias ferreas e ininteligibles, mientras me acuerdo de sus novias o ardo a lo bonzo y empieza una revolución.
  

 

lunes, 12 de diciembre de 2011

EDICIONES ALFABIA

Entre estas dos fotos, hay un estilo. Eso, el estilo se tarda años en generar, en hacerlo crecer. Se compone de gestos, sonrisas, movimientos, intenciones, silencios, palabras, detalles, porque al final siempre son los detalles los que hacen grande a Bruegel el viejo. Eso es la diferencia entre el ego y los demás. Uno recorta ese estilo y lo va pegando en cada página en blanco y muere con él. Lo que los demás recuerdan es eso, quizá los más allegados alguna frase, alguna palabra, pero el ser serios y negociar con firmeza, eso es algo que se instala y da forma a la silueta de las personas, de por vida.
…hay dos miradas y una sola distancia que parece la misma, pero miran cosas distintas, cosas que no existen, ni siquiera al otro lado del espejo, y eso es lo que siempre da algo de miedo, esos ojos que no sabes lo que piensan, que van más allá,  te dicen:  ” siempre hay algo más”, y si te asusta es que te has relajado para no darte cuenta, mientras que sus ojos lo han visto. Eso se llama distancia.

…hay dos bocas, en una vemos una pequeña sonrisa que lucha por quedarse dentro y a la vez lucha por salir, esa ambigüedad vuelve locos a los hombres, porque son ellos los que quieren siempre una sonrisa o el gesto de una sonrisa. He visto a algunos hacer verdaderas bobadas para conseguir un pequeño gesto que termina siendo un premio por compasión. La otra boca es algo más rígida, es lo que los ingenieros buscan en los materiales, suficiente resistencia y a la vez suficiente elasticidad, para que los edificios aguanten las formas de la actual arquitectura, torsos elásticos que se pierden entre las nubes, así es esa otra boca, construida de un material elástico y a la vez resistente. La foto es en blanco y negro, pero la piel de los labios brilla (algo pintada) en la parte más oscura y se vuelve transparente en la más clara.

… entre los ojos y las bocas, una nariz da forma a toda la estructura, no hay diferencia, es la misma en una y otra expresión, una nariz para vestir con un sombrero, permanentemente atascada, con una ligera curva y que obliga a la boca a un gesto extraño, como de una leve impertinencia por algo que no le gusta pero que no ha probado, por algo que no huele bien, aunque tampoco sabe que huela mal, ni siquiera que huela, de esa forma cuelga la intuición, la parte adivina, la parte de la que uno se puede o no se puede fiar, la parte que conecta con tu interior y que se acerca a un beso, más que un beso.

La piel es joven, porque ella lo es, pero no es nítida, una piel así no puede ser iluminada (ni tocada) porque ya tiene luz propia y  por la misma razón no se puede oscurecer, aunque siempre hay una parte apagada en cada piel, igual que hay una luna azul y otra que nunca se ve y se vuelve tersa en la frente y en las mejillas que son como frentes más pequeñas y uno levanta la frente y a la vez  se lleva con ella la mirada, que nunca se mantiene congelada, por educación, más tiempo que el necesario, salvo en las fotos.

En una de las fotos, el pelo ha entrado en movimiento dibujando ondas, en la otra, es un pelo lineal, débil o fatigado, cansado a falta de sueño o por demasiada actividad, tanto que nadie ha metido sus dedos para quitarle tensión.

Hay una clara elección entre la vida y la muerte, hay un vitalismo que quizá es el talismán para conseguir algo muy deseado, la luz, el blanco, el brillo, y el conjunto de cierta armonía que es más complicada cuando uno posa sentado, pero que se suple con suficiente aplomo, el que da una espalda que nunca se carga con pesos que no pueda soportar. Lo que llama la atención de la foto oscura es la rigidez, la seriedad, la sobriedad, perturba algo, un elemento distante que no sabemos de donde viene y que nos produce culpabilidad.

Ten cuidado con los fotógrafos que te miran dentro, puede que saquen cierta oscuridad en los negativos que terminen siendo las radiografías del futuro.

