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domingo, 15 de diciembre de 2013

MADRID 1 (Librería Lé)

                                          Elías Gorostiaga

El invierno de Madrid sujeta la humedad entre los bienes raíces de calles viejas, mientras el sol se pega en plazas y plazuelas, entre los jardines que rodean los museos y en todas las fachadas de los hoteles de cinco estrellas siempre bien orientados en invierno a ese sol.
Llegué a la Corte para presentar Nómadas durante dos días en dos librerías tan distintas como el día y la noche y sin embargo librerías. En las horas previas me sentí solo, caminé, dormí poco y también me sentí acompañado por José Ángel Barrueco, comí bocadillos de calamares, ostras en el mercado de San Miguel, chocolate con churos en Santa Ana, visité la Catedral de la Almudena, plazas y jardines, me colgué el abrigo del brazo y me lo volví a poner porque la temperatura en Madrid depende de la calle por la que camines y en todas, todas esas calles y plazas había mucha gente, estaban llenas de gente, mientras que las librerías permanecían vacías o en penumbra. La librería Lé, rodeada de buenos ventanales, está en la Castellana a la altura del Bernabeu, barrio donde viven los abogados de Madrid, los arquitectos, la aristocracia vieja de Toledo, de Sevilla, cónsules, empresarios;  La Fugitiva se encuentra en Lavapiés, al lado del Cine Doré, al lado de donde los negros venden su droga, de donde una buena parte de la gleba novelista y poeta, la más frágil de la villa por ser los que no publican para los grandes grupos y por formar parte de esa humedad de las calles de segunda mano y de ese sol de las plazas y que ninguno o casi ninguno es de Madrid.
El día que conocí a Lorenzo Rodríguez llovía a mares, debajo de la farola y a la luz de la librería ese agua fría era más evidente y calaba más, pero los dos estuvimos uno frente al otro, con las manos abrazadas mirándonos a los ojos. El día que conocí a Lorenzo Rodríguez, lucía un sol despampanante, las terrazas estaban llenas, las chicas con faldas de cuadros paseando a sus perros de compañía, jóvenes cachorros que solo quieren jugar. El día que conocí a Lorenzo Rodríguez iba cogido del brazo de Manuel Astur y Lorenzo Rodríguez quiso romper nuestro corazón presentándonos a su novia Irina C. Salabert, pero no le dejamos, cruzamos la Castellana zigzagueando entre los coches y nos pusimos a beber cerveza, no para apagar nuestra sed, sino para saciar esa sed futura que íbamos a tener. Cuando apareció Ana María Trillo, arrastraba una maletita roja con ruedas a la que trataba como a un perrito de compañía, nos saludamos con un beso y una sonrisa. Pienso en Madrid y en que hay que matar a los taxistas de cien en cien y volver a sacar las calesas que se guardan debajo de la Puerta del Sol en un almacén para naves espaciales, pienso que después de eso en Madrid hay que matar a todos los periodistas, a todos menos a Lorenzo Rodríguez que apenas tiene veintiséis años y todavía debe escribir mucho antes de morir. Pensaba en eso mientras Astur liaba cigarrillos y se tiraba de los pelos de la barba.
El día que conocí a Lorenzo Rodríguez, Santiago D’Ors presentaba Nómadas en la Librería Lé, llegó a las siete de la tarde con todos los demás invitados y su ego se sentó a explicar por qué firma como Yago Vasil teniendo nombres y apellidos, los  porqué de querer ser escritor, de su ambición literaria, el pelo negro de los diecinueve años y se lo explicó a la familia, a los amigos de la familia que piensan en endecasílabos, a niñas que acababan de dejar sus faldas de cuadros en la maletita de Ana María Trillo para ponerse unos vaqueros Mayoral y ser más altas, a niños sin uniforme y mucha pose de poeta del paraíso con flequillo en forma de medio tupé. A Yago Vasil no lo importó que las sillas en las que nos sentábamos Lorenzo Rodríguez, Sergi Bellver, Manuel Astur y yo, estuvieran vacías, tenía hambre por decirles a sus personajes, amigos, familiares y vecinos, quién era, la vanidad de su amo se sentó con la espalda muy derecha se refirió así, con estas palabras,
-Convenceros de una vez, yo soy escritor –dijo- soy un escritor clásico que reinventa la escritura moderna.

                                         Santiago D'Ors


Después de terminar varias cervezas soplando la espuma que se nos pegaba a la barba, hablando de barcos hundidos, encontramos algo nervioso en la acera de la Librería Lé a un tal Lorenzo Rodríguez que nos saludó de lejos con los brazos muy abiertos mientras voceaba “ya están todos ahí, tenemos que bajar antes de que se vayan” y de entre las sombras, también apareció a un tal Sergi Bellver que mantenía una calma muy antigua y había elegido para la ocasión su mejor pelo negro, sus botas más bonitas, una sonrisa llena de nostalgia y una voz con ojeras. Bajamos por la escalera de Lé empujándonos y notamos la voz de Yago Vasil que se fue apagando dando paso a una emoción gestual que no se impresionó lo más mínimo al vernos entrar.
-Queridos amigos –dijo Santiago D’Ors- tomar asiento.
El ego alterno, estiró sus brazos y nos tendió las manos, a mi me tocó su mano izquierda y a Lorenzo Rodríguez la mano derecha; de ambas manos y de las yagas frescas brotaron fresas del bosque. Nos sentamos como pudimos en el poco espacio que quedaba, dejando un rastro de hojas de los castaños, que fuera en la calle no dejaban de caer, el polvo de los caminos, de los hoteles baratos y amordazando a Yago, Lorenzo Rodríguez, al que conocí varias veces antes de hablar con él, empezó la presentación de Nómadas, besando antes la foto de Irina que devolvió a su pecho como un escapulario y dijo:
-Solamente he leído el prólogo de Elías Gorostiaga –y brotándole una febril sinceridad dijo gesticulando mucho- he arrancado el resto de relatos.
Manuel Astur no se refirió en ningún momento a su relato, desorientado miraba hacia la parte vacía de la librería, habló de María, de lo bien que vivía en casa de María, de lo mucho que la llegó a amar, de los tiempos difíciles, de los tiempos felices, del amor, del odio. Después se entretuvo con un muñequito de felpa al que sonreía. Sergi Bellver respiró mientras confesaba que había conseguido ser escritor y que ahora ya no dejaría nunca de serlo porque para eso se tumbaba en el sofá del psiquiatra ocho horas cada día, las de dormir y eso tiene un precio y no se puede renunciar tan fácil y menos aun, sabiendo perfectamente que él era Faulkner y por fin Elías Gorostiaga, más calvo y envejecido que nunca, comentó, ante el asombrado público, que él había escrito  todos los relatos de Nómadas y que después fue asignando uno a uno título y autor. Eso fue lo que dijo mirando a los espacios muertos, mientras dejaba a sus pies un ramillete de hojas muy bien editadas. Santiago D’Ors continuó hablando de lo suyo, su relación con la literatura y el amor hasta que se desvaneció, todo se desvaneció y las tijeras cortaron la cinta dejando inaugurado aquel lugar recién pintado.

-Queridos amigos –dijo John Newborn- tomar asiento.




                                           Sergi Bellver y Manue Astur




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