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jueves, 27 de enero de 2011

TABACO, MOSCAS, NICOTINA Y CUATREROS



Nadie se había preocupado tanto por mi salud, (incluso más que mi madre), que el Estado Español. Quizá tenga algo que ver con alargar la vida laboral, con seguir pagando impuestos y cotizaciones y a la vez dejar de gastar en la factura de los fumadores empedernidos, no se. Yo empedernido, no soy de nada, pero si tuviera que serlo lo sería del tabaco. Y la memoria no ayuda a dejar el vicio. Cuando era niño, los maestros fumaban en clase, se fumaba en los cines, en las consultas de los médicos, en las salas de espera de cualquier lugar en el que hubiera que esperar, en los vagones de la RENFE en viajes cortos y largos, en todas partes y desde luego en todos los bares, cafés y restaurantes. La primera vez que fumé lo hice con mi hermano Alfonso, salíamos a fumar y escondíamos el tabaco para el día siguiente y mentíamos como bellacos, sin sospechar que el tabaco apesta y que no hace falta que te pillen con el cigarrillo para saber que has fumado. Pues si, se fumaba y se crecía fumando y se esperaba a las chicas con un cigarrillo, porque fumar era un placer, malo para la salud, pero un placer.
En la conferencia de Yalta, todos fumaban como carreteros, los presidentes del mundo y sus consejeros, todos, en la España de la transición el Congreso de los diputados apestaba a Ducados, fumaba Adolfo Suárez, Felipe González y Santiago Carrillo y Santiago Carrillo de todos es el que sigue fumando y ahí está.
-Yo soy la excepción que confirma la regla –dice-
Y ahí está, después de abandonar a la izquierda en todas sus vertientes y por la izquierda, no deja de fumar ni a tiros, con Ley o sin Ley.
-Ahora solo un paquete al día
Y así se van tumbando todos los vicios y se va quedando uno como vacío de todo, como más tibio, más sano, más melifluo, al gusto de este estado tan sonriente y te toman la tensión y dicen que estas descompensado y te analizan la sangre y que tienes demasiado alto el colesterol y que a dieta de carnes rojas y de grasas y te analizan los dientes y te falta fluor y te tocan los cojones y  dicen que es que te falta un poco más de ánimo, que no es para tanto...
-Sabrás tu si es para tanto.
Que al final del día te sientas frente a la televisión que han querido que tengas, la digital terrestre, llena de canales y contenidos para subnormales y de repente ves “La muerte tenía un precio”.
-¡Hombre que buena película! –pienso entusiasmado, sin demostrarlo-
Y empiezo a recordarlo todo, secuencia a secuencia, cada gesto, cada piel, cada dureza, cada desafío,  pero lo que no recordaba, era la cantidad de tabaco que fumaban,  Le Van Cleef con aquella pipa quemada, el estilo de Clint Eastwood con los puritos típicos ¡cómo fumaban aquellos malditos!.
También recuerdo que de pequeño, mucho antes de ir a fumar por ahí y de ser un tipo duro, lo que quería de verdad, era ser pistolero. No si de aquella ya había visto “La muerte tenía un precio”, supongo que si.
Supongo que ahora, el precio es este y que por mucho que ganas, cada vez valemos menos.
Solo una cosa más, hoy por lo menos me levanté silbando. Ya te puedes imaginar cual era la melodía.

miércoles, 26 de enero de 2011

ZAPICO


En la avenida de Madrid, (Leon) todavía funcionaban los cines Kubric.

Fue un día cualquiera en el que el tiempo no servía de mucho y allí estrenaban en versión original Down by Law, (bajo el peso de la ley) de Jim Jarmusch, con Tom Waits y Roberto Benigni, eso era por el año 1986. En la sala solo estábamos Zapico y yo, el caso es que al final volvimos los dos para el Berlín o quizá coincidimos los dos en el Berlín, donde no había mucha más gente y era una de mis casas. Y ese fue un momento en mi memoria, porque igual que ahora, Zapico en Leon, era uno de los cuatreros más conocidos, un tipo carismático y querido.
En aquella época yo tenía 25 años menos y Zapico 25 años más, (mas o menos igual que ahora) y el ya andaba de un lado a otro, poniendo copas, pinchando, con Deicidas de concierto en concierto, arriba y abajo, y yo solo andaba de un lado a otro con mi novia de entonces, conociendo gente, con mi grupo de Teatro Aa di Parpant, escribiendo relatos turbios en Diario de León, de aprendiz de brujo y de aprendiz de todo, igual que ahora.
Y pasaron esos 25 años y ahora me lo encuentro en las pantallas del cine, en películas que nunca se verán, poniendo copas, pinchando discos, tirando fotos, y escribiendo poesía y relatos que es lo que siempre hizo, desde Facebook y pienso que el tiempo es circular y que damos vueltas y vueltas y me alegra, pero ya me jode porque a la que no volví a ver fue a aquella novia (que tanto quería), ni por León, ni por Facebook, ni por ningún lado; los cines los cerraron (supongo, como todos los cines) y desde luego Tom Waits siguió siendo Tom Waits, con la misma voz cavernosa (la voz nunca cambia) y con más películas y ya no hablemos de Roberto.
Y unos lodos llevan a otros y volví a encontrarme con más gente, 25 años más tarde en estos páramos y volví a recordar que el tiempo es circular y blando, como el horizonte y veo que otro músico de León, Héctor, ahora es el editor de Zapico (bajo Eolas) y también me acerco a saludarle por la Librería Universitaria y después de todos los años del mundo, volvemos a hablar como si todo hubiera pasado ayer, con saltos de memoria incluidos, igual que saltan las agujas sobre los surcos de los discos de vinilo, una puta locura, para que siga la canción. Y me dice que Macario (Cardiacos) se murió y me da nombres de gente que ya no está ni se la espera y de la que ya no me puedo acordar. Y pregunto por Zapico por si le veo y me firma Litro de Versos.
-Acaba de irse –me dice-
Y nos cruzamos de nuevo y seguiremos cruzándonos, igual que con todos los demás porque está claro que vamos y venimos y seguimos de un lado para otro, poniendo y tomando copas, escribiendo, mirando películas extrañas, escuchando músicas aun más extrañas. Y, creo que ese es todo nuestro patrimonio y nuestra memoria, seguir enterrando a los que ya no aparecen y recordando a todos los que sigan apareciendo.
Y supongo que un día volverán a pasar otros 25 años y me encontraré de nuevo con alguien, con el que alguna vez crucé unas palabras que sirvieron para rellenar un crucigrama y nos reconoceremos, igual que reconocen los perros a sus amos, cuando pasan un tiempo sin verse.

