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lunes, 12 de diciembre de 2011

EDICIONES ALFABIA

Entre estas dos fotos, hay un estilo. Eso, el estilo se tarda años en generar, en hacerlo crecer. Se compone de gestos, sonrisas, movimientos, intenciones, silencios, palabras, detalles, porque al final siempre son los detalles los que hacen grande a Bruegel el viejo. Eso es la diferencia entre el ego y los demás. Uno recorta ese estilo y lo va pegando en cada página en blanco y muere con él. Lo que los demás recuerdan es eso, quizá los más allegados alguna frase, alguna palabra, pero el ser serios y negociar con firmeza, eso es algo que se instala y da forma a la silueta de las personas, de por vida.
…hay dos miradas y una sola distancia que parece la misma, pero miran cosas distintas, cosas que no existen, ni siquiera al otro lado del espejo, y eso es lo que siempre da algo de miedo, esos ojos que no sabes lo que piensan, que van más allá,  te dicen:  ” siempre hay algo más”, y si te asusta es que te has relajado para no darte cuenta, mientras que sus ojos lo han visto. Eso se llama distancia.

…hay dos bocas, en una vemos una pequeña sonrisa que lucha por quedarse dentro y a la vez lucha por salir, esa ambigüedad vuelve locos a los hombres, porque son ellos los que quieren siempre una sonrisa o el gesto de una sonrisa. He visto a algunos hacer verdaderas bobadas para conseguir un pequeño gesto que termina siendo un premio por compasión. La otra boca es algo más rígida, es lo que los ingenieros buscan en los materiales, suficiente resistencia y a la vez suficiente elasticidad, para que los edificios aguanten las formas de la actual arquitectura, torsos elásticos que se pierden entre las nubes, así es esa otra boca, construida de un material elástico y a la vez resistente. La foto es en blanco y negro, pero la piel de los labios brilla (algo pintada) en la parte más oscura y se vuelve transparente en la más clara.

… entre los ojos y las bocas, una nariz da forma a toda la estructura, no hay diferencia, es la misma en una y otra expresión, una nariz para vestir con un sombrero, permanentemente atascada, con una ligera curva y que obliga a la boca a un gesto extraño, como de una leve impertinencia por algo que no le gusta pero que no ha probado, por algo que no huele bien, aunque tampoco sabe que huela mal, ni siquiera que huela, de esa forma cuelga la intuición, la parte adivina, la parte de la que uno se puede o no se puede fiar, la parte que conecta con tu interior y que se acerca a un beso, más que un beso.

La piel es joven, porque ella lo es, pero no es nítida, una piel así no puede ser iluminada (ni tocada) porque ya tiene luz propia y  por la misma razón no se puede oscurecer, aunque siempre hay una parte apagada en cada piel, igual que hay una luna azul y otra que nunca se ve y se vuelve tersa en la frente y en las mejillas que son como frentes más pequeñas y uno levanta la frente y a la vez  se lleva con ella la mirada, que nunca se mantiene congelada, por educación, más tiempo que el necesario, salvo en las fotos.

En una de las fotos, el pelo ha entrado en movimiento dibujando ondas, en la otra, es un pelo lineal, débil o fatigado, cansado a falta de sueño o por demasiada actividad, tanto que nadie ha metido sus dedos para quitarle tensión.

Hay una clara elección entre la vida y la muerte, hay un vitalismo que quizá es el talismán para conseguir algo muy deseado, la luz, el blanco, el brillo, y el conjunto de cierta armonía que es más complicada cuando uno posa sentado, pero que se suple con suficiente aplomo, el que da una espalda que nunca se carga con pesos que no pueda soportar. Lo que llama la atención de la foto oscura es la rigidez, la seriedad, la sobriedad, perturba algo, un elemento distante que no sabemos de donde viene y que nos produce culpabilidad.

Ten cuidado con los fotógrafos que te miran dentro, puede que saquen cierta oscuridad en los negativos que terminen siendo las radiografías del futuro.

Entre estas dos fotos, hay una profesional que viste mucho, (no se da puntada sin hilo) porque tiene una empresa que sacar, Alfabia y un criterio, que no deja cabos sueltos, ni sombras, que sabe los límites del campo y da el paso hasta que la punta del zapato a contraluz, se ve asomado al  precipicio. En ese paso sin vértigo no está sola, nadie termina nunca de estar solo del todo, hay un equipo, un olfato, una vena heredada, mucha literatura creativa y muchas cuentas, para pagar todos los gastos, pero siempre hay una carta que no sabes si jugar. Si la levantas puede que case con las que guardas y haces saltar la banca, si te acobardas puede que la banca gane, es una cuestión de principios que se termina comentando en los círculos más tóxicos, rodeados de los que alguna vez han perdido, se han acobardado o no han ganado altura del todo. Hay que visitar esas cuevas el tiempo justo para no quedarse sin aire y volver a trabajar. Como siempre y en todos los viajes, aquí lo importante es seguir en el juego, calcular el escalofrío de la ruta y no quedarse sin gasolina, de noche, en la duda.

Foto en blanco y negro de Alfonso Rodríguez Barrera.
Foto en color de Andrea Barani para “Un futuro brillante” reportaje de El Pais (suplemento S moda) sábado 10 de diciembre de 2011.

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