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lunes, 6 de mayo de 2013

DIETARIOS







PRIMERA PERSONA

            Esta fiesta la organizaron Kiko Amat y Miki Otero. En este par de días le han dado valor al teatro del  CCCB que es una sala polivalente, sirve para muchas cosas y está en todo lo alto después de subir unas escaleras mecánicas, seña de identidad del CCCB, largas escaleras mecánicas al cielo Miki y Kiko, Kiko y Miki.
El festival se llama Primera Persona y se ha llenado de música pop, monólogos tragicómicos, teatro y narrativa, todo una bandeja del McDonald’s. De todo lo que se anuncia en el Festival, sólo he podido asistir al apartado denominado Dietaris: La vida no tan secreta de Ainhoa Rebolledo, Isabel Sucunza, Patxi Irurzun, Federico Montalbán y Manuel Jabois, al breve homenaje por parte de Robert Juan-Cantavella y Laura Fernández a Curtis Garland, seudónimo de Juan Gallardo Muñoz, un prolífico novelista de lo que hoy se denomina literatura Pulp y por último al diálogo entre Junot Díaz e Iván de la Nuez.
El año pasado este mismo equipo trajo hasta Barcelona a Dan Fante al que vimos en Heliogabal, un bar de Gracia. Allí no faltaba nadie ni había que pagar entrada, (en el de ahora ya te tienes que currar la invitación, sino quieres pasar por taquilla) pero a cambio en el Heliogabal no tienen escaleras mecánicas, eso si, te podías tomar una cerveza, así que estamos más o menos empates.
Ainhoa Rebolledo (a la que conozco y leo) tiene una cicatriz de treinta centímetros alrededor de su cabeza que la recorre de forma circular como un trenecillo, una y otra vez, una cicatriz que nunca se cura pero nunca se agrava. Salió al escenario como si la hubieran empujado, vestida con una camiseta en la que se leía algo: “I love Barcelona”(en la crónica de su vida, siempre ronda ese comentario, de forma circular). El “I love BCN” a mi me suena a disculpa, o peor una forma de ganarse al público que en ese momento sólo oía por los altavoces la respiración entrecortada de Ainhoa, una respiración algo nerviosa y se agobió. Para quitarse el agobio, se quitó la camiseta y apareció un vestido negro de llorzas y volvió a circular la cicatriz circular, una especie de monólogo bastante turbio: “yo escribí este libro (se refiere a Mari Klinski) y lo publicó Honolulu Books… y yo quería haber firmado un contrato… y empezó a liarse con lo de la bicicleta y los 5000 libros o los 500, jimió de sus amigas, “-Hay hola” de su novio que estaba allí ahora con su nueva pareja, hasta que apareció gritando de entre el público Didac Alcaraz, con una escena entre cafre y cállate ya pesada, con un chiste que no se entendió y con una Ainhoa que no sabía qué hacer, si reir o llorar, mientras que la cicatriz circular ya subía y bajaba por todo su cuerpo y desaparecían del escenario para ir directamente al catering a sufrir, mientras las amigas no sabían si ir a abrazarla o llorar y el que fue su novio, atado a otra novia, espiraba como si aquel hubiera sido un último aliento.
-¿De la que nos hemos librado, no? –dijo ella con cierta maldad­­- a lo que el contestó de nuevo suspirando.