domingo, 23 de enero de 2011

Julio Llamazares


La inmensa emoción que produce la lectura de “Memoria de la nieve” y de la “Lentitud de los bueyes”, se paladea con muchos más matices a lo largo del camino, a lo largo de la soledad, de las fresas salvajes, de los ríos y los chopos y a partir de ahí, todos los sentimientos que se van graduando con las novelas, Luna de lobos, La lluvia amarilla, El río del olvido, Tras-os-montes. En León se vive cada novela de Julio Llamazares con pasión, como una acontecimiento único, quizá es uno de los leoneses más queridos, lo fue cuando empezó a publicar con veinte años, a finales de los años setenta y lo sigue siendo a día de hoy, algo que no se ha repetido nunca, con ningún otro escritor; y es porque Julio siempre resulta cercano, porque escucha como solo un hombre de la montaña sabe escuchar, y eso que hoy esa cercanía se ha ido desdibujando, esa niebla de la vida que hace que ninguno seamos ya lo que éramos, el Barrio húmedo se aleja cada vez más de aquel barrio húmedo del Entierro de Genarín, y la languidez de estos tiempos tan estúpidos, no se parece en nada a la pasión del principio de los años ochenta, cuando todo se vivía con más intensidad.

Este tipo es alguien al que se le coge cariño, y más aun cuando lo lees y más aun cuando ves que cada quilo pesa un quilo y no ochocientos gramos, es decir con Julio Llamazares no hay fraude, dice y escribe lo que es, sin excusas, sin lentes de aumento, y él es lo que escribe y lo que dice. Ahora en Febrero saldrá el último libro, algo que siempre es bueno para cualquier lector, (y para los demás escritores), nos tomaremos de nuevo el pulso, tocarte la muñeca y sentir que tus latidos coinciden de alguna manera con lo que te gusta y quieres seguir siendo, con el camino que quieres recorrer y que tu o los demás se empeñan en difuminar, tu mismo o los demás, ese camino de la vida, ese camino del carretero que canta Manu Chao, otro tipo así, de los que mueven despacio ese carro que es el mundo y lo que quieres es subirte a él y no bajarte ya nunca: “Sube carreteiro sube que o carro vai voando,Sube carreteiro sube que o mundo vai fogando, O deixame subir o carro carreteiro o deixame subir o carro que me muero...”
Y así vamos recorriendo este mapa vacío y así lo vamos llenando de canciones, ilusiones, fraudes, verdades y carreteiros, chapapotes, catedrales, pueblos abandonados donde encontramos colgado nuestro retrato y la soledad y aprendemos que la soledad no hace falta tampoco ir a buscarla a Ainielle ni a Vegamián, porque la llevamos con nosotros allí donde vayamos.
-Que diga a verdade pero con cautela.

Y ese es el consejo, con cautela, nunca sabemos quién nos lee, quien nos delata y quién nos escucha, quién es el que nos va a ayudar y quién nos va a hundir. Por eso espero el valor de las verdades, igual que esperé uno tras otro, todos y cada uno de los libros de Julio Llamazares, por eso siempre trato de ir a sus conferencias en Barcelona y de esto ya hace más de veinte años, porque siempre sales bien, siempre de la lectura de sus libros sales equilibrado para seguir al lado de la carreta, por estos caminos de dios y con alguna verdad rotunda a la que coger la mano. Para vivir además de valor hacen falta, siempre hacen falta los últimos escritos de Julio Llamazares y también algún concierto de Manu Chao en Salamandra. Salud.

sábado, 22 de enero de 2011

BRUEGEL EL VIEJO



Solo tú viejo Bruegel, solo tú. ¿Qué había debajo de las mazmorras?. De dónde salen esos peces, qué había en aquellos vientres. Cuanto es el vino que se toma antes de una siesta, cuanto el trabajo en la cosecha, después de una jornada, como era el sol de Flandes, de qué madera se fabricaron los cuencos de leche, del agua, del vino, de la ginebra que se beben en las fiestas, de las bodas a las que asistías con tu amigo Franckert. Dónde te guardaste la locura viejo Brueghel, en qué parte de la sepultura enterraste aquel frasco y su licor o su perfume, o quizá fue entre los pañales de la que sería tu mujer, la hija de Pieter Coecke, del que aprendiste a pintar. Y con todo, viejo, por qué nadie, ninguno de tus personajes, de tus modelos, ¿por qué nadie ríe?

Mala vida viejo, la de esos años, la de esos años en el centro de Europa con todos los Habsburgo y Valois, llenando de guerras de religión y de estandartes políticos, insoportables, robos, navajas y muertos, seis guerras entre 1515 y 1553, los años en los que tu pintabas, donde triunfaba la guerra y como siempre la vida. Y como siempre también había que pintar el final de la risa.
-Había que darse prisa –dice el Viejo- la vida era corta.

Y había que pintar a todos los protagonistas. No se te escapó nadie. En la Muerte, el destino final de la multitud: ahorcados, empalados, despedazados, torturados, despojos de cuerpos para las alimañas.
-Nadie pinta tan bien como tu las alimañas –le digo al viejo-
-Si, -contesta- el Bosco.

