Todo gira entorno a la almendra
del casco medieval, formada por las calles Tintorería, Cuchillería, Escuelas,
Correría, Zapatería, Herrería, y esas calles se abrazan desde la iglesia
catedral de Santa María por el Norte, hasta la Plaza de España y la plaza de la
Virgen Blanca por el sur. Toda la vida de la ciudad gira entorno a la almendra,
como si fuera el ombligo de la ciudad y síguele sumando más parques y jardines
románticos, acacias, tilos, castaños, el ensanche, la universidad, el complejo deportivo
de Mendizorrotza, el Palacio de Congresos y este mundo tan organizado, a su vez
se rodea de campas de trigo y el monte Orbea, todo eso y apenas vimos coches.
Como es primavera las nubes llegan bajas y llenas de agua,
agua fría de otro norte que llueve suavemente, inundando cada paso del color verde
de la ciudad y esos innumerables pequeños jardines. A primera vista en
primavera, VG es así, verde y limpia y así quieren que se la conozca. Las casas
viejas y las nuevas tienen miradores
pintados de blanco, como si necesitaran ver lo que ocurre fuera, los paseos, la
vida, los restaurantes, las tabernas y el caminar de la gente que camina y
contempla bajo los paraguas, gente amable que disfruta de esos paseos y de los
amigos y que no pierden el tiempo en explicaciones largas, son concisos, te
miran a los ojos y se van a sus asuntos, que son los que les sacan de las
casas, las tabernas, los trabajos y les mete entre los amigos. Así tejen cada
día esta sociedad.
Lo primero que hacemos después de alojarnos en la planta
octava del hotel, desde donde se ven las copas de los árboles del paseo de la
Senda y el palacio Zulueta que ahora y en estas fechas empiezan a despuntar, pues
eso que lo primero es hacer tiempo, hasta la hora de visitar la catedral de
Santa María. Y así es como nos adentramos en esa famosa almendra medieval, por
la Plaza de España, la Plaza del Machete, la iglesia de San Miguel, el paseo de
los Arquillos. Y uno cree que esta ciudad es plana hasta que llega aquí y se
llena de pequeñas cuestas y balconadas grandes, desde donde te vas haciendo a
la idea de lo que es y de lo que fue. Pasamos así yendo y viniendo un par de horas
y entramos en alguna taberna, porque no todo es andar y caminar, también hay
que arrimarse a una barra y pedir cerveza y eso estaba claro desde el principio,
que cuando llegan las dos de la tarde buscamos mesa en el restaurante El
Machete, pero no hemos reservado y está completo, así que nos metemos en
Sagartoki, una sidrería muy popular, con una barra muy larga. Nos dan servicio
para una hora más tarde, asi que esperamos en esa barra entre un desfile de pinchos,
bacalaos y tortillas. Una hora así da para alguna cerveza más y algún pincho.
Entramos al comedor, no sin discutir por quién va antes o después de entre los
que esperamos, pero al final hay mesas,
siempre hay mesas para todos. Comemos corazones fritos de alcachofa, solomillo
de ternera con pimientos de piquillo y torrijas. Salimos de allí bajo la lluvia
y bajo los paraguas y subimos otra vez todas las calles que nos llevan hasta la
colina donde construyen la Catedral.
Santa María
La Catedral de Gasteiz no se ve nunca, sabes que está allí,
rodeada de casas y de andamios, sabes que está y ves la torre del campanario,
secuestrada, pero no ves la Catedral. La intuimos cuando nos meten en un cuarto
y la guía proyecta las primeras ilusiones de cómo todo esto comenzó siendo unas
chozas, un pueblo, una villa y la ciudad actual, una sucesión de guerras, no
muchas, sucesiones políticas que llenaron la villa de iglesias, entre otras la
que ahora visitamos y que tan pronto la hicieron formar parte de un territorio
como de otro, siendo la parte más riojana de Euskadi, la más tranquila de las
tres regiones y la cabeza política con el parlamento y la residencia del
Lehendakari en el palacio de Ajuria.