Eso fue lo peor de todo, o lo mejor de todo, según las distintas lecturas de las escaleras mecánicas. Cada uno de los demás “dietaris”, empezaron a bajar sus propias escaleras mecánicas y empezaron. Isabel Sucunza, a la que no conozco, ni he leído, se puso detrás de un mostrador y en la pantalla plantaron una tienda de ropa porque iba a hablar de su experiencia como vendedora en una tienda de ropa, donde las camisas se suicidaban. Lo peor de este “dietari” es que nadie se dio cuenta de cuando empezó y lo mejor que nadie se dio cuenta de cuando terminó. Patxi Irurzun (al que sí conozco y leo) salió como le habían dicho y ocupó el puesto que le dijeron y desde allí, directamente se puso a leer de su dietario “Dios nunca reza”. Se le notó que no es un hombre de andar en estos circos porque antes de empezar ya quería haber terminado. “Dios nunca reza”, es una crónica que comienza con una mudanza de domicilio y termina con el despido del trabajo, es un libro cruel y tierno y leyó de ese yo y de esa primera persona, con los mismos nervios y el mismo desconcierto de los demás, mientras en la pantalla proyectaban cajas simulando esa mudanza, todo un poco forzado y rígido, que es lo que pasa cuando quieres meter un frigorífico en la caja de una lavadora, que no hay forma de disimular. Federico Montalbán, al que no conozco ni he leído, salió al escenario acompañado de un ratón y de mucha moral, intentó un monólogo entre el ratón y él, el ratón no movió una ceja, ni tocó la guitarra, no cayó en ninguna trampa, no se movió y no dejó de mirarme fijamente, como se mira cuando quieres intimidar o impresionar, lo que no consiguió, el monólogo no sé de qué iba, no me hizo ni puta gracia y no se ni siquiera que imagen pusieron en la pantalla, pero la gente por lo menos se dio cuenta de que en el escenario había alguien que quería decir algo; y para finalizar apareció Manuel Jabois, a quien no conozco, pero he leído. Sin dudarlo se tumbó sobre una toalla, junto a unos cubos de los que usan los niños para jugar en la playa y con los que ninguno de los anteriores dietaris, milagrósamente tropezó y se puso a contar una de esas historias de chicos, ligues y borracheras que terminan en la playa, contada, sin proponérselo, de forma juvenil, amena y simpática, es decir sin forzar la máquina, sin cicatrices circulares, sin falsedad y ese final de fiesta fue de agradecer, incluso se agradeció el bailecito que se marcó para salir de escena, no obstante salió de allí como un ahorcado al que momentáneamente le acaban de conmutar la pena, cabizbajo y tropezando con los cubos y las palitas de la playa. No se supo más de él, ni de los demás que eran engullidos por la habitación del pánico, con abundante catering para pasar el trago; y es que si alguno tenía esperanza de enganchar lectores, que no vuelvan a subirse a un escenario, ni meterse en un teatrillo de títeres, porque aparte de que se ven los hilos, el resultado es el final de curso de una escuela de niños, con padres en proceso de divorcio, pero obstinados en disimular felicidad.


Sin embargo el homenaje a Curtis Garland, presentado por Miki Otero, (bonito conjunto de traje y botín) y la intervención de Laura Fernández y Cantavella, fue puro, interpretaron un diálogo del autor, con un fondo de títulos y libros que resultó agradable y sirvió para quitar los restos de tiza de la pizarra anterior. 


Poco a poco ese Teatro del CCCB se fue llenando, con esas quinientas localidades o cinco mil, (versus Ainhoa), sin contrato ni nada, pero con la aparición siempre agradecida de Claudio López. Me chifla este tipo, es el puto jefe, lo sabe y lo saben todos y cada vez que lo veo en uno de estos lugares, me entretengo con él y sus movimientos, los saludos y las breves conversaciones. El resto de la gente también lo sabe, porque todos esos 500 o 5000 pertenecen al gran mundo de la literatura y sus amigos y novios y conocen al Jefe y el Puto Jefe lo sabe y también sabe quien se va a sentar en los dos taburetes, Junot Díaz e Iván de la Nuez. Sin duda es junto con Donald Ray Pollock el plato fuerte del día. Junot Díaz es un tipo torturado y a la vez consagrado ganador del Premio Pulitzer 2008, con la novela La maravillosa vida breve de Oscar Wao (Mondadori).  Este tipo al que no conozco ni he leído, pero leeré, es caribeño de Santo Domingo y en unos minutos nos puso al día de su mamá, de su papá, del dictador Trujillo, del Caribe, de ese caribe que admira machos y hembras, de políticos viejos y jóvenes héroes, emigrantes y miserias. Nos puso al día y debe ser así en un caribeño, con ese desparpajo del que usa el castellano como segunda lengua impregnada de nerds y nerds, y que usa el inglés para escribir. Iván de la Nuez, ayudó en la tarea, una tarea llena de complicidades y aciertos. Supongo que es así como los demás intentamos aprender algo de esas complicidades, algo de algo.




Nota:
(Hubo un error, no era Carlo Padial, es Didac Alcaraz, como ya se rectifica)

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