Y no es menos la Vida, una dura mirada sobre sus compatriotas, labriegos, niños y ancianos protagonistas con la expresión estremecida, cansada, aldeanos toscos de los lugares que él conocía, como buen vividor.
-La vida es corta –repite-

Y tampoco salen bien parados, no repara en gastos y nos lo regala todo; todo son los detalles, la geografía de sus paisajes, las emociones, los deseos, lo grotesco. Esos dos triunfos, el de la Muerte y el de la Vida, siempre presentes en la obra del pintor, de este Bruegel, (que es padre de otros Bruegel también pintores) y sus paisajes, “el triunfo de la muerte” o “cazadores en la nieve”, paisajes que no dejan de ser otra cosa que el final de la risa, que iguala a hombres y animales.

Bruegel sabe que la muerte se disfraza mal y da más miedo. Sabe Bruegel que la alegría de los juegos de niños, boda de campesinos, no sirve para disfrutar más, no es completa.

Uno no termina de creerse lo que ve y uno no deja de amar estos cuadros porque son humanos, sufren, viven y mueren delante de nosotros, sin ningún pudor. Me pregunto qué pintor actual, transmite estas sensaciones y me contesto, ninguno, todos son demasiado abstractos, ¡tan abstractos! y los que no lo son, que coño son.
-Becarios –dice un vigilante del Museo del Prado-

Al servicio del Ministerio de Cultura, sus becas y sus prohibiciones, al servicio del hambre, mas funcionarios esperando que alguien pague la última ronda.

viernes, 21 de enero de 2011

La mujer que mira

Estampaciones. (Alena Collar. Editores Policarbonados. 2009)

Como no soy crítico literario, ni de ninguna de las otras artes, no critico y como con el jamón, o me gusta o me resbala por el pan y me lo trago de golpe, como un pavo. El gusto se encuentra en una parte que va desde la geografía de comer y la de tragar, una tierra en la que se dibujan algunos paisajes, entre otros las estrellas michelín de los restaurantes, o los premios Nadal, por ejemplo. Cualquier gastrónomo que se precie conoce algún restaurante divino, cualquier opositor de altos vuelos, no se conforma con menos que una Notaría y cualquier escritor con aspiraciones, aspira a ganar el Nadal. Pero nada ilusiona más a un escritor anónimo que la editorial te llame el día que más despistado vas y te ofrezca publicar lo que antes ya le ofreciste tu a él, tu libro.

Hoy leo en el tren (Sitges-Barcelona), pacíficamente sentado, Estampaciones de Alena Collar. No la conozco, no conozco a Editores Policarbonados, pero por la termodinámica y los diez euros que cuesta, tengo el libro encima de la mesa y dentro veintiocho relatos que han esperado a que terminara La tía Mame de Patrick Dennis, para hacerlos pasar, y entran despacio, educadamente, agradables y se van sentando a mi alrededor en los lugares que mejor les parece. Ahora voy en el tren y me acompañan por el andén, saben que no les he terminado todos, los otros para la vuelta y me acompañan, me esperan, regreso leyendo y cuando llego a casa, se sientan, quizá algo impacientes, veo a las perras, miro la huerta de invierno, los rosales podados, el olivo, hace frío, me siento junto a la ventana y me sirvo un whisky.

Leo relatos coherentes, frágiles con dos voces, una la del relato y otra, muy suave bajándome por el cuello, pero solo a veces, no siempre. A veces me detengo en una imagen, como si yo también me asomara a un balcón, para ver a los ancianos, el fantasma del jardinero y el rosal, veo caer la nieve sobre la pausa entre el llegar y no llegar.

Aquí, alguien sabe mucho de abandonos y ausencias, de todo lo que se ve desde la soledad, cuando estas asomado a un balcón, a un mirador tras los cristales, recuerdas algo y sin darte cuenta se te empañan los ojos o te brota una sonrisa y un recuerdo, que es lo menos que se le puede pedir a alguien que nos ha dejado.

Pero aquí sobre todo, alguien sabe aguantarse las lágrimas (y la nostalgia) y siempre asomada a esa ventana que he visto en tantos pueblos y he leído en Juan Benet o Rafa Sánchez Ferlosio, y alguien sabe escuchar muchas conversaciones de mujeres, muchas cocinas de carbón, muchas tardes de lluvia, alguien que sabe escuchar, incluso escucha en los paisajes el horizonte de Chillida.

-A Cifuentes le cambió la vida hace seis meses

Y te cuenta la historia, tan sencilla y llanamente como Pina le contaba historias de los vecinos del pueblo a mi madre y mi madre a mi y así sucesivamente. Y así sucesivamente, Marifé la portera, don Onofre, Loreto, Paloma etc y entre esa nieve que hay entre las pausas, también nievan paisajes que también yo conozco.  

No soy crítico literario, por eso digo lo que me parece y así me parece.

-También le digo a Alena que lo que menos me gusta son los títulos de los relatos (y los títulos son muy importantes), pero bueno, eso ya se lo digo yo en otro momento.

miércoles, 19 de enero de 2011

¡Y ahora que!



Ha merecido la pena. Ya estamos fuera de cuentas y ya volvemos a contar. Todo pasa rápido y todo pasa lento. Seguimos conectados por pequeños hilos y espero que aunque pequeños, no se rompan nunca. Esos hilos de tristeza que parece que nos van a agotar y nos sostienen. Uno nunca sabe cuando llega el final … de la digestión, en que momento te dejas y no quieres que nada te sujete, ni flotar ni hundirte, no quieres nada y sin embargo sigues ahí, con la piel arrugada, esperando que algo pase. Aunque ya no podemos hablar, yo sigo recordando los gestos, las palabras, los días buenos y las malas lágrimas, sigo recordando quizá para seguir, solo para seguir. Y al final ha merecido la pena, aunque no haya sorpresas.