Como otra catedral
más, de este país de catedrales, esta es del siglo XIII y por tanto gótica y lo
que ahora la hace invisible y a la vez más visible que las demás, son sus
obras, de hecho el programa de visitas y promoción del templo se denomina así “abierto por obras”, si, abierto por los
cuatro costados, por el cielo y por el suelo y rodeada de andamios. Provistos
de cascos, entramos por el norte y nos metemos bajo los cimientos y los muros,
vemos así la profundidad de la cimentación, renovada y fortalecida con las
mismas técnicas constructivas del siglo XIII, cal y piedra, sin añadir una gota
de hormigón, salvo en una de las columnas. Es
así como se restaura ahora, dice la guía. Subimos hacia el paso de ronda,
que es el muro por el que se vigila la ciudad desde la iglesia fortificada y
volamos entre andamios por el crucero de la iglesia, viendo el detalle de la
inclinación de los arcos, por culpa del peso de la nueva cubierta que reemplazó
a la antigua más ligera (de madera) pero menos catedralicia y la causa de que
se tuviera que llegar a esta reconstrucción (el peso de la nueva cubierta de
piedra no calculó la fuerza de las columnas y estas se fueron inclinando hasta
arruinar y hacer peligrar el edificio en si). Y así estamos desde el año 1994
en la que se cierra al culto, se redacta el proyecto, no comenzando las obras
hasta el año 2000. A
fecha de hoy han conseguido detener aquel deterioro, estabilizar los cimientos
y garantizar la seguridad del edificio, sin que el proyecto tenga todavía claro
el final, dados los continuos cambios que el proceso requiere. Por supuesto la
guía cumple el horario y la visita de cincuenta minutos, finaliza a los
cincuenta minutos de haber empezado, y
así devolvemos los cascos y damos las gracias por todas las explicaciones. Es
la primera vez que veo una catedral desde los cimientos hasta el último arco,
sin un solo altar, un santo, una virgen, una vela, un cura, ningún tipo de
predicación, agua bendita, religión ni misticismo, tan solo arquitectura
desnuda, alejada de dios e intervenida por los hombres, para su salvación.
Vitoria, además de la catedral vieja, tiene una nueva la de
María Inmaculada, rodeada de jardines (parque de La Florida) y viviendas del
ensanche, una iglesia que más parece un museo (de hecho es el Museo Diocesano
de Arte Sacro) que una catedral y sobre cuya piedra (demasiado nueva) no ha
vencido el tiempo y justo al lado el edificio del Parlamento Vasco. Y como en
otras ciudades paseamos entre calles y callejas y en ese ir y venir V, enseña a
sus visitantes el modesto Museo Fournier donde se guarda la historia del naipe,
la típica baraja con la que todos hemos jugado alguna vez, que se fabrica aquí
en esta ciudad para todo el mundo. Y otra cosa no habrá, pero Vitoria entre otros
puedes visitar el Museo del Farol, el Museo Vasco de Gastronomía, Etnográfico,
de Arqueología, el de las Siervas de Jesús, de Ciencias Naturales, el de la
Armería de Alava y como no puede ser menos ni más que otras ciudades, el
Artium, Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo.
Artium
Estos días y hasta el principio de noviembre, se expone “Tiempo y urgencia”, la reconstrucción en
ocho lienzos del Guernica de Picasso, una planta dedicada a una labor del
artista José Ramón Amondarain, un trabajo ilustrativo y divulgativo de esta
obra, clave en la historia moderna de España. Se recorren las distintas
incorporaciones y momentos creativos del artista, (ocho fases) hasta llegar a
la obra tal y como la conocemos. En esta conmemoración del 75 aniversario del
Guernica, puedes participar con un puzle
gigante en el que cada visitante rellena una parte del cuadro, con un dibujo,
un escrito y que se va colgando hasta reconstruir por completo la obra, por el
anverso, por el reverso se verán esos comentarios y colaboraciones de los
visitantes, todo se completa con un libro que se editará cuando esto finalice.