Entre estas dos fotos, hay una profesional que viste mucho, (no se da puntada sin hilo) porque tiene una empresa que sacar, Alfabia y un criterio, que no deja cabos sueltos, ni sombras, que sabe los límites del campo y da el paso hasta que la punta del zapato a contraluz, se ve asomado al  precipicio. En ese paso sin vértigo no está sola, nadie termina nunca de estar solo del todo, hay un equipo, un olfato, una vena heredada, mucha literatura creativa y muchas cuentas, para pagar todos los gastos, pero siempre hay una carta que no sabes si jugar. Si la levantas puede que case con las que guardas y haces saltar la banca, si te acobardas puede que la banca gane, es una cuestión de principios que se termina comentando en los círculos más tóxicos, rodeados de los que alguna vez han perdido, se han acobardado o no han ganado altura del todo. Hay que visitar esas cuevas el tiempo justo para no quedarse sin aire y volver a trabajar. Como siempre y en todos los viajes, aquí lo importante es seguir en el juego, calcular el escalofrío de la ruta y no quedarse sin gasolina, de noche, en la duda.

Foto en blanco y negro de Alfonso Rodríguez Barrera.
Foto en color de Andrea Barani para “Un futuro brillante” reportaje de El Pais (suplemento S moda) sábado 10 de diciembre de 2011.

jueves, 8 de diciembre de 2011

MADRIZ-BARÇA

                                              

Es sábado y aquí hay futbol. Todo el mundo se ha metido una jarra de sangría, un bocadillo de panseta peluda, chistorra. En una fuente del bodegón, palomitas saladas, quicos, matamoros, banderas y banderillas, himnos, en la otra Cristiano y Leo, frente a frente, dos tallas, dos cuerpos, dos pares de botas de oro y un balón de cuero, cada uno viste su camiseta y detrás escupen en la hierba diez jugadores, en el vestuario Pep y Mou.
-Tots, al camp.
-Ya estamos todos.
Los que saben, dicen que son los dos mejores equipos del mundo y los que saben contestan que son dos filosofías, dos maneras de entender la vida, dos políticas, dos ciudades, dos religiones, el caso es que las cifras marean, las cifras siempre marean y siempre son las mismas, puede haber doce millones de telespectadores viendo el partido, eso es prácticamente la mitad de las familias españolas; en todo el mundo la cosa se dispara y se multiplica. Si esto no es una religión, se acerca, toda esa gente amontonada en el campo, desatada, enfurecida a veces, envalentonada, son los mismos que ovacionan al Papa, a Bruce Springsteen o a José Tomás, todos esos telespectadores constituyen lo que necesita un partido político para su mayoría absoluta, toda esa energía se dilapida en dos horas de circo y fieras. No estamos tan mal.

Este año llegan a esta meta, motivados por los puntos, los goles,  Guardiola y los suyos con el mismo toque de balón, con sus mismos principios de siempre sobre la idea de equipo, vestuario, técnica, velocidad, inteligencia. Mou y los suyos, descubriéndose tras dos temporadas de no ganar, de sacar mucho pecho y muchos goles, pero no los suficientes y se van a encontrar así, frente a frente, con el video del último partido, siseando en la red, en el que Pep chulea a CR7 y este le empuja, lo que analiza y ambienta en su artículo Manuel Jabois (dos estilos) http://www.revistagq.com/articulos/real-madrid-barcelona-dos-estilos/16091, que recomiendo y aplaudo desde esta banda.

Me hubiera gustado haber jugado al futbol de pequeño, y ser aficionado de algún equipo, aunque fuera la Ponferradina o La Cultu, pero soy negado para este deporte y negado para seguirlo por televisión como es de ley, con los amigos, atiborrado de cigarrillos y la nevera llena de cerveza, para eso prefiero el boxeo o el baloncesto, que siendo lo mismo son distintas pasiones; me hubiera gustado, pero soy de esos pocos a los que se les pasará la hora y no se acordará del evento hasta el día siguiente, cuando durante veinte minutos, todos los telediarios de todas las cadenas, se dediquen a repetir las jugadas más interesantes, las declaraciones, los arbitrajes, crear polémica y de ahí a la eternidad en los corrillos de los bares, del pincho de tortilla y caña con los del trabajo, las porras; los lunes, qué gran día para hablar del deporte nacional.