Cosas que hacen daño:
Faltar a una palabra. Una relación de desdén:
La Bien Querida cantando:-“No se como te atreves a venir a decirme que me quieres, cuando yo te he suplicado muchas veces y jamás me hiciste caso. No se como puedes atreverte, a venir o a pedirme que me acerque, cuando tu no has aceptado ni una sola de las cosas que te digo.”
No dar calor. Mirar atrás.

Cosas que debilitan:
Premios y medallas. El tiempo perdido en una mala amistad. Los recuerdos que no se pueden cambiar. Todo lo que no son recuerdos y no se puede cambiar. No sentir lo que se dice ni decir lo que se siente. Perdonar sin motivo. Un telediario. Aznar o Aguirre, la Cólera de Dios. Un coche que no arranca cuando tienes que ir a trabajar. Melendi. Mirar atrás.

Cosas que te hacen fuerte:
Una llamada a tiempo. Volver al camino que dejaste. No chantajear ni aceptar una risa cobarde. Escuchar un consejo. Estar satisfecho de un buen trabajo, antes de que nadie lo sepa. Jolly Boys, unas manitas de cerdo guisadas con salsa roja. Mirar atrás.

Sea lo que sea mirar atrás, hay que tener cuidado de no chocar con nadie mientras continuas caminando, hay que tener cuidado: con el bordillo de la acera, con una zancadilla, un plan de pensiones, un mareo, la sociedad general de autores, la sociedad en general y los autores, las caderas de una chica tanga y las arenas movedizas en las que crees que flotas y solo te hundes.
Y cuando ya has sorteado todos los obstáculos de la mañana, los pensamientos tuyos y los de los demás, al loco del tren, al músico del tren, viene la hora de comer.
Plato del día:
Empiezas a comer unas manitas de cerdo con patatas, abundante salsa picante, pan y vino de cincuenta céntimos, servilletas de papel de una capa.
Retortijón.
Te encuentras sentado en el retrete y caes en la cuenta de que aquel tipo, al que dejaste salir para poder entrar tu, se ha comido hasta la última brizna de papel higiénico. Y ahora tienes debajo de ti, en el fondo del water un cuadro abstracto de … (incluso más abstracto). Una puta mierda descompuesta.
-¡Y ahora que!.

2011



Este año va a ser largo, tendrá los mismos meses, los mismos días, pero va a ser largo, con una cualidad física, será de goma elástica, como esas viejas combas en las que juegan los niños y saltando se incorporan uno y después dos y después tres, y así hasta que un torpe tropieza y la comba se desvanece para volver a comenzar. Uno y después dos y así todos los que podamos saltar esperando la comba por debajo de nuestros pies, por encima de nuestras cabezas.
Con una cualidad física, la goma se estira y se vuelve muy fina y todas las moléculas se calientan y empiezan a arder y la goma explota dejando en el aire un latigazo que a alguien le impresiona, a alguien la corta la piel para volver a empezar a contar.

Y otra vez a contar uno, el boxeador cae en la lona y oye la cuenta atrás que es una cuenta hacia delante. Espera que el tiempo no se agote antes de que el boxeador se vuelva a levantar y siga el combate. Uno, y el largo camino hacia 365 días, para hacer todo lo que se tiene que hacer y dejar de hacer todo lo que vienes pensando desde hace tiempo. La escoba sigue en el trastero, nadie la quiere y en el acto, alguien se pregunta que pasará con todo lo que hay que barrer.

Nunca más buenos propósitos. Nunca más nuevas leyes, nuevas prohibiciones hasta que no se cumplan las viejas leyes, los viejos propósitos.
-No traigas a pueblos viejos leyes nuevas.
-No dejes para mañana lo que tengas que hacer hoy.
-Agua que no has de beber déjala correr.
-Quien bien te quiere te hará llorar.

Todas las leyes viejas y olvidadas. Todas las nuevas carreteras por construir igual que los nuevos afanes, igual que las nuevas guerras.

-Ya estamos pensando en eso –dicen-

Y esos siguen ahí, contando los muertos que todavía no han muerto, contando los heridos, la necesidad de hemoglobina. Esos siguen ahí, mandando nuevas hemorragias, con sus caras de fantoches, rodeados de generales y abogados, los mismos que hace un año, que hace ciento. El número 1, ese es el que manda, el que te enviará a la hoguera, el que colgará tu sorpresa de un árbol seco.

-¿Traes la cuerda? –pregunta-

Hoy no se puede salir de casa sin cuerda, es día uno, y el primero, ese que está ahí, te la puede pedir para colgarte del primer árbol. Y tu no tendrás ninguna cuenta que pedirle a nadie, pero querrás consolar a tu hijo igual que te consolaron a ti, porque el te miró al nacer y te dijo, tú eres yo. Y así te has quedado hasta hoy, hasta que llora por primera vez, después será rutinario y  aunque siempre te alarme, nunca será como la primera vez.

-Este año va a ser largo –dice un tipo-
-Será como todos –le contesta optimista el de al lado-
-Será como todos –repite el tipo, algo pesimista-
-Si, eso parece –dice el tipo de al lado- va a ser largo.

EL ULTIMO




Uno se enfrenta al juicio final de muchas maneras. Hay quien pide un batido antes de morir en la silla eléctrica. Hay quien se toma una copa de coñac antes de subir a trabajar. Hay quién se ducha con agua fría en invierno y nunca coge catarros, hay quien fuma una cajetilla de tabaco, cuando esta junto a la chica que quiere y antes de decidirse. Hay chicos que les gustaría no salir mas de su cuarto. Hay momentos en los que uno debe mirar desde la barandilla del puente sin saltar y dar un par de pasos más, para alejarse de todas las tentaciones, es decir llamar a una puerta donde nadie te conoce, entrar sin pensar mucho lo que vas a decir, encuentres lo que te encuentres, pero entrar.

David Monteagudo o David Vann, son dos de esos espontáneos. Nadie les conocían ni les recomendó nadie. Tenemos la arrogancia de enviar nuestros escritos, a grupos editoriales que reparten cartas en un juego en el que noventa y nueve veces pierdes y una sola vez... Esa sola vez nadie te asegura que te pille con vida, las otras noventa y nueve veces quizá sean suficientes para arruinarte y sacarte de la partida.

