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miércoles, 19 de septiembre de 2012

El legado de JACKSON POLLOCK



 

Solo la desolación del hombre crea una sombra con la misma forma. Esa pulsación para perpetuar el miedo del ser humano es la esencia del arte y su transformación en materia solo se logra tras la interpretación del artista, consumar ese estado de ánimo en forma de cuadro, escultura, poema, novela, drama, interpretar el grito, la postración, el deseo, la codicia, la soledad, el dolor, el olvido, la lujuria, la muerte, el cansancio del insomne, es algo que todo el mundo distingue, pero que pocos pueden expresar de forma única e inconfundible y cuando esa manifestación lleva un sello personal, el reconocimiento del artista fluye de forma universal y paradigmática.

Bruegel el Viejo examinó a los suyos y reflejó sus pecados como antes lo hiciera el Bosco hasta dejar extenuados a legiones de esqueletos y desventrados a todos los peces, todas las guerras, todos los paisajes, Velázquez sacó de las entrañas las expresiones más auténticas, Goya pintó la barbarie de su época, Picasso terminó con todos, sus vanguardias, destruyó los museos, las casas de putas, a sus mujeres y a sus hijos, a los amigos, los paisajes, a los caballos, los toros, los símbolos y todos los que vinieron después, solo se dedicaron a llorar, todos esos americanos derrochadores de ingentes cantidades de pintura, tabaco, whisky, caballo,  incapaces de seguir ningún camino, aturdidos por el sonido de sus cadenas, de la música negra, de las calles, del gueto de Nueva York, de Chicago, de Boston,  creían que todo era nuevo, pero ya antes todos los que trabajaron e interpretaron la desolación del hombre, en el período de entre guerras, se habían dedicado a arrasar los paisajes, algunos cabarets, todos los cafés, nerviosos, drogados, pendencieros, suicidas, destriparon todas las cajas de música y sus delicadas bailarinas, preñaron a todas las que se arrimaron para abandonarlas después, enriquecieron los museos y las colecciones de arte de los americanos millonarios, de esos chatarreros con chaleco de la quinta avenida de Nueva York, verdaderos dueños de la gran depresión de los años veinte y continuaron llenando sus tumbas de oro, con las guerras de Europa y a la vez, el apellido judío como el Apocalipsis de las viejas escrituras y esa sensibilidad especial para sacar de las arenas, el correspondiente cuerno de oro, llenó de riquezas todo lo que dio de si la fantasía de esos apellidos, que después fueron insignias y apuestas de las alcaldías Guggenheim más insignes y a una escala nunca antes vista. En esa apuesta con todas las cartas marcadas intervinieron, primeros ministros, periodistas, reyes, ingenieros, nuevos materiales, físicos de naturaleza cuántica, alquimistas, pescadores del Nervión,  marchantes con los almacenes llenos, arquitectos, banqueros y arzobispos, con la complicidad del pueblo que hizo colas bajo la lluvia para asomarse a ese balcón, que solo era una jaula para mirlos muertos.

Y ante tantos muertos, tantos resucitados y para celebrarlo, Bacon retorció la carne y la hizo hombre sin esperar a que resucitaran los cuerpos, que ya habían sufrido bastante para no esperar más dolor con una nueva vida, los pintores histéricos rusos con un dolor a bayoneta calada e hipócrita en cada riñón, las vanguardias alemanas, aturdidas, cobardes, los fumadores de pipa ingleses, saltaron con los pies atados y la cabeza vendada.

En una disciplina paralela y autores del mismo calado y no menos auténticos, superdotados para capturar el dolor,  callados, ausentes, después de haber abandonado su cuerpo, Chillida intentaba esculpir el horizonte hasta conseguirlo, había retorcido todo ese dolor con maestros artesanos del hierro en fundiciones olvidadas por las crisis, había conseguido que el mar respirara en su mano, pudo ver con sus ojos cada vez más tristes, el pelo del viento, se asomó a habitaciones nunca antes abiertas y ese impacto, calló a plomo sobre el último de los hilos que sujetaban su silueta. También abrió caminos, sin cerrar ninguno, no tenía aquel temperamento destructivo de Picasso, ni sus demoledoras caderas, no encerró el sufrimiento, lo dejó libre por esas campas verdes de su maldita tierra.

Y de todo eso, también calladas todas las figuras de Alberto Giacometti. Comentan en silencio el horror, sus caras perplejas, consumidas, que caminan calcinadas, salidas de los relatos y las inabarcables y enfermizas novelas de Samuel Beckett, de sus dramas circulares, de sus hallazgos en esos artesonados del sufrimiento. Lo que esconden las miradas de sus esculturas son materia reservada, pero en sus partículas elementales se escribe el ADN de la guerra y con ella la barbarie, el sufrimiento, el grito, la crueldad, toda esa tierra quemada que constituye un periodo de nuevo entre guerras, el tiempo actual y última frontera, una vez más la línea de salida.

Pero el dolor sigue y más cuanto más bienestar. Hoy en la Barcelona ruidosa de 2012, entre todo el barullo solo oigo chillar a un niño de cuatro años, nadie es capaz de consolarle, nadie en el barrio llama a su puerta, ni pone orden. Ese niño desobediente apaga el ruido de los motores diesel, detiene el viento, vuelve ética la crueldad. Hoy solo oigo chillar a un niño neurótico, sin principio ni final, sin que nadie escuche a su alrededor, sin padres ni abuelos, nadie, solo sus chillidos de cuatro años, incansables, profundos, hirientes, pisa el pan, los cristales, las papillas, los recuerdos, las emisoras, las pantallas digitales y sus emisiones vía satélite. Solo grita y el mundo es sordo a su alrededor, es Jackson Pollock y alguien, cuando sale de la habitación, recoge, guarda y almacena su berrinche, sella y etiqueta todo ese llanto.
 

Para que celebréis el final del verano y la primera lluvia de otoño, en esa Barcelona se celebra por medio de la Fundación Miró, el llanto suicida de Jackson Pollock, otro tipo que ya no podía retorcer carne y se dedicó a retorcer pintura, tumbó todos los caballetes y puso el lienzo de dimensiones industriales en el suelo, creando el action paiting, que se disecciona como influyente comportamiento de los performance actuales. Y esas últimas tendencias, tan neuróticas que se deshacen como un puñado de arena entre los dedos, se revisan como el casco oxidado de una barca a final del verano, intentando sacar nuevas sensaciones y sobre todo que la barca con todas sus circunstancias no se termine de hundir. Ese niño llora y llora y ni siquiera el paso del tiempo y la lluvia lo calla.



 

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