En todo caso, siempre estaré a tiempo, para el próximo año, convencido de que las condiciones del encuentro serán similares a las de este sábado, calentamiento, aforo, pasión, tensión, torsión y ovación. Ya empieza a rugir toda esa maquinaria, es un clam.  
                                        

lunes, 5 de diciembre de 2011

PEQUOD LLIBRES

                                  Pequod Llibres c/Milà i Fontanals, 59

El médico me dijo que tenía que leer para recuperar la memoria, algo así como embutir de historias todo el hueco que dejó un espacio mental, llamado vacío. Desde entonces leo sin cesar y las historias se van decantando en el hueco y allí dejo que fermenten, para trasvasarlo cuando sea necesario a barricas nuevas. Desde entonces ya no bebo solo, bebo en compañía de ciertos escritores, editores, filósofos y ahora libreros jóvenes. Es el caso de Consuelo, que la encuentro detrás de una pantalla LG en su mesa de trabajo, bajando música, escribiendo, leyendo y esperando clientes, hoy lunes 5 de diciembre, día de puente para diez millones de españoles y día de trabajo para otros diez, el resto no entra en ninguna contabilidad y ella, en Pequod esperando la ballena blanca.
-No te engañes –me dijeron-, es una librería pequeña.
No me engaño, puesto que no recuerdo, no puedo engañarme ni desengañarme, no me puedo enganchar ni desenganchar a nadie, puesto que a la vuelta de la esquina, sus caras dejan de ocupar espacio. Lo que sea que hay o no hay en mi cabeza, viene a ejecutarse como una especie de ctrl F4, borrado-reinicio, cada veinte minutos.
Antes de que llegue eso, hoy, en estado de total sobriedad nos vamos a Barcelona, S a ojear ropa y zapatos para el segundo armario, puesto que el primero ya está lleno y yo a buscar un hogar y lo encuentro en el salón de Pequod.
Me va bien, con su sillón, su ordenador, sus estanterías, mesas de juguete, ediciones de libros viejos y libros recién guisados, lo más actual de las nuevas editoriales, de los nuevos escritores y en todo caso solo novela y literatura. Me va bien caminar a lo largo de Gran de Gracia, siempre ves tiendas nuevas y curiosas; me va bien la Ciudad de Gracia con todo su esplendor, sus cines, sus bares, sus diseñadores, las pequeñas tiendas, los pisitos de los traductores, los escritores, las editoriales, allí, al lado del Mercado, allí vive Pequod.

En cualquier parte del mundo, el valor del terreno se mide en metros cuadrados, en Pequod se mide en centímetros. He visto crecer estos centímetros cuadrados y he visto como un espacio infinito se convierte en un espacio sólido, aquí también se puede probar la Conjetura de Poincaré, es decir la dimensión 2 en la Topología geométrica tridimensional, la resolución matemática es una locura, pero aquí solo consiste en una especie de puzzle de voluntad y sonrisa y en esas circunstancias caben tres dimensiones enlazadas tal y como se repite de uno en uno, en todos los comercios, gente inmensa (empeñada en el día a día) que ocupa espacios muy pequeños, planos redondos y geometría.

Entras y ya estas en tu casa y si te apetece te tomas un café calentito o un te y hablas algo de literatura, te informan, te aconsejan, les das tu nombre y te abren una cuenta mental, les das tus gustos en una tarjeta y al momento tienes una libreta de ahorro donde apuntar todas las medidas y los plazos.
-¿La conjetura de Perelman?
-Si, nos queda uno, el del escaparate
-¿Está bien?
-Se está vendiendo bien.
De las conjeturas se sabe como se entra, pero no como se sale, ni en qué estado. Escucho y veo, miro de lado y de frente, y siento esa tristeza infinita de no saber que pasará con los libreros, cuando la gente haga sus compras con el Kindle DX, bajando textos en un par de minutos. En todo caso, mi médico dice: “te tienes que acostumbrar a ir quedándote huérfano varias veces a lo largo de la vida”. Por eso, a veces cuando te encuentras con un oso panda te lo quieres quedar, te quieres abrazar a Consuelo y no soltarla en un par de minutos, pero no lo haces.
Y ahora ya no se a donde quiero llegar, yo quería escribir sobre la librería Pequod, pero he saltado a otra dimensión y ahora estoy en un paisaje desconocido, eso sí tengo la mesa llena de libros, saltos de libros, una conexión entre ellos y sus historias que pasan, por prescripción facultativa a llenar el vacío de mi memoria.