Alguna vez alguien te dijo “me gusta” y ese ánimo fue suficiente para darte oxígeno, pero la montaña es más alta; cuando crees que has llegado, la montaña sigue subiendo. Solo el montañero con oficio, el que ha perdido los dedos por congelación, sabe cuando se llega a la cima y sabe cuando hay que bajar, mide bien las fuerzas, pero nadie le asegura y ese es uno de los retos, que llegando a la cima tenga fuerzas para salir de allí y poder contarlo.

Nadie debería poder publicar con veinte años, pero se aprende a fumar antes de poder comprar tabaco. Nadie debería poder publicar hasta no haber perdido los tres primeros dedos del pie. Nadie debería presentarse a ningún premio, ni ganarlo, ni perderlo, sin haber recorrido antes parte del camino.

Anagrama, Alfaguara, Seix Barral, El Aleph, Tusquets, Alfabia, Blackie Books, Alpha Decay,  Periférica, Barril & Barral y diez más si quieres,   suben sus propias montañas, llegan a cimas imaginarias, algunas saben que en esas cimas se quedarán, que no podrán continuar, se negarán a bajar y se convertirán en hielo. Muchas de las Promesas que descubrieron tendrán que saltar en otros circos, ser contorsionistas, malabaristas, trapecistas y domadores de leones, algunos dejarán muchos dedos por el camino y llegarán a aquella meta imaginaria (y conquistar a la Chica Mas Guapa a pulmón), otros tendrán que callar y pedir tabaco a los que esperan sentados en la parte oscura de la fiesta, sin hablar ya con nadie, con ganas de salir de allí sin ser vistos, antes de que sea demasiado tarde y enciendan las luces.

Hay tipos que preparan notarías, judicaturas o registros sin desmayarse, capaces de memorizar puntos y comas, sin vocación, sin ardor, sin fumar un solo cigarrillo, con la única ayuda de un cronómetro y ninguna pulsación en las muñecas. Hay bomberos que corren cuarenta kilómetros antes de desayunar, hay yonkies que se pasan semanas chupando una pajilla de Coca-Cola, hay jornaleros que se revientan de sol a sol antes de acostarse, hay mineros que salen de noche del pozo y vuelven al pozo de noche. El esfuerzo es sobrehumano, pero no luchan contra entes abstractos que nadie nunca ha imaginado y en esas estamos, imaginación y cabezonería.

Estos tipos y casi todos, luchan contra el Reglamento de un ladrillo, contra la capacidad de no recordar o recordarlo todo en el momento oportuno delante de un jurado; luchan contra las pulsaciones de la fuerza bruta, contra dios y el diablo. Pero ninguno es espontáneo, llega allí después de pagar una inscripción, un derecho, conoce cada una de las partes del juego y juega. El sudor y el precio a pagar, bien atornillados, forman parte del engranaje que es ese juego. Ni el escritor, ni el editor están ahí. Delante de ellos solo hay un gran vacío y a veces vértigo.

Alguien que escribe, (sea la primera vez o la última de sus novelas) no tiene límites por delante ni por detrás, inventa el mundo a cada línea, entra en un limbo abstracto que nadie necesita y que perturba el ánimo de muchos, además del suyo propio. No deberían ser más que un par de docenas de esta clase de gente (siempre al borde del precipicio) y sin embargo, cada editorial, cada editor tiene sobre su mesa miles de escritores con novelas recién salidas de fábrica. Los que al final deciden, anotan un teléfono más en las agendas llenas con cientos de escritores macizos, muchos de los cuales se caen del mercado cada lunes.

Solo unos pocos, muy pocos dentro de esas agendas, verán los paisajes de las grandes cimas. Son los que las han subido todas, los que tienen el derecho de seguir ahí para siempre. Pero siempre quedará la duda de saber si alguno de los noventa y nueve que se quedaron fuera, debía salvarse o si el que se salvó, debía volver a los noventa y nueve de antes.

Se podía llamar Ferlosio, Artaud, D. Vann, Tolstoi, J. Llamazares. El último en llegar todavía no nos ha escrito su nombre, ni hemos leído su novela, pero estate seguro que sigue dentro de la tuerca, esperando que alguien aparezca y le haga girar un cuarto de vuelta más.