En otra planta del Artium visitamos la exposición fotográfica, poética y video
instalación de la artista guatemalteca Regina José Galindo (1974) titulada “piel
de gallina”, una reflexión poética sobre la mujer, el maltrato, el estado
embrionario del mal, la tortura y con la advertencia de que algunas de las
obras pueden herir tu sensibilidad: “Soy una perra/ una perra enferma/ el mundo
mordió mi corazón/ y me contagió su rabia.” Esta estrofa forma parte de un poema más largo impreso en una de las
paredes y que también se representa en una instalación de video mientras se ve
a la artista, gravando con una punzón en sus brazos y piernas la palabra “perra”.
La visita del museo se completa con un mural de Miró,
formado por placas de cerámica y la instalación de botellas que forman una
lámpara espectacular sobre las escaleras del hall de entrada de Javier Pérez (Un pedazo de cielo cristalizado).
Por fuera el edificio está rodeado de algunas joyas en forma
de esculturas de Chillida, Serra, Oteiza, Larrea.
A medio día no llegábamos a una docena los visitantes del
museo, tantos como vigilantes de las salas y eso me devuelve la continua
reflexión sobre este tipo de museos. No se si sobran, lo que se es que no hace
falta que cada capital de provincia (en la que existen obras de arte en forma
de edificios religiosos, arquitectónicos, palacios, plazas) tenga su museo de
arte contemporáneo, todos igual de vacíos, igual de costosos, exhibiendo un
arte de muy dudoso valor y que conecta escasamente, con las inquietudes de la
sociedad en las que se aloja y que los sostiene. Con el tiempo, este tipo de
fábricas quedarán en abandono, igual que les ocurrió, en las sucesivas
revoluciones, a los distintos edificios industriales de las ciudades y será
cuando en ellas se instalen, jóvenes creadores, vagabundos, músicos, okupas, y
quizá entonces se de a sus muros un valor al que ahora se le supone, entre otros a este Artium, un muerto viviente más en
este caro cementerio del arte contemporáneo, pagado con dinero público.
El Portalón
Posada del siglo XV,
en la que comemos caracoles, rape, cochinillo, vino de rioja, postre
(pantxineta –hojaldre con crema pastelera- y tarta de manzana con helado de
tofe) y café. Nos sacan bien los dineros, pero bien y nos quedamos sin hambre y
sin ganas de comer, hasta el día siguiente. Pero el edificio, con sus distintas
plantas, llenas de comedores y pequeños salones, cada uno con detalles que te
trasladan sin esfuerzo a una época dorada de la literatura española, convulsa
en los político, en la que nadie escapa a la picaresca, los trabajos duros, los
días largos y las comidas de siempre. No obstante seguimos creyendo que este
menú, que aquí se encuentra sin esforzarse mucho, en restaurantes de Londres o
en París lo tendrías que buscar y lo pagarías multiplicado por tres. El resto
de comensales, comían y bebían con salud y placer, hablaban en voz baja y
disfrutaban de ensaladas, carnes y pescados, que como nosotros es una de las
partes de cada viaje. Todo bien, menos la nota de color del niño Mikel, de dos
años de edad, para el que los detalles del Portalón, se convertían en un juego
solitario, igual que las mesas, las moscas invisibles, la comida y los pies de
los camareros. Después vimos a otros niños prácticamente iguales, repartidos
por los demás comedores.
También vamos a ver un partido de pelota en el frontón Ogueta,
jugaban Olaizola II y Beroiz contra Titin III y Merino II, uno de esos partidos
profesionales de un deporte mítico, que también tiene la raíz en estas tierras
y que forma parte de una cultura vasca tradicional y noble. Hay más de todo
para volver y seguir viendo, pero lo único que faltan son más días. Volvemos
por el puerto de Vitoria, cruzamos el Condado de Treviño y la Sierra de
Cantabria hacia Laguardia, un pueblo de la Rioja alavesa, rodeado de viñas,
lagunas y una muralla medieval que guarda mucha piedra y algunos rincones muy
agradables y apenas mil quinientos habitantes. Allí compramos vino y salimos a
buscar la autopista para Barcelona.
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