Los libros hoy comprados allí, fueron escritos por Patricio Pron (El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia), William Lindsay Gresham (El callejón de las almas perdidas) y Thomas Wolfe (El niño perdido). Había algunos más pero quedaron pendientes en mi libreta de pedidos Pequod, para la próxima visita.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

PARDEVALLES (prieto picudo)

                                                   

Cualquiera que sienta la patria, debe mirar bien por donde pisa, no sea que se confunda de tierra, pero sobre todo debe mirar bien cuando vuelve de bodegas, o cuando vuelve de cenar (o de merendar), ya sea de una bodega privada o pública, más que nada porque ir se va bien, pero volver no se vuelve tanto o con tanta disciplina, más bien con ninguna.
Ahora mismo S. me prepara unas tapas de picadillo, y tengo sobre la mesa vino Prieto Picudo, calidad Pardevalles.
Desde 1949 Rafael Alonso padre, empezó a cultivar prieto picudo y albarín, las dos variedades autóctonas de Valdevimbre, un pueblo de Leon, rodeado de viña y páramo, tierras de supervivencia y mucho trabajo, las mejores para el cereal, alubia, lenteja, garbanzo, y las peores, las más pedregosas y pobres para la viña, para el vino, producciones como en muchos otros lugares, a escala familiar, solo que en Valdevimbre este cultivo destacó y se trabajó de otra manera.
Ahora repaso de nuevo estos pueblos, pero antes repaso las barras de los bares de V, un espejo en el que se refleja el gusto diario de los coyantinos, del que me fío y en V, se bebe Prieto Picudo (y en todas las barras Pardevalles), una denominación que hace años que se está afinando, desde Pajares de los Oteros hasta el Páramo leonés, a un lado y otro de la vega del Esla.
Preguntamos en Valdevimbre y nos señalan
-A la salida del pueblo –dicen sin gesticular- a unos dos kilómetros. ¿De dónde vienen?.

Y a esos dos kilómetros vemos la entrada, junto a un viejo carro de madera, un camino bordeado de viña vieja y al fondo la bodega, una bodega nueva rodeada de aperos que me señalan que está viva y en activo, porque cuando llegas sin más a estas naves, da la impresión de que van a estar cerradas, no lo están. Dentro laten despacio los cuatro o cinco que trabajan todo el año, que trabajan en silencio, que conocen el oficio porque lo han visto y las generaciones actuales, lo han aprendido, son enólogos, eso quiere decir que afinan y afinan cada año, que ven el vino en su doble vertiente, como un trabajo y una industria y como una madre, la mama chango, que te cuida y te devuelve más de lo que le das. Y así han conseguido llegar a donde están ahora, a este preciado vino, blanco (albarín), clarete y tinto, de una calidad extraordinaria, con un sabor que no lo tiene el rioja o el ribera y a un precio ridículo, no llega a diez euros el más caro.
-Hacer aquí este vino –dice Rafael- cuesta mucho más que hacerlo en la Rioja.
Y yo añado que en León, cualquiera que tenga una industria, sabe que todo cuesta mucho más que en otras partes, por eso los hombres aquí, igual que las mujeres, resisten mucho más que los de otros lugares, aguantan, trabajan, mucho más, no solo por la dureza de la tierra, también por la dureza de los vecinos, de los políticos, de las condiciones y así y todo, si no revientan, muchos consiguen levantar el vuelo y sacar las raíces fuera. En Pardevalles, tienen treinta y dos hectáreas y venden parte de la producción a Alemania y Australia.
                         
El vino tinto de ocho meses que me estoy bebiendo ahora, sabe a uva, tal y como si comieras del propio racimo, es delicioso (ellos dicen sabor afrutado a ciruela y breva). Dicen que es de fermentación lenta que propicia el sostén afrutado del aroma. Dicen que plantan las vides en espaldera. Dicen que mantienen el mosto a 25º, que primero va a las cubas de acero inoxidable y después a las de roble francés, barricas nuevas de doscientos veinticinco litros, dicen que reposan quince meses en una de las bodegas del pueblo. Dicen que lo que ahora estoy bebiendo lleva todo ese proceso y que después lo mueven en ferias, y que algunas revistas especializadas en vino, así como guías gastronómicas, a estos vinos les dan entre 90 y 92 puntos sobre 100. El albarín, que es una variedad única de estos pagos, está obligado por raza y desarrollo a ser un vino oloroso y agradable, y lo consigue; compáralo con los verdejos, los blancos de rueda, los rioja, compáralos con los vinos del Rin y sabrás por qué en Alemania se compra y se bebe de este vino.

Cualquiera que sienta la patria debe saber pisarla y difundirla por todos los vientos, porque aquí todo cuesta lo que vale y mucho más, ese otro valor añadido que le pone la gente que nunca se da por vencida.