PERROS

-No es un juguete –dice el veterinario-
Y se lo dice la madre y se lo dicen todos en voz baja, pero el niño quiere su perro, el que duerme dentro de la caja de cristal, rodeado de papel y serrín, el que tiene una marca en la oreja, el más tierno. Lo ha oído perfectamente, no es un juguete, pero juega con él, y el perro Atila, corre, muerde, se mea, se sube al sofá, tira de la manta porque no es un juguete, es un perro.
Tengo dos perras y antes tuve otra Tana y otro más, Tejo (que dios me perdone con ellos) y con todos ellos aprendí que son cualquier cosa menos un juguete. Uno no termina de entender por que nos rodeamos de perros cuando no nos hacen ninguna falta, cuando vivimos en ciudades donde lo que menos falta hacen son perros, ni gatos, ni los loros, ni serpientes, ni coballas, donde ni siquiera los viejos tienen asegurado un sitio y un cariño, para poder vivir su vida y ver crecer a los hijos de sus hijos. Mascotas.
Lula, era hija de Tula, una perra vieja Mil Razas que de aquel viaje, parió dos crías, una blanca y otra negra, me dieron la blanca, después la negra la robaron.  Es lista, vaga, rastrea y se enfrenta con fiereza a cualquier perro, gato, jabalí, lo que a veces me crea problemas. Según me dicen la tengo que hacer trabajar, es decir que la perra sienta que lo que hace es útil y sienta que se gana mi afecto.
Tina es una Pastor Alemán de buena raza, sin problemas de cadera. Tiene miedo porque la separamos con un mes de su madre y esta no la enseñó a relacionarse con los demás perros y yo tampoco. La gusta jugar, continuamente solicita juego, un único juego, que la tire un palo para que ella lo busque y me lo traiga; y así, una y otra vez. Si no encuentra el palo me trae una piedra, una pelota, una piña…Ladra con una fiereza que después solamente es cobardía, tiene miedo.
Las dos tienen miedo a los ruidos, a los petardos, a los motores. Las dos me dan lo único que me pueden dar, y aunque no lo saben y nunca lo sabrán, si que lo saben todos los que viven solos, porque conocen la diferencia entre estar solo y tener un perro, un loro, un conejo, una play station, etc.
-Quedamos en que no era un juguete –dice la madre-
El niño ya no quiere perro, “es pesado, solo quiere jugar, araña, lo muerde todo”…Llegan las vacaciones de verano, los viajes, los puentes, la navidad, -¿…y ahora que hacemos? –dice el padre-
Tina y Lula duermen una al lado de la otra y espero que siga siendo así durante muchos años, porque no son un juguete, son parte de la familia y parte ya de un mapa que hace cuatro años que recorremos juntos. A veces ladran a perros que andan sueltos, tristes, fríos, que nunca se convertirán en alimañas, que buscan en la basura, porque no saben como alimentarse. A veces veo a estos perros cruzando carreteras, asustados, fríos, porque no son juguetes y muchas veces, bastante mejores que las personas que conoces y con las que tratas cada día, entre otras cosas, porque un perro es un perro, incluso abandonado, humillado y apaleado, no engaña.
Esa cualidad sería suficiente, sobre todo en este tiempo en el que las falsas promesas convierten a los niños en algo que no es un niño, a los hombres en algo que no es un hombre y a los perros en juguetes, solo que un niño termina siendo un niño y un hombre puede ser cualquier cosa menos un hombre, para sobrevivir. Un perro no, un perro es siempre un perro aunque caiga en manos de un imbécil; le querrá más que nada en la vida, jugará con él a cada instante, lo dominará si no se le corrige, lo seguirá a todas partes aunque lo maltrate. Es un perro. Los imbéciles no saben reconocer algo tan sencillo, igual que no saben reconocer nada de lo que les rodea, ni siquiera a sus propios hijos, a los que regala una bonita mascota de peluche, por navidad, para abandonarlo en cualquier cuneta antes de que cumpla un año.

CHILLIDA LEKU (lekutu*)



            La honradez es uno de los valores más destacados en la lista de valores. La sensibilidad no lo es, la sensibilidad es una facultad inherente en algunas personas, se nace con ella y se va formando con las distintas edades, no tiene color como la leche, no es tangible como una piedra o el hierro forjado, es inmaterial una palabra de moda en la lista de valores inmateriales de la humanidad, como la plaza Yamaa el Fna de Marraquesh, el flamenco o los Castellers. En la lista de hombres honrados (hay muchos más) destaco a dos, uno es un escritor de apellido Delibes, otro es un escultor de apellido Chillida, en los dos casos hay sensibilidad y prueba de ello es el legado que dejaron en vida y tras la muerte, en los dos casos la extensa familia que les sucede no solo abarca a sus hijos, una memoria viva para todos, sino a sus huérfanos, todos los que en algún momento apreciamos, temblamos y aprendimos con sus obras. No tuve la suerte de conocer personalmente a ninguno de ellos, nunca tuve la oportunidad de asistir a ningún acto en la que estuvieran presentes, pero sufrí su pérdida como si cualquiera de ellos hubiera sido mi padre, un padre al que tampoco conocí. Esas pérdidas nunca se reparan, se sufren como vimos recientemente sufrir al pueblo de Valladolid, quizá el mejor homenaje que podía recibir y acompañar los últimos pasos del escritor.
Los últimos pasos de Chillida, los dio en vida, acompañado de sus hijos, incluso de los Reyes de España, en la inauguración del Museo de Hernani, pero él ya estaba ausente*, no era la ausencia despistada del genio embelesado, era otro tipo de ausencia, una más dañina.
Pero le dio tiempo a peinar el viento en Donostia, de señalarnos el hogar de los hombres, elogiando así el Horizonte más allá de Gijón. Le dio tiempo a mucho, quizá mucho más que a los demás, los que también creemos que la honradez es un valor. Sí pude ver en el museo Miró de Barcelona, una gran exposición con ejemplos del misterio de su trabajo, de la eficacia de la sensibilidad a la hora de tratar el vacío al que sometía al hierro y la piedra, noté el temor y la locura que transmite ese vacío. Notar eso y temblar.
Y hoy tiemblo también al oír que el museo Chillida Leku, cierra el 1 de enero de 2011, por ser insostenible económicamente para la familia. Una mala noticia, para todos, para estos diez años, en los que más de una vez deseé ir a conocer aquel interior del atormentado interior del pueblo vasco, ese corazón que hicieron latir hace diez años todos los Chillida, pero no hubo ocasión y ahora no se si la habrá, en todo caso, no dejará de ser una pérdida inmaterial más, en esta crisis que no termina nunca. Y no quiero aquí mezclar ni medir ese valor de las cosas, cuando solo depende, (parte del refugio de su memoria), de algo que nos envilece tanto como un simple valor económico. 

*Lekutu (ausentarse)

La última cena

No es un cuadro, es una ventana al mundo. Aquellos amigos, son todos los amigos que puedas tener alguna vez en la vida. Aquella cena fría, (a la que no han invitado a ninguna mujer, pero que seguramente la prepararon ellas, reunidas en otra estancia), en la que no falta el vino ni el aceite, está servida con muchas palabras que no se ven, como si los altavoces se hubieran apagado.
Hay mucho teatro en el movimiento de las manos. En cada gesto descubrimos una maldad, una palabra a punto de estallar. Son todos tipos rudos, que han pisado muchos caminos en un recorrido que también es el nuestro. Sentimos que hay algo que no funciona, una tensión; ninguno de los músculos permanece relajado, nadie sonríe y ese misterio se instala en la mirada de todos, así como la incertidumbre, el estado expectante; en todos menos en uno, Pedro.
 No se discute sobre las claves exotéricas de una religión, es algo más mundano, es el poder, la ira, los celos, la fatiga, la sucesión. Todos sabemos que es una despedida y ellos también lo saben, conocen su culpa de hombres, las simpatías de unos y otros, el miedo. En la estructura de la obra, (cuatro grupos de tres figuras), de izquierda a derecha, se sucede el escepticismo de Bartolomé, Santiago el Menor y Andrés;  la advertencia de Pedro, apartando a Judas, sobre un Juan demasiado femenino, demasiado fiel, quizá el más inteligente y el más débil, con las manos entrelazadas, el que menos actúa, escuchando avergonzado con la cabeza ladeada; la serenidad del anfitrión que ya ha dicho todo lo que tenía que decir, pero oculta la mirada;  el miedo y la afectación de Mateo, Judas Tadeo y Simón; y por último Tomás y Santiago el Mayor, buscando una explicación en  Felipe, que calla.
 Todos hablan y todos callan, todos se conocen y ahí se abre una galería de antipatías que se refleja en los gestos de las manos que no callan, esas expresiones de complacencia, complicidad,  maldad maquiavélica de los que conspiran para hacerse con el legado, un final que todos sabemos como empieza y termina,  siempre un recorrido de arte y muerte, poder y guerras por parte de cada uno de los seguidores, un recorrido que se renueva en la actualidad en cada uno de los viajes del que creemos, último superviviente de esa cena, el Papa Benedicto: afable, suave, de mirada artera, de palabras a veces claras y otras ocultas, igual que sus ojos, a veces cristalinos y otros oscuros como bujías fundidas. El último superviviente de esa cena, sabe que a pesar de no contener grandes manjares, la digestión, no se termina nunca.
Nunca se termina de heredar aquel legado, porque siempre hay alguien que aporta, como Pedro, un gesto más ceñudo, unas entrañas más fieras, que presagian una interpretación de la Ley, en la que alguien morirá, sufrirá humillación, buscará un perdón que nadie otorga. En esa ventana, ninguno de aquellos fundadores es inocente. El cinismo impregna el alma del cuadro y ahora sabemos que ninguno, igual que ninguno de sus sucesores estériles, dejará supervivientes de santo grial que es como la extinción de una raza. El anfitrión, entonces igual que ahora, con la mirada vencida, ya se había resignado.
            Sentimos que hay algo que no funciona, entre las muchas cosas que no funcionan, ahora y entonces, en aquel mismo instante en el que Leonardo dio la última pincelada maestra en el muro del refectorio de Santa María, las expresiones de la última cena, comenzaron a agrietarse a descascarillarse, igual que las palabras frías de este Benedicto del siglo XV, igual que los atroces retratos papales de Francis Bacon, para ocultar tanta locura, infamia y tanta cobardía.

martes, 18 de enero de 2011

Se me seca la boca

Se me seca la boca


Ahora pasa un avión fantasmal por encima de casa. Todo el día ha sido un día de humedad y así todo el invierno. El sol desde finales de noviembre no sube (como los aviones) por encima de los pinos, se queda ahí, a medias y se va casi cuando terminas de comer, aunque ahora ya, cada día tarda un poco más. Pasa otro avión por encima de casa. Se me está quedando la boca seca.

De repente el fuego de la chimenea ha empezado a arder. Toda la tarde sacando humo, llamitas lamiendo y calentando el tronco y de repente echa a arder compulsivamente, así.

La novela que ahora escribo todavía no tiene título, tan solo el dibujo de un pueblo, la iglesia, el hotel, el río, la plaza, las ruinas del colegio, la taberna, el barrio donde Nunca Llueve y donde Siempre Llueve, los personajes, como ya es costumbre, sin nombre, hasta que todo enloquezca imparable. Por el cielo de ese pueblo todavía no cruzan aviones.

Sigue ardiendo, este tronco ha sido la salvación, el otro se quedó ahí tumbado, chamuscado, pero este, de vez en cuando mete fogonazos de gas, como si pensara en la mujer del médico, aquella que parió dos bebes después de echar un polvo, cosas de las películas. Las películas mal vistas, como los libros mal leídos, se pierden como si entraran en un mundo de niebla y ni dios las vuelve a ver ni a encontrar, desaparecen, por eso leed con atención, despacio, con calma y en el cine, meteros en la película, si no, estamos perdidos y estar perdidos en esta época es quizá no volvernos a encontrar.

Salgo a tomar cerveza con amigos, tipos sin suerte que prueban una y otra vez y repiten barra. Nos confesamos. Uno es actor, anda arriba y abajo como un yo-yo, pruebas y pruebas para publicidad, teatro, cine, televisión, lo que sea y lo que sea es nada.
-No hay nada que hacer, tío –dice mirando la cerveza- por lo menos en este país.
El que es poeta, mira algo fatigado a una chica sentada delante de un café, con un libro cerrado, junto a una cajetilla de tabaco.
-Nadie fuma ya en los bares –dice, casi musitando-
El que es editor, ojea una revista de libros, no citan ninguno de los que el publica, pero convocan un premio y anda mirando las bases por si se decide a participar.
-Hay que probar suerte –dice- son diez mil pavos.

Yo no espero mucho más de aquella compañía, tan solo tomar la cerveza y volver a terminar este artículo, enviárselo a Ramiro y que salga el martes para que mi novia y un par de falsos amigos lo lean mal. Soy un tipo con suerte, quizá alguna editorial que no sea la de mi amigo, me llame para escribirle una novela a un escritor ocupado, un escritor viejo, o un Premio Nobel cansado.