                                               Rafael Alonso (izda.) y Juan Martínez
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martes, 22 de noviembre de 2011

José Ángel BARRUECO en LAVAPIES

                                             


“Un hombre deprimido siempre cuenta con tres ayudas: una copa, una canción y su barman de cabecera”

Se me forma en la comisura de los labios, esa pasta blanca del que se le seca algo en la boca. No siempre un hombre deprimido necesita una copa, a veces después o mientras se lee por diversión, necesitas una cerveza, y una música, creo que eso es lo que pasa cuando andas en estos barrios.
-En Lavapiés siempre hay mucha gente –me dice un taxista en Madrid- las calles son muy estrechas, es un lugar cosmopolita, allí te encuentras con todas las razas. Y mucha gente –insiste- a todas horas.
No hay nada mejor que subir a un taxi en Madrid y hablar con el taxista. Son un mapa cojonudo para no saber nada y saberlo todo; así, amarillo y cañí.
 No pude llegar al barrio, creí que si, pero el Festival Ñ me quitó el aire de los pulmones, eso y las escaleras del Círculo de Bellas Artes y los huevos fritos de la Taberna de Lucio, pero Madrid tiene muchas vueltas y cada vez se llega antes, así que tarde o temprano entraremos en el barrio y espero que no sea perseguido por ningún mejicano.
Vivir y morir en Lavapies, no es una novela, no es un cómic, no es una canción, no es una película, no es nada, salvo una ansiedad escrita a oído, tal y como tocan muchos músicos callejeros sus viejas canciones, o tal y como se silba por la calle. Hace falta tener muy buen oído para escribir esta novela, porque solamente mirando por el balcón o escuchando a través de las paredes no sale. Y hace falta tener muchos amigos y el autor se sirve de los bares para quedar con ellos, son de verdad, tan de verdad como Carlos Salem, Gesus Bonilla, Esteban Gutiérrez Gómez, Javier Belinchón, Marcus Versus, los chicos del otro lado, que nadie cita en ninguna parte, tan de verdad como todos los demás seres anónimos de estas páginas, y que son iguales que los que andan por el Chino de Barcelona, o lo que queda de ese barrio.

No creo que JAB sea un tipo deprimido y menos ahora que se estrena de padre y menos aun, con la faena que da tener dos novelas en las librerías y salir a defenderlas cada día, tanto si toca ir a Barcelona como si toca Zamora. Puede que esté cansado, puede que esto le pase factura, puede que duerma poco, pero seguro que le merece la pena tanto o más que este rato leyendo “Vivir y morir en Lavapiés” o “Asco”. No tienen nada que ver la una y la otra, pero las dos las ha escrito José Ángel Barrueco, con esa disciplina del tipo que va en el pelotón, que no levanta la mirada y no ceja en el empeño de pedalear, un puto escalador nato.
No creo ya en nada, solo se que cuando te metes a callejear por el libro, se te van abriendo tantas ventanas que ya no sabes a donde mirar, ni que conversación seguir y por eso te quedas un rato con los borrachos de la plaza, mientras miras a los moretes trapichear y si no, a los negros, o esperas a ver que pasa con la redada de la policía, o ves a los indios, los chinos, los sudamericanos, los viejos del barrio de toda la vida, esos que quizá desciendan de los judíos que poblaban este mapa y cuando menos te lo esperas, te encuentras dentro de una novela negra y criminal, que no sabes muy bien como va a terminar (mal), hasta que se te acelera el pulso y quieres leer más rápido de lo que corres.
Salvando las distancias, esta novela es una especie de La Colmena del olvidado Camilo José Cela, pero menos provinciano, más criminal, más cosmopolita (como decía el taxista) en un siglo en el que Madrid ha cambiado mucho y sigue siendo igual, con una melancolía que habla muchos idiomas; al fin y al cabo ahora los inviernos de Madrid, apenas duran unas semanas.
Bueno pues eso, que antes de leer Asco, me voy a dar una vuelta con Dan Fante (Mooch/Sajalín editores), un viejo amigo recomendado por José Angel Barrueco y por Francesco Spinoglio. No sé que tal saldré de esta. Un saludo.

 Vivir y Morir en Lavapiés. Ediciones Escalera. Octubre 2011. Imagen de portada: Dani Orviz.
                                                                
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José Ángel BARRUECO en LAVAPIES por ELIAS GOROSTIAGA se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

viernes, 18 de noviembre de 2011

REINICIA

                                                   


Después de ver la snuff movie sobre la muerte de Gadafi, su miserable cuerpo en descomposición exhibido públicamente, de la misma manera que se exhibe públicamente la putrefacción económica de este país, de sus comunidades y ayuntamientos y a la vez, de lo que bien que les va a los tipos (en muchos casos siniestros) que los gobiernan, el fin de la extorsión y los asesinatos de ETA, el final del verano que se extendió al final de octubre y la llegada de un frente tras otro que arrasa con lluvias implacables, caminos, canales y puertos.
Después de haber visto pasearse a Miguel C (como estrella imbécil de la gala) y sus amiguetes por la audiencia de Sevilla, ante el silencio y el dolor de los padres de Marta del Castillo, de ver la bonita melena de un tipejo al que apodan el Cuco, el típico hijo que quieren todos los padres, un amigo noble, un tipo fiable a carta cabal, después de tantos acontecimientos deplorables, digeridos en directo, uno lee cualquier cosa y le sabe a poco.
                                           

Qué les voy a contar a ustedes hoy, que hemos pasado por el Festival de cine fantástico de Sitges para ver películas espeluznantes, cuando no hay nada tan fantástico por real, como el desastre de Fukushima, o una riada tras otra, bajando entre arrabales de casas y arrastrando todo lo que encuentra a su paso, o las intencionadas declaraciones de Durán sobre los andaluces, las declaraciones en general sobre los catalanes, vascos, gallegos, toda esa bazofia de políticos y sindicalistas sin escrúpulos, anclados en sus despachos, mientras avanzan esas subastas semanales de deuda a precios imposibles de devolver, las incertidumbres de los parados, los timos de Telefónica, de los vendedores de coches, de los Bancos y sus juegos de sartenes, la Sanidad, la Educación, ese mercado global, esos líderes mentirosos que se soban la espalda y los sobacos, emputecidos.
Que les voy a contar sobre el libro de relatos Mi madre es un pez, en la que treinta y tres autores se asoman a sus abismos con muy buena prosa pero sin ninguna perspectiva económica, igual que el libro de Francesco Spinoglio, sobre la niñez de Tomaso, su alter ego en Sueños de bolsillo, qué les cuento de la fotográfica novela  Vivir y morir en Lavapies otro abismo más en el que se asoma  José Ángel Barrueco como un taxidermista, del Mapa y el  territorio de Houellebecq (él mismo y sus propios traumas), qué les voy a contar hoy, que se cae el cielo, que no amanece en todo el día, que uno anda con el sueño a vueltas y con las ganas de dormir.
 Para cuando salgan estas líneas ya habré vuelto de León, de llevar flores y recuerdos. Esa vieja costumbre de noviembre, no podrán ejercerla los padres de Marta del Castillo, ni las madres de esos niños que desaparecen jugando en un parque, delante de su padre y que nadie, ni el más avezado de los policías CSI, es capaz de encontrar, pero si las cámaras de televisión que enseñan su sufrimiento a los aburridos espectadores y pusilánimes clientes, de esos canales especializados en enseñar el lado más vil del ser humano.

 Qué les voy a contar de la nostalgia que me produce escuchar a Leonard Cohen, de leer los viejos y acerados versos de Luis Miguel Rabanal, qué puedo decirles hoy sobre la tristeza o la corrupción, cuando el horizonte donde verdaderamente existe la nación de los hombres libres, también se desvanece entre nubes, nieblas y vapores. Tengo esa sensación, vamos perdiendo, poco a poco vamos perdiendo los lugares donde nos agarrábamos, esos  nombres propios, que aunque no mueran también desaparecen, esos lugares que sirven para no despeñarse y que a cada uno le marca una referencia en estos caminos, polvorientos a veces y otras veces, tan embarrados.
Qué les voy a contar, si el domingo se elige a esos padres de esta patria, entre hastío y desencanto,  unos padres que prometen lo que no pueden cumplir, que prometen que todo va a ser por tu bien, que arruinan a la familia con caprichosos préstamos que devolverás tu con tu empeño, para seguir recreándose en esos maravillosos nuevos horizontes.
Algo tengo que decir de todo esto, porque encima de esta democracia, se ha subido demasiada carga que no hay manera de mover, igual que esos viejos camiones que cruzan el desierto cargados de fardos y personas.
Yo digo lo que veo y tu sabrás lo que tienes que hacer con tus votos y promesas, con tus hijos y con una crisis que nadie entiende, que se apodera de todo, ustedes sabrán si en realidad tienen que votar todo eso, o hay que cambiar de democracia, con una abstención brutal para este domingo día 20 de noviembre de 2011; y que de esa naturaleza broten nuevos tallos. Salud.
                                    
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domingo, 13 de noviembre de 2011

Ñ

Llegué a Madrid corriendo, crucé entre las raíces del Campo de las Naciones y de todo el nuevo Sky Line hasta llegar al viejo cielo de esta ciudad prodigiosa donde todavía puedes ver a la puerta de algunas instituciones Guardias Civiles con Tricornio, como en cualquier pueblo viejo de España y por otro lado, también llegas al Círculo, un lugar mítico en el panorama de las Bellas Artes y del Art Decó y un buen montón de escaleras y balaustres de mármol. Dije mi nombre y me dieron una chapa para poder entrar y salir.
                                       Tacha Romero y Francisco Brines
El olvido es la nada manchada por la vida”. Ese sello es de un poeta y este fin de semana el Círculo se llenó de poetas, escritores viejos y niños, algo de música, conferencias exprés, lecturas, parejas de baile y dentro de estas parejas, escuchamos charlar a Francisco Brines y Tacha Romero, homenajeaban a José Hierro, amigo del poeta y abuelo de Tacha. El acto en si era emotivo, pero Brines giró algo más la tuerca y lo convirtió en una despedida, su propia despedida de la vida “los niños nos devuelven una memoria perdida por completo”, se disculpó porque la fallaban las piernas, el oído, la memoria y tuvo que sacar una lupa para poder leer poemas de su amigo. Pero allí fue desgranando su rosario de perlas y allí, de vez en cuando se aparecía la onda respiración de Pepe Hierro.
 Lo que tiene este festival son actos cada hora, cuando no ves a la gente subir al Salón de Columnas, les ves en la cola del Teatro Fernando Rojas y allí asistimos a la Conferencia de Belén Gopegui.
                                                 Belén Gopegui
 Teníamos curiosidad por Belén, pero Gopegui nos dejó el estómago vacío y la espalda descoyuntada. Vive atrincherada entre lesbianas y feministas, le da vueltas a una poción que siempre reivindica y reivindica y reivindica, debajo de una gorra de lana y pelo blanco. Yo (personalmente) volví a los más politizados años sesenta, emperrada en ser lo que ya nadie debe ser, Gopegui tiene la rosca pasada y en cualquier momento puede disparar de nuevo sobre Andy, Andy Wharhol, (así estábamos allí). Me sentí torpe ante lo que oía (no conseguí entender nada) y las preguntas que después la hacían, eran enrevesadas como las barbas del diablo, igual que las contestaciones. Belén llegó con la misma mirada triste de todas las solapas de sus libros, la salieron ratones de las mangas de la chaqueta que corretearon por la mesa y se fue de allí con la misma mirada, como salida del taller de una fabrica de Telares, donde ya solo quedan sombras. Menos mal que detrás venía Esther Tusquets y puso luz y remedio. Esther es una gran señora, una gran dama de la edición, una mujer que ahora también habla con calma de las cosas de la vida y contesta a esas cosas con el humor que le permiten sus setenta años y una operación que la impide andar con soltura, pero con gracia, ironía y el valor de su generación, que tampoco, tuvo nada fácil sobre todo cuando se trata de una mujer perezosa, contado por ella misma. Nos habló de la medalla del Ministerio de Cultura, del bridge, del bingo, de su nieto de cinco años, “de momento nos vigilamos, para ver por donde me sale”, dice encantada, y así con una naturalidad del que ya no tiene que fingir en nada. Salimos de allí esperando su nuevo libro, (escrito junto con su hermano) que aparecerá en enero.
                               Antonio Gamoneda y Agustin Fernández Mallo
Y de cata literaria en cata literaria, se me fue cargando la cabeza, no se si cogí frío o cogí calor, porque tan pronto tenía una cosa como otra, igual que tan pronto veía a Gamoneda, como a Agustín Fernández Mallo, Juan Cruz, Javier Calvo, Manuel Rivas, hasta oír a Luis Alberto de Cuenca, leer de corrido un estudio sobre Homero en 26 minutos y terminar embelesado con Félix de Azua conversando con Antonio Lucas, sobre poesía, filosofía, universidad, educación, libros, tal y como se habla con un amigo para otros amigos, sobre la esperanza que siente ante el cambio de paradigma y de todo el trabajo que quedará por hacer, después del Apocalipsis del arte, incluidas las novelas que no hemos escrito y que ya no serán novelas.
-Ahora escribo sobre el Pentateuco –dijo Félix mientras soltaba una risilla-
-¡Qué miedo! –contestó Antonio-.
-El mal existe –dijo convencido el filósofo- no se puede camuflar con razones, el mal existe.
Y es sobre eso y sobre una energía positiva que a veces se enciende y otras se apaga, lo que este hombre cordial nos fue desvelando, además de decirnos orgulloso que en diciembre sería padre de una niña, nos dio ánimos para no quedarnos con ese conformismo maligno, que mata cualquier iniciativa. Al terminar le felicité y le hubiera dado un abrazo, porque Félix de Azua, es un tipo al que hay que leer y seguir, allí a donde vaya.
                                 Esther Tusquets (Fundadora de Lumen)
Pero no solo fueron despedidas, también hubo algún encuentro. La Fábrica Ñ, de este festival propició el encuentro de seis editores en busca de autor. Una de esas seis editoriales concertadas es Alfabia y allí nos encontramos en la planta tercera, la llamada Sala de Juntas, junto con dos escritoras más. La Sala de Juntas, tiene una mesa ovalada de siete metros, a un lado se sentó Diana Zaforteza y al otro lado cada uno de nosotros, pero a aquella mesa y sin que nadie se diera cuenta, también se sentaron Thomas Bernhard, Celine, Foster Wallace, Borroughs, Julio Llamazares y hasta una exhibicionista con su impertinente cámara de fotos Luna de Miguel, nadie les veía pero metían un follón de libros y hojas de mil demonios. Diana se presentó, presentó a su editorial, su vocación por el mundo de los libros, el recuerdo de su padre, el paso por la Factoría Balcells, y el buen ojo con David Van, una novela descubierta por su sello, que nos estremeció a todos y que tira con fuerza de la editorial. Y después me presenté yo para dar fe de que todo lo que decía Diana era verdad, comencé a dibujar a carboncillo un paisaje, pero noté algunos borrones, uno no puede arrimarse demasiado al micrófono porque salen las palabras en negrita y a veces subrayadas y no te puedes alejar demasiado porque entonces se difuminan como entre nieblas, te tienes que quedar como un poco encorvado y así se habla mal, al fin y al cabo disculpas, porque uno sabe muy bien criticar a los demás, pero con uno mismo la cosa cambia, supongo que no lo hice peor, pero tampoco resulté nada brillante, fui dejando jirones de ropa entre las zarzas y la cosa se convirtió en una especie de conversación algo maltrecha, pero tampoco sabe nadie la de veces que le tuve que decir que no a Borroughs, empeñado en que bebiera de su petaca, ni que me tuve que levantar a separar a Bernahrd cuando le había cogido del cuello a Celine, ante la impasibilidad de Peter Handke, pero bien. Las otras dos escritoras defendieron lo suyo, Lidia Herbada, Periodista, con la experiencia de haber publicado la novela "39 cafés y un desayuno" (Editorial Paréntesis) algunos relatos y su sonrisa y Bárbara con el aprendizaje de su primera obra y una timidez mórbida, con labios pintados de rojo.
-Soy traductora –dijo con una pequeña pausa- de inglés.
La que estuvo serena dentro de su timidez y con buena disposición para todos, fue Diana, prevenida y cautelosa, como no puede ser de otra manera, porque una editorial de este siglo, en este país y desde Barcelona, es algo muy frágil y hay que cuidarse mucho, si quieres seguir y Diana va a estar ahí por criterio, seriedad y porque acaba de comenzar. Me hubiera gustado decirla que su editorial tiene que sacar adelante el Premio Zaforteza de novela, y que todavía están por venir todos esos García Márquez y Vargas Llosa que llenen los salones vacíos de Alfabia, pero desapareció de la fiesta. Intenté buscar su reflejo en los espejos del Círculo, pero allí solo se aparecían los fantasmas de la gente Ñ, subiendo o bajando con energía en dirección a alguno de los salones, mordiesqueando libros de tapa dura de la Librería Antonio Machado. Si no fuera porque su nombre sigue impreso en el programa, no sabría si aquel cuarto de hora que terminaron siendo veinte minutos, fue real o no. El tiempo lo dirá.
                                              Diana Zaforteza (Editorial Alfabia)
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