Otro avión por encima de mi tejado. El tronco que ardía, como el otro, también se va apagando, ahora tengo dos troncos en la chimenea a medio quemar y ninguna prisa, al fin y al cabo yo no quiero creer que a Vargas Llosa le escriben sus libros, mientras él imparte clases en Nueva York, da conferencias, se mete o sale de Política, o haga lo que sea que hace; y si lo fuera, que me importa a mi, que mis posibles lectores no encuentren nunca uno de los míos, escrito por mi, encuadernado, editado y distribuido y espacio en la librería. Se me seca la boca. Salud.

Van Gogh y el desasosiego

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VAN GOGH y el desasosiego por Elías Gorostiaga


No puedes volver todos los días al MOMA ni al Metropolitan, no vives en Nueva York. Puedes estar varias horas mirando un solo cuadro, pero entonces no tendrás mucho más tiempo ni fuerza para ver los demás, obras de Picasso, Brueghel, Kooning, Manet, Greco, Goya, Renoir… no vives en Nueva York.  Solo te quedan los libros, para mirar y mirar los cuadros que vuelven a la memoria como una obsesión. Eso es lo que me pasa con Van Gogh, una obsesión, una obsesión que se para en los paisajes, los retratos, las figuras, el sufrimiento.

Pero no vale cualquier edad. Párate y recuerda, ya has estado allí antes. Recuerda lo que viste la primera vez, cuando eras un niño, párate y recuerda, es aqu
ello lo que tienes que remover, aquel miedo que te daban los cielos oscuros y las estrellas, los edificios encorvados, los árboles desquiciados, los girasoles fatigados por el sol y la mirada de los retratos, su mirada y su presencia, allí donde encuentras unos ojos en los que no puedes entrar, un sombrero que no deja ver la totalidad de la cabeza, o una cabeza tan deformada que asusta porque nos lleva a un terreno resbaladizo.

Párate y recuerda, porque con el tiempo nos sobra toda la información que almacenamos, todas las reproducciones de esos cuadros, que nunca fueron vendidos.

Y recuerdo el desasosiego, el querer ayudar a los personajes que comen patatas y darles calor porque se rodean de frío, sabañones, las botas húmedas y llenar de cariño todos esos autoretratos que gritan miedo y soledad, luz a todas esas noches tan oscuras y algo de sombra para esos girasoles retorcidos.

Pero cada vez que vuelvo sobre todos esos cuadros, retomo la impresión de que no hay descanso, la tortura sigue como una enfermedad inagotable y además sigue siendo igual de fresca que la primera vez, de pinceladas cortas, igual que la memoria cuando vuelve sobre un dolor. Todo el mundo olvida la última vez que te cortaste con un cuchillo, pero no deja de dolerte una herida nueva. Olvidas y recuerdas. Esas son las sensaciones instantáneas de Van Gogh y siguen sin descanso, porque en ellas vive el alma y el miedo.

Eso es lo nuevo en el arte, los sentimientos, sufrimientos y los miedos más viejos del mundo. Todo lo demás es basura. En el caso de Van Gogh, no da tregua, ni afloja esa cuerda, por eso cada cuadro te hace temblar, cada cuadro te acerca más y más a un precipicio.
-¡Salta ya!, y que todo termine.
Fue así como pasó, solo que antes, todavía nos enseñó su cabeza vendada por un ataque de locura, otra cabeza llena de dolor, que espero que nunca sea la nuestra.

Esa que ves, no es la historia del arte, la historia del sufrimiento, de la locura, es la historia del mundo, en la que un hombre insoportable, con una herida torturada que nunca cicatriza, deja su sangre para todos y para siempre. Esa es la necesidad de algunos pintores, poetas, lectores y en especial, la mía.



EL ANGELUS


      EL ANGELUS 1857-1859   (Jean François Millet, Museo de Orsay)

            Hay algo en la mirada, algo en el paisaje, la inclinación hacia la tierra, la cesta en la que reposaba muerto un niño de pocos meses, (censurado después para el gusto de la época), la religiosidad del sol, la hora neblinosa que pinta Millet y que todos reconocemos.
            Hoy sábado el día tenía la misma luz. Viajo a Barcelona en el tren de las siete y media de la mañana, el tren de la costa. La imagen de Millet vuelve a mi, y veo dos hombres negros mirando un surco, uno frene al otro, las cabezas ligeramente inclinadas, como en el cuadro. No es algo religioso y sin embargo lo es. Les rodea la luz de esa primera hora del día, una luz fría de noviembre. Les rodea todo el campo. No ven lo que les envuelve, pero a su alrededor hileras de brotes nuevos, tiernos, ninguna herramienta, ninguna cesta, ninguna tragedia, solo la luz del ángelus, el retrato que veo durante unos segundos, ese tiempo precioso en el que descubres algo y lo guardas en la memoria, ese tiempo que tarda el tren en cambiar de paisaje.
-Ese es el tiempo que tienes para entender, (igual que el primer beso de la mañana). Cuando no lo ves, lo has perdido para siempre.
            Al fondo, en la autovía de Castelldefels, fuera de foco, también crecen los reflejos oscuros de las naves industriales (perfectas y geométricas), sin luz, sin ese alma del campo, la simple bondad que contrapone Millet, frente a la burguesía republicana de su época, y que aquí todavía se respira, o quieren que se respire, también quieren que no nos olvidemos que en cualquier momento todo lo que fue puede volver a ser. Después de todo, hay mucha gente que sigue en los mismos postulados del XIX, en la parte trágica que le tocó a aquel siglo. Ellos saben que en la bondad de la gente reside el temor, ese temor tan humano que nos une como personas y que tan bien refleja la luz del Angelus … y en otros las naves industriales.

Mientras cargo la estilografica

Siento eso, que se apaga la luz y el fondo del escritorio se vuelve negro y otra vez desaparece la foto, el salva-pantallas.
Noto eso, que en vez de seguir, me paro y vuelvo hacia atrás, vuelvo a recorrer el camino que cae y te devuelve a una luz llena de polillas.
-Creías haberlo dejado, pero la cuerda que te sujeta, tira de nuevo